La campana del cólera

Nota aclaratoria.– Este cuento fue finalista del VII premio Max Aub en su modalidad comarcal, el año que la ganadora fue Gemma Martínez Veza con su cuento » Los largos sollozos de los violines». Fue publicado por el ayuntamiento de Segorbe en la colección Max Aub de narrativa breve en 1994. Cuando se estrenó la magnífica película » Tierra y Libertad» de K. Loach en 1995,con guión de Jim Allen, alguien encontró atmósferas semejantes. Creo que no se equivocó.

Como curiosidad, la primera versión se llamó » Rosas para un adiós definitivo», que también presenté al Max Aub el año de la moción de censura a Miguel Ángel González, 1989.

La campana del cólera

             Para Guillermo y Miguel Ángel

La campana del cólera descerrajó el silencio metálico del amanecer. Y a lo lejos el mundo volvió a inventarse como cada sábado, por encima de la crestería verdinegra del antiguo palacio ducal. El canto del gallo anunció el final de la noche más larga. La noche de Judas Iscariote y la de Simón, el amigo de los hijos del Zebedeo. La noche de los ahorcados y la de los cobardes. La noche de los traidores y la de los renegados.

Lentamente, la mañana comenzó a moverse con un viejo chirrido de engranajes oxidados. Amanecía en este olvidado rincón de la tierra, donde aprendí el miedo en los pupitres y el amor a dentelladas, torpemente. La ciudad, fecundada por una lluvia finísima, me pareció más triste que nunca, mientras la campana del cólera seguía anunciando su muerte.

La casa fue llenándose de gente que apenas recordaba. En una estricta liturgia testada de padres a hijos desde el principio de los tiempos, fueron cumpliendo con oficio más o menos refinado con el ritual de despedir a uno de sus muertos. “ Os acompaño en el sentimiento” “Se ha quedado natural, parece un santo”, “ Resignación. Y a ser fuertes”. Pero era tanto el desgarro de mi sangre que yo no oía nada. No quería oír nada que no fuera la maldita campana del cólera volteando el aire húmedo de setiembre. Tanto el desgarro de mi sangre, que yo no veía a nadie. Yo no quería ver a nadie que no fuera a mi abuelo, amortajado con la vesta de denario.

A mediodía el cielo abrió un portentoso ventanal por poniente y el sol bajó a la plaza, irisando la tibia luz que empezaba a derramarse por las baldosas de aquella habitación perfumada con espliego y tomillo.

Quise estar a solas. Subí a la porchada con el ánimo de registrar baúles y arcones carcomidos como cuando era niño. Allí había sido feliz en las melancólicas tardes del otoño, rescatando del polvo y de las telarañas cachivaches inservibles que yo veneraba como tesoros valiosísimos. La fotografía amarillenta que mi bisabuelo Manuel se hizo en La Habana, vestido de militar, poco antes de que estallara la guerra en la que perdió el ojo izquierdo por culpa de un balazo traidor. Un cuadro de san Miguel Arcángel blandiendo su espada justiciera mientras su pie derecho aplastaba el garganchón del soberbio Lucifer, Príncipe de las Tinieblas. Y mi preferido: un Tratadito de Urbanidad para Niños en el que se establecían de forma meridiana las pautas a seguir por cualquier niño bien nacido y se afeaban las conductas propias de la canalla maleducada y plebeya.

Revolví los cajones de una vieja cómoda que había pertenecido a la bisabuela Irene y que mis abuelos año tras año se negaban a echar a la falla de san Antón, a pesar de la carcoma. Allí se apilaban sábanas de hilo, toallas primorosamente bordadas y mantelitos de un ajuar que nunca se llegó a usar. Yo recordaba también unas cajas metálicas grabadas con dibujos de exóticos países en las que mi abuela Concha guardaba botones, dedales, estampas de la Virgen de Gracia, abogada de la peste, y caramelos de eucalipto que yo sisaba con su callado consentimiento. Seguían allí. En una de ellas, entre las hojas de un Calendario Zaragozano, que mi abuelo compraba todos los años con devoción casi religiosa, encontré una carta amarillenta.

La caligrafía era torpe, pero algo me decía que el empeño puesto por no parecerlo había sido grande.

     “ Querida Laura:

   Déjame que te escriba la que será sin duda mi primera y única carta de amor. Ridícula, como todas las cartas de amor; pero los años a veces gastan estas malas pasadas que nos hacen desear volver a aquella edad del despropósito y la urgencia, siquiera por el breve espacio que dura el desvarío.

   No quiero engañarte: no he sufrido demasiado; pero, a veces, me reconcome las entrañas el pensar qué habría sido de nuestras vidas si yo hubiera tenido las agallas suficientes para volver a buscarte.

   Y no creas, tuve mucha suerte con Concha. Fue una madre enérgica, aunque generosa, con sus hijos; tenaz en el ahorro, consiguió acrecentar nuestra hacienda hasta hacerla parecer casi respetable y, aunque no muy dada a la ternura, nunca tuvo una mala palabra o un gesto torcido. Es todo lo que a un hombre como yo le enseñaron a desear.

   Pero con ella nunca sentí la borrachera de la sangre de aquellos días… Déjame pensarlo… ¿treinta y cuatro? ¡Treinta y cinco! Eso es, dentro de un mes, va a hacer treinta y cinco años que no sé nada de ti. ¡Cómo se nos escurre el tiempo, Laura!

   Nos habíamos conocido a principios de abril. Me habían herido en el frente de Teruel y fuimos trasladados a Barcelona, mientras se recomponían las maltrechas tropas y se decidía la ofensiva en el Ebro como único aliviadero a la comprometida situación de Valencia. Pertenecías a la Unió de Dones, prestando tareas de auxilio a los heridos de guerra. Me ganaste el corazón a la primera de cambio. Esa delicada manera de sonreír me turbó las entendederas. Era maravilloso que alguien pudiera hacerlo de esa forma en medio de aquel infierno.

   No sé en qué momento me di cuenta de que había empezado a quererte. Resulta siempre tan difícil explicar cómo llega el amor. Lo cierto es que una tarde, cuando intenté decírtelo, rojo como un ababol, tú acallaste mis trémulos labios con un beso frágil y delicado.” No digas nada. La guerra es muy mala consejera para los asuntos del corazón.” A pesar de tus palabras, supe que tú también me amabas.

   Llegabas en la tarde con las mareas y en tus ojos proclamabas el vuelo ceremonial de las gaviotas. Esto lo escribí años más tarde pensando en ti como lo estoy haciendo ahora. Tus palabras obraban como un dulce bálsamo que me hacía olvidar por unas horas mi cuerpo transido del dolor lacerante de la metralla.

   Fuimos felices, así lo creo. Pero estaba escrito que aquello no podía durar mucho.

   Como si fuera ayer mismo, recuerdo aquella tarde de junio en la que viniste al hospital por última vez. La tristeza te hacía más hermosa aún, pero las palabras no querían ayudarte a decir lo irremediable. Porque los dos sabíamos que aquella era una despedida para siempre. Sentí el estremecimiento de tu piel cuando ya no hubo tiempo para evitarla.” Me voy al frente, Miguel. Allí me necesitan más que tú”. Yo podría haber maldecido, haberme cagado en la puta guerra hasta conseguir doblar tu terquedad, la entrañable vehemencia con la que defendías las ideas que tanta sangre inocente había costado y había de costar. Pero me hubiese sentido ridículo. Porque comprar tu renuncia hubiese sido tanto como decir que aquella escabechina no había servido para nada, que los miles de muertos que se amontonaban en las cunetas y en los paredones habían sido inútiles. Y eso, ningún bien nacido podía tener hígados para decirlo.

   Te dejé marchar sin estridencias, pero cuando la sal de tu última lágrima llegó a mis labios, hubo un naufragio en mi sangre y mis carnes y aun mi alma se me abrieron de par en par y lloré, amargamente lloré como nunca lo había hecho.

   Todavía me tuvieron dos meses convaleciente y, cuando aquella mañana oí al doctor Cabrera decirme: “ Miguel, se te ha acabado la buena vida. Esta misma tarde te doy el alta”, el mundo se me cayó encima como un ruejo de molino.

   ¿Qué carajo iba a hacer yo entonces? Medio inútil, con un cuarto de metralla repartida por todo el cuerpo, barata canciones; una guerra que ya todos daban por perdida siete meses antes de acabarse y, lo peor de todo, sin saber dónde andarías tú a esas horas.

   Un tío de mi madre, falangista de cierto renombre, movió los hilos necesarios para traerme a casa antes de hora y evitarme tener que pasar la humillación de los vencidos.

   No quisiera que mis palabras sonaran a disculpa. No tendría sentido que, después de tanto tiempo, intentara encontrar una razón para no haberte buscado. El amor da un solo aldabonazo. Si no abres la puerta, no hay segunda oportunidad. Y yo no la abrí. Aunque me gusta pensar que tocó en mala hora, el canalla.

   Luego todo fue muy corrido. Me casé con Concha, una chica a la que yo había tentado alguna vez ,cuando éramos mozos , en los bailes del Círculo Republicano. No lo hice sin ganas , para qué voy a mentirte ; pero no era lo mismo que contigo. Pensé que un hombre como yo no estaba en situación de ser melindre. Así que me hice a la idea de respetarla y de darle hijos sanos que nos alegraran la vida. Lo demás, como en los santos evangelios, se me daría por añadidura. Y así fue. Acabé por quererla. Sin excesos, pero acabé queriéndola. Tal vez, sea el amor. Lo otro, el vértigo, el sobresalto permanente, esté reservado tan sólo a

los audaces, a quienes arriesgan todo sin cálculo.

   Y ahora ya me ves. Aquí me tienes , a punto de cumplir sesenta años escribiéndote una carta innecesaria. Una carta que nunca leerás. Pero esta mañana , al despertarme he sentido entrelazado al último hilo del sueño un estremecimiento. Era tu voz llamándome desde la región más oscura de la memoria.”Me voy al frente, Miguel. Allí me necesitan más que tú”.Y he comprendido que nunca descansaría hasta que no te escribiera las palabras que me habría gustado decirte y que aquella maldita tarde de junio se me atravesaron como un nudo en mitad de la garganta.

   Sólo quiero que sepas que he pasado todos estos años intentando no traicionar tu recuerdo ni la fidelidad de la mujer con la que me casé y que me quiso hasta su muerte, absurdamente prematura.

   Ahora pasan los días sin ninguna esperanza, con el sosiego que nos concede el no tener que demostrar ya nada a nadie. Esperando tan sólo que un amanecer la campana del cólera anuncie el reclamo de la muerte, como viene haciéndolo desde hace siglos. Cuando eso ocurra, llegado será el tiempo en que alguien encuentre esta carta y sepa hacer con ella lo único que puede hacerse.

   Sabrás entonces que todavía no he dejado de quererte.

   Miguel”

No he sido hombre dado a creer en los retruques del destino, pero al acabar de leer aquella carta tuve la certeza de que el haber caído en mis manos no era nada azaroso. Pensé que la muerte de mi abuelo me otorgaba el derecho a hacer de ella el uso que creyera conveniente . Aunque en aquellos momentos yo no podía aventurar qué suerte iba a correr, algo me decía que no sería el olvido.

El tañido de la campana anunció el adiós definitivo. Yo debía bajar para estar con él cuando llegara ese momento. El murmullo de la gente que se había reunido en la plaza se cuarteó cuando aparecieron el cura y sus acólitos de luto riguroso. Los más viejos descubrieron sus cabezas con seriedad ceremonial. Los latines salmodiando la llegada del día de la ira se mezclaban por momentos con el llanto desconsolado de mi madre y sus hermanas. Un penetrante olor a incienso fue apoderándose de aquella habitación, purificándola de tanto dolor. Antes de que el empleado de la funeraria acerrojara con gesto enérgico el ataúd, me pareció que mi abuelo me sonreía desde la otra orilla de su muerte. Era una sonrisa de cómplice, como si adivinara que su voluntad ya se hubiese empezado a cumplir.

Pasaban los meses y yo no encontraba la manera de dar cumplimiento a la voluntad de mi abuelo. Estaba horas y horas releyendo aquella hermosa carta sin saber qué hacer con ella. Hubo momentos en que pensé quemarla y olvidarme de ella para siempre. Pero en el último momento me parecía oír las palabras de mi abuelo, “…cuando eso ocurra, llegado será el tiempo en que alguien encuentre esta carta y sepa hacer con ella lo único que puede hacerse” y entonces comprendía que no podía traicionar su memoria.

Nunca sabré explicar cómo llegué a tomar la determinación, lo cierto es que un día descolgué el teléfono, llamé a Enric Viladecamps, un viejo amigo que dirigía el suplemento literario de un semanario catalán, y le propuse que publicara la carta. Enric mostró ciertos escrúpulos al principio , aunque aceptó leerla y pensar en el asunto .

A los pocos días me llamó entusiasmado.”Aunque sea lo último que haga, vas ver esa carta en el próximo número”.

La carta causó cierto impacto a juzgar por las numerosas cartas de lectores que Viladecamps recibió interesándose por más detalles de la historia de sus protagonistas.

Al fin pude dormir tranquilo. Seguramente, mi abuelo estaba agradeciéndomelo.

Una tarde, al regresar del trabajo, recogí del buzón la correspondencia .Como siempre, la ojeaba con cierto desdén, mientras esperaba el ascensor .Publicidad ,alguna notificación bancaria ,lo habitual. Sin embargo, me llamó poderosamente la atención un sobre manuscrito con una caligrafía primorosa, elegante, de ésas que ya no es frecuente encontrar. No había señas del remitente. Pero iba a dirigida a mí. De eso no había duda.

Sentí una inexplicable turbación. Me arrellané en el sillón y la abrí con gesto decidido , a pesar del temblor de mis manos.

   “ Gracias por hacerme llegar la carta de Miguel. La he estado esperando durante treinta y cinco años.

   Laura Ribó.”

La campana del cólera   

                     josé manuel lópez blay