Manuel López Sierra, in memóriam

( 16 de mayo de 1929-22 de noviembre de 2002 )

Hace trece años que me falta. La muerte vino a recogerlo por sorpresa. Una noche gélida de noviembre mi madre me llamó sobresaltada: “¡Ven, tu padre se ha puesto muy malo!”. Cuando llegué, apenas me dio tiempo de anudarle los cordones de los zapatos antes de subirlo a la ambulancia de la que ya bajó herido de una muerte irremediable. No me dio tiempo a despedirme. Creo que ya es hora de que lo haga.

Mientras los estudiantes de La Sorbona arrancaban los adoquines de las calles de París, buscando el mar y las cosquillas del altísimo general de Gaulle, mi padre tomó la sabia decisión de comprarme en Casa Castillo una bicicleta Orbea, negra, preciosa, con portamaletas cromado y dinamo. Aquel sustancioso desembolso tenía que ver con una decisión anterior, de más envergadura, tomada a medias con el maestro de la escuela.

— El chico está ya a punto de nieve para empezar el Bachillerato en Segorbe.

Segorbe era entonces una ciudad lejana a la que yo había bajado un par de veces, acomodado en el traspontín del Pontiac negro de Pedro el de La Posada. Una vez con mis padres, para la Feria, a comprarme un plumier y la lavandera para el belén, en la librería El Fiel Amigo que estaba en la calle Aladreros; y la otra, con mis abuelos, a ver la entrada del jueves en casa de José María Martínez con quien mantenían una antigua amistad.

Padrre-Lopez-Blay-familiar-W-0013Una bicicleta era en aquellos años un apero de estudios utilísimo, máxime si consideramos que por aquel entonces La Expreso Segorbina no había estimado todavía como industria provechosa el traslado diario de aspirantes a bachilleres desde las villas y aldeas de la comarca hasta la cabecera de partido. El otro artilugio que me regalaron para afrontar tan delicada etapa de mi vida se malogró parcialmente. Mi madrina, mujer de anchas miras, me había comprado un diccionario Robertson español- inglés / inglés – español, con una fotografía del parlamento británico en marca de agua sobre sus verdosas tapas duras. Fue una lástima que yo hubiese optado por el francés, no tanto por una sesuda decisión , sino por una razón más azarosa; por otro lado, igual de azarosa que las que me han llevado a tomar las decisiones importantes a lo largo de mi vida. Yo elegí francés para no separarme de Michel, que fue mi maestro y tutor en gramática de la vida y de quien tantas cosas aprendí. Nunca me he arrepentido de aquella decisión.

Pero si hoy tuviera que recobrar esa patria esencial que son los años de instituto, no serían las imágenes cuartelarias, ni los pupitres del miedo ni tan siquiera la caterva de insensateces con las que nos entretenían la cabeza para que no viéramos cómo se les iba lentamente al garete la España imperial de cartón piedra que un general gallego se había inventado a costa de un millón de muertos, trasterrados y humillados en vida…Como digo, nada de eso rescataría del naufragio de las edades. Si alguien me pidiera una imagen poderosa, honrada, de aquellos años ésa sería la de mi vieja bicicleta Orbea, como metáfora del viaje de iniciación que fueron para mí, como supongo lo fueron para muchos chicos y chicas de estas tierras humilladas y fronterizas donde nací, los años que pasé en el Instituto.

Rescatar el recuerdo de mi vieja Orbea es rescatar el recuerdo de mi padre a quien nunca le agradecí que me la comprara. No porque yo fuera un desagradecido, sino porque erámos – él y yo – de pocas palabras.

Gracias, padre, por todo.

Supongo que me habrás perdonado que nunca te lo dijera.

La bicicleta Orbea

José Manuel López Blay.