Cuento ganador del Concurso Internacional de Cuento Max Aub. Modalidad: Comarcal.

Año 2005.

 La certidumbre de los teoremas

Rafael Sebastián fue huérfano desde que tuvo memoria para recordar su malograda vida. Nadie supo nunca de su madre, Cristina Alonso, hermana de doña Mercedes, la dueña del pueblo. La mujer del cacique. La foto de una joven señorita es cuanto le ató a su madre. Nunca tuvo certeza de que aquélla fuera atadura suficiente para recordarla.

De su padre, un desafortunado militar africanista, ni siquiera se conservó la fotografía vestido de gala que solían hacerse los oficiales sobre un fondo de palacios y fuentes rumorosas.

Muchas veces dudó Rafael de una biografía tan frágil.

Enfermiza. Consentida. Pluscuamperfecta. Así fue su infancia. Siempre rodeado de mujeres en aquella inmensa casona de la calle Mayor. Mujeres de hierro. Mujeres de frío. Mujeres de fuego.

—— Un san Luis Gonzaga parece.

—— Pero bien calzado que está el angelito.

—— No lo echarán del baile.

—— ¡ No seas bruta, Remedios!

—— Bruta, bruta… ¡ Ya me gustaría tener en casa una herramienta así!

Doña Mercedes lo hubiera internado en el seminario, pero don Ricardo Alcalá, su marido, dijo que hasta ahí podíamos llegar.

—— Los hábitos son para los muertos de hambre o para los segundones. Rafael será el amo del pueblo, cuando yo me muera. Y no se hable más del asunto.

Y no se habló más. Rafael fue educado para ser el amo del pueblo cuando su tío muriera; pero algo debió torcerse, porque pronto se aquerenció con ideas impropias de un futuro cacique.

Los ángeles. Su vida se llenó de ángeles, para deleite de su tía.

Don Ricardo blasfemaba cuando nadie lo oía. Llegó a llorar viendo su trono vacante.

 En 1934, Rafael embarcó en el puerto de Cádiz con destino a México. Su tío consintió en pagarle un largo viaje a las Américas con la esperanza de que el calor del trópico despertara en su sobrino la sangre adormecida con tanto palique de mujer.

Las cartas que llegaban no alumbraban fracturas. Antes bien, reafirmaban los temores de don Ricardo, que maldecía el día en que se le ocurrió la idea de costear un crucero para desflorar a Rafael.

—— Llevarlo de putas hubiera sido más barato. Y más rápido.

Los ángeles del descubrimiento, con trompetas, cascos, adargas o arcabuces, y vestimentas de mangas amplias, bajo las cuales se veían los bordes de lentejuela de finas camisas, comenzaron a medrar en la sangre de Rafael. Los ángeles se enseñorearon de sus horas. No hubo tiempo para otros dominios.

—— Llevarlo de putas hubiera sido más barato.

 En la primavera de 1935, Rafael Sebastián contrajo la fiebre de los ángeles durante un viaje por el altiplano andino. Desde entonces, una extraña melancolía canceró su sangre. Y su vida fue un continuo desvivir por los treinta y dos puntos de la rosa náutica, buscando tallas y lienzos de los nueve coros angélicos.

En la primavera de 1935, mientras Rafael Sebastián contraía la fiebre de los ángeles en la iglesia de la Calamarca, su tío, don Ricardo Alcalá, mandó construir un camino rectísimo que alineara su casona con la estación de ferrocarril. Obligó a malvender fértiles bancales, contrató braceros que trabajaron a destajo, hizo plantar moreras en sus márgenes y, cuando estuvo acabado, paseó a sus amigos entre sombras una y mil veces para darse el gusto de hacer saber quién mandaba en aquel pueblo.

El camino de las moreras.

El maldito camino de las moreras.

El pueblo de don Ricardo, a principios de siglo, no era más que un racimo de casas arrumbadas hacia Santa Bárbara, con callejas de tierra que se embarraban cada vez que desde el cielo se descolgaba un aguacero. Y el triste tañido de la campana de la muerte al romper el alba. El pueblo era el tañido de la muerte.

Más tarde, después de una insensata lucha contra el tiempo y la obcecación, a fuerza de barrenos y una pila de mutilados que fueron muriendo entre terribles dolores por las galerías que hubo que excavar, consiguieron reventar las entrañas de la tierra y hacer aflorar el agua, tan necesaria para que el pueblo no se les muriera de miseria. De la mucha miseria que entonces había.                

Pero antes del agua, no quedaba otra cosa que las cuadrillas que subían a segar a Aragón, para quienes habían nacido pobres. Y Manuel Rovira había nacido pobre.

Pronto se acostó a las ideas revolucionarias y descolló como agitador en los tajos, plantando cara a los amos cuando estos intentaban hacer marrullerías o se desdecían de lo pactado.

Así que al tercer año, cuando Manuel se acercó a casa del cabecero, le dijo que no había trabajo para él.

Pero para entonces ya habían comenzado a llegar gentes de otras regiones a trabajar las nuevas tierras ganadas al secano. También llegaron los primeros señoritos, atraídos por el clima benigno y la calidad de sus aguas, y construyeron sus chalés en las afueras del pueblo, transformando los ejidos y pajares en suntuosas villas de recreo y esparcimiento; villas con el nombre de su dueña o imágenes de santos y vírgenes en azulejos de Manises adornando las fachadas; villas en las que trabajaron de criadas y niñeras las mujeres más resueltas.

Los señoritos se reunían a jugar a julepe las tardes de agosto en el patio de la casa grande. Allí trabajaba desde que enviudó, aún preñada, la madre de Manuel. En la casa de don Ricardo Alcalá, al que le gustaba sorprender a sus amigos encendiendo puros habanos con billetes de curso legal.

La madre de Manuel consiguió que trabajara de jornalero en la hacienda de don Ricardo. Una hacienda que crecía con la rapiña y las malas artes.

Por respeto a su madre, al principio, Manuel callaba. Bebía, pero callaba. Luego, poco a poco, se le fue avinagrando el genio. Y cuando estaba borracho, armaba broncas en las tabernas o en los rosarios de la aurora. Una noche, en el porrat de san Antón, le marcó la cara a un vaina que se atrevió a mentarle a su madre, lo que le valió la primera somanta de la Benemérita. Así se le empezó a quebrar la fortaleza y a aguársele las entendederas.

Los civiles acabaron por sospechar de él cada vez que había un altercado en la contornada y las palizas fueron cada vez más frecuentes y más brutales. Hasta que un día a un sargento malcarado se le fue la mano y lo dejó hecho un guiñapo. Y ya nunca volvió a disfrutar de juicio.

Desde entonces se le vio pasear por el camino de las moreras, hablando a gritos con célebres anarquistas o mendigando en las puertas de las iglesias y conventos de la ciudad vecina.

Los niños lo seguían y le tiraban piedras. Y las madres asustaban a sus hijos si hacían melindres ante la comida o a la hora de acostarse

—— ¡ Que vendrá Manuel y se os llevaría en el Carro del Saín!

En aquel tiempo, Paola trabajaba en una taberna de la plaza de santa Maria in Trastevere y desconocía que Rafael Sebastián hubiera contraído la fiebre de los ángeles en Bolivia. Ni siquiera sabía dónde estaba Bolivia. Bien es cierto que no le hacía falta saberlo para servir rigatoni alla carbonara.

Paola tenía los ojos oceánicos y un cuerpo de veintidós años lo suficientemente saludable como para arrebatar a la sangre sus estatutos. ¡ Y qué decir de sus labios que se adivinaban de fruta fresca!

De don Ricardo Alcalá no llegaron nunca noticias al otro lado del Tíber.

En junio, Rafael Sebastián llegó a la ciudad de Rosario, atraído por la fama del san Miguel Arcángel que aún hoy preside el altar del Evangelio.

A miles de quilómetros, una tarde inesperada, Manuel Rovira le reventó la cabeza de dos tiros certeros a don Ricardo Alcalá que paseaba en su calesa por el camino de las moreras.

Por el maldito camino de las moreras.

Rafael leyó aquella muerte cuatro meses más tarde en una larguísima carta de su tía. Aunque no le alegró, tampoco derramó lágrimas.

Al amanecer escampó. Se abrieron claros por la parte del mar y en el espeso silencio de la cárcel hubo presagios de muerte. Vinieron a buscarlo a su celda. No quiso tratos con el capellán.

Dies irae, dies illa

solvet saeclum in favilla

En el corredor que embocaba la puerta del patio, desde el que ya se veía al verdugo manipulando el garrote, se descompuso y empezó a cagarse en Dios y en todas las ventanas del Vaticano. Su madre se abrazó a Francisco Górriz, desmadejada, rota. Francisco y Manuel habían hecho muchas migas desde que subían a segar en la misma cuadrilla al Bajo Aragón. El pueblo había sido célebre por sus cuadrilleros.

Su madre giró la cara cuando lo sentaron en la silleta y el boche le puso un capuchón negro en la cabeza.

—— ¡ Me lo van a matar, Paquito, me lo van a matar!

Nadie supo nunca de dónde consiguió la escopeta con la que un atardecer, mientras la calesa de don Ricardo pasaba a su lado, le reventó la cabeza de dos disparos certeros.

Manuel Rovira nunca supo que acababa de matar a su padre. O sí.

Pocos días antes de las navidades de 1935, Rafael Sebastián supo de la existencia de una talla policromada del arcángel Miguel, que se exhibía en el escaparate de un anticuario de la Alameda de santa Lucía.

Era un san Miguel tocado con gorro frigio y coraza musculada de centurión romano. Un san Miguel pesador de almas, guardián de las puertas del paraíso, que le robó el sueño a Rafael Sebastián durante los días y las noches que duró el largo viaje desde Rosario a la hermosa ciudad de Antigua.

La fiebre de los ángeles embebía lentamente el discernimiento de Rafael Sebastián.

La fiebre era un fuego devastador.

Otros fuegos se avivaban también en las entrañas de su patria olvidada.

En aquel otoño de llamas y muerte, el general Gonzalo Queipo de Llano salió con su Estado Mayor al parque de María Luisa a dar de comer migas de pan a las palomas, y desmentir las habladurías que aseguraban que los sevillanos se las comían para matar el hambre.

Mientras tanto, Rafael Sebastián desembarcó en el puerto de Civitavecchia, un mediodía radiante, dispuesto a trastear la vieja Roma, en busca de ángeles y dominaciones por sus calles bulliciosas.

En sus atardeceres romanos, exhausto, sonreía con las últimas luces, sintiéndose protegido de todo mal bajo la estatua de bronce de san Miguel que moldeara Pieter Verschaffelt en 1752 para coronar el Castel Sant’Angelo.

A Rafael Sebastián le gustaba asomarse a la terraza de la piazza Garibaldi, cuando soplaba tramontana, para ver las nevadas colinas del horizonte. La ciudad parecía una postal fotográfica. Una hermosa postal de la belleza, si la belleza se dejara congelar en placas bañadas en sales de plata.

Junto a la iglesia de santa María, en la piazza della Scala, Paola recomendaba a los viajeros la deliciosa mesticanza con una sonrisa turbadora y sus ojos oceánicos, mientras Rafael Sebastián era consumido por una extraña melancolía, con la mirada cautiva ante tanta perfección, semejante a la de las industrias angélicas.

Paola no conocía a Rafael.

Rafael sabía casi todo sobre los ángeles, pero ignoraba lo cerca que se podía estar del cielo ante un plato de puntarelle con anchoas

Rafael conoció a Paola — cómo podríamos decirlo —, de una madera absolutamente accidental. Aunque, por otra parte, ¿ qué sería de nuestras vidas sin sus accidentes? “Yo soy yo y mis accidentes”, solía escribir en sus escuetas cartas a doña Mercedes.

Era un domingo pletórico de luz. Sin embargo, la melancolía iba anegando su vida lentamente. Rafael estaba perplejo y, aun así, por alguna grieta de su conciencia asomaba la lucidez suficiente para comprender que se estaba volviendo loco. Y, sobre todo, la lucidez suficiente para saber que nada podía hacer por evitarlo.

Había pasado la mañana en la farmacia de santa María della Scala, un lugar fascinante que lo tuvo alejado de sus quebrantos durante unas horas. Al salir sintió hambre. El sol del mediodía invitaba a sentarse en la terraza de cualquiera de los locales que anunciaban sus delicias a los viajeros y turistas. Taverna della Salute. Le pareció un hermoso nombre para probar fortuna. Lo merecía.

Taverna della salute. Salud es todo cuanto necesitaba.

Paola se acercó a la mesa con su sonrisa de océano bullicioso. Le sorprendió la mirada melancólica de aquel viajero. Había en sus ojos hogueras de tristeza infinita. Sus años de camarera le habían enseñando que, en esos casos, lo mejor es respetar el silencio. Adoptó un tono grave, sin que pareciera descortés.

—— ¿ Ha pensando el señor lo que desearía tomar?

Hubo un largo silencio metálico. Después, Rafael regresó lentamente de donde quisiera que estuviese y miró a Paola con el cansancio de su alma enferma. Le pareció la muchacha más hermosa que jamás había visto. Se sintió turbado. Aún más, si cabe.

—— No. La verdad es que no lo he pensado, señorita. Discúlpeme. Le agradecería cualquier recomendación por su parte.

A Paola le llamó la atención la fragilidad que parecía esconderse detrás de aquel porte tan distinguido. Le sugirió alguna de las especialidades que habían dado renombre a la Taverna della Salute y se cuidó de preguntarle de tanto en tanto si eran de su agrado.

Rafael comió sin entusiasmo, pero cada vez que Paola se acercó a interesarse, hilvanó alguna frase cordial, como si sintiera la necesidad de corresponder a la amabilidad de la muchacha.

—— Ni los ángeles que me vigilan tienen la fortuna de semejantes banquetes.

A Paola la frase le pareció ridícula, pero sonrió con aplomo, sin que se notara el artificio. Ridícula. Y turbadora. “… los ángeles que me vigilan…”. ¿ Un lunático?¿ Un místico?¿ Un loco peligroso?

Lo estuvo observando mientras tomaba su ristreto macciado.

Él tenía la mirada perdida en algún combate incruento. De pronto, volvió la vista hacia el interior del local. Sus ojos se cruzaron apenas un instante. Algo se rompió dentro de su cabeza.

Tres años después de que Rafael embarcara rumbo a México, atracó en el puerto de Cádiz un barco cargado con tres mil jóvenes italianos dispuestos a perder sus vidas en una tierra que no era la suya. Alguien —— que en ese mismo instante disfrutaba en una lujosa villa romana de una buena copa de vino, protegido de toda perturbación —— había estrujado sus cerebros con la estúpida teoría de la sangre generosa. La que establece que aquélla que ha sido derramada por causa noble goza eternamente del reconocimiento del pueblo y es llamada a ocupar los tronos vacantes de los héroes.

            Era el día cinco de enero de 1937. Los reyes Magos habían sido espléndidos con los rebeldes.

Rafael inventó excusas para volver a la Taverna della Salute. El Trastévere fue una hermosa excusa para encontrarse con los ojos de Paola varias veces durante aquel invierno.

A él su mirada le servía de bálsamo para aliviar la opresión que le provocaban en el pecho las legiones de ángeles que lo vigilaban.

A ella le acabó resultando una presencia necesaria en su vida monótona. Se sentía extrañamente atraída por aquel hombre atormentado que la trataba con tanta delicadeza.

Hubo de pasar un cierto tiempo antes de que Rafael se atreviera a olvidar la rigidez de las normas de urbanidad que doña Mercedes le había inculcado desde niño.

—— Paola, ayúdame a escapar de su mirada. No quiero que me sigan vigilando.

—— ¿ Qué puedo hacer yo?

—— No dejes que el mundo recupere la certidumbre de los teoremas.

—— ¿ Qué quiere decir, señor?

—— Túrbame, sigue turbándome con esa mirada de mar abierto. No dejes que los ángeles me condenen al paraíso.

Aquella noche callejearon durante horas, hablaron sin cesar. De libros. De países. De los deliciosos platos que preparaba la abuela de Paola en su casa de Siracusa. De las fiestas. De los bailes. De ángeles no hablaron.

El amanecer los sorprendió en un parque, consumiéndose con la mirada. Se despidieron con dos besos rápidos, contenidos; pero Rafael supo que aquel afrutado veneno de sus labios había emponzoñado irremediable y dulcemente su sangre. La fiebre de los ángeles dio síntomas de empezar a remitir después de tantos meses de destrucción.

¡ Qué dulce destrucción me aguarda ahora, qué misterios esconde esta luz melancólica del amanecer…!

Ésas eran sus cavilaciones mientras atravesaba las calles de la ciudad, desiertas a esas horas de la mañana.

Hicieron el amor por vez primera en el piso que Rafael había alquilado en Vía di san Cosimato, junto a la Piazza de santa María in Trastevere.

Lo hicieron muchas otras veces durante aquella cálida primavera de 1937. Los ángeles se habían ido de la vida de Rafael. Y, por primera vez en muchos años; tal vez, por primera vez desde que tenía memoria, fue feliz.

Ella le susurraba dulces palabras que él aprendía casi con devoción de párvulo. Él se desvivía por verla sonreír.

A finales de abril de 1937, mientras la Legión Cóndor devastaba Gernika y ellos devastaban igualmente sus cuerpos en combates menos sangrientos, llegó la carta.

Doña Mercedes estaba enferma. Muy enferma. Rafael debía regresar a España para verla morir en paz. Y enterrarla.

—— Entierra a tus muertos y vuelve.

—— Volveré.

—— Júramelo.

—— Volveré. Te lo juro.

Teresa había servido a doña Mercedes con una lealtad inquebrantable desde que cumplió los trece años. Rafael era un hijo para ella.

Razón tenía para pensarlo.

Fue mujer de salud frágil, pero nunca fue beata. Un poco de querencia sí que tenía por el san Miguel de plata de la parroquia, con su peto de tribuno pretoriano y su espada serpeante acechando el gaznate del Príncipe de las Tinieblas. Pero no era de misa ni de comunión diarias. Se dedicó a morirse en vida, sin dar que hablar.

Cuando vio que los tiempos venían revueltos y el humo de las iglesias bajaba por las torrenteras, se plantó en su casa y le dijo.

—— A san Miguel no lo tocan estos cabrones.

—— Haz lo que tengas que hacer — le dijo Rafael, que en aquellos días preparaba su regreso a Roma.

Un sábado, Teresa se puso el traje de los días de precepto, fue a misa de alba, comulgó y, con disimulo, se amagó en un confesionario hasta que no quedó en el templo más alma que la de Ambrosio, el sacristán, ordenando ceremonialmente las vinajeras en los armarios de la sacristía. Se acercó entonces hasta el altar del arcángel con el corazón golpeándole en la garganta y, con el arrojo que a veces confiere el miedo, destronó al santo y lo cobijó en su regazo, envuelto con un chal que había heredado de su abuela Encarnación.

Salió a la calle y el viento frío de aquella mañana de octubre le encogió el alma en un puño. Se allegó hasta su casa sin levantar los ojos de los adoquines, para que nadie barruntara la herejía que acababa de perpetrar. Colocó a san Miguel, cubierto con un paño de lana, dentro de una cesta de mimbre y la escondió en el reboste que había en el hueco de la escalera, detrás de las jarras del aceite.

A los pocos días, cuando el robo corrió de boca en boca, los del Comité — que se habían hecho a la idea de vender el arcángel para comprar fusiles y pistolas— le preguntaron a don Anselmo que dónde había guardado al santo y, como el cura no tuvo otra ocurrencia que decirles que había volado, uno de ellos, al que llamaban Malaventura, le descerrajó dos tiros a bocajarro. En la puerta misma de la iglesia cayó don Anselmo. Como un pelele.

—— La que va a volar va a ser tu mala sombra, cabrón.

La vida se hizo muy difícil para todos. Rafael encontró dificultades para volver a Roma de una manera inmediata. Se lo hizo saber a Paola en una hermosa carta que nunca recibió.

Corrió el rumor de que estaba implicado en el robo del arcángel y, desde ese momento, su vida fue un infierno.

Una noche se presentaron en su casa dispuestos a hacerle hablar.

—— Mira, Rafael, es mejor que nos digas dónde hostias lo habéis escondido.

—— Yo no sé nada.

—— No me calientes la sangre, que todos sabemos lo tuyo con los ángeles; así que es mejor que empieces a hablar antes de que …

—— Mátame, si quieres…no tengo nada que decir.

—— No seas cabezón y aténte a razones; si no, acabarás como el cura.

—— Ya te he dicho, que yo no sé nada. Haz lo que tengas que hacer.

La vida se hizo muy difícil para todos.

 La certidumbre de los teoremasAl ver pasar el entierro de Guglielmo Marconi, aquel caluroso mediodía de julio, Paola pensó que la muerte no era justa.

La vida, tampoco.

Esperaba noticias de Rafael. Una carta. Un telegrama. Una señal en el cielo. Pero el cielo de España sólo traía señales de muerte y de tragedia.

Tenía miedo. Rafael no habló nunca de política, pero en las guerras hasta el silencio justifica las balas. Y ella no quería convertirse en una viuda de guerra. No, después de haber conocido el temblor de su sangre.

Se aferraba a sus palabras en la hora de la despedida. Las leía cada noche hasta que se quedaba dormida entre lágrimas.

 

Paola :

Déjame que repose en la curva austral de tu cintura,

que me abandone en esa región

adonde bajan a beber los pájaros en la tarde.

Déjame que baje

al centro mismo de tu estatura delicada,

a la fuente de agua fresca que brota de tus labios.

Déjame pensarte con todas mis potencias,

déjame que me lleve

tu sonrisa de los días de aurora.

Déjame que te escriba,

que reúna las palabras más mías

que me acercan a ti en la distancia.

Déjame, déjame que te alcance.

 

            Dormida entre lágrimas. Como el ángel del desconsuelo.

Los falangistas llegaron sobre el mediodía y frenaron la camioneta frente a los soportales de la Plaza Mayor. El que parecía comandar la patrulla se entrevistó con un somatén en la puerta de la casa de la villa. La conversación tuvo un tono grave, casi solemne. De tanto en tanto, el camisa azul escupía con fuerza y escudriñaba los ventanales entreabiertos, detrás de los que se adivinaban miradas huidizas.

La noche anterior hubo una numerosa saca que había colmatado los calabozos. Podía adivinarse que la mañana tendría una amanecida rasgada de metralla y de blasfemias, pero ahora el silencio lo anegaba todo.

Cuando abrieron el portillo, él era el primero de la cordada. Malaventura, el que había dado pasaporte al cura.

En el camino de las moreras los fusilaron. Al atardecer. En el maldito camino de las moreras.

Paola pasó las navidades de 1937 en la casa de su abuela. En Siracusa. Escribió algunas cartas para Rafael. Al releerlas, apreció un punto de amargura que consideró impropio y las quemó. Quiso creer que Rafael volvería a principios de año. Que, tal vez, a su regreso a Roma, estuviera esperándola en el piso de Vía di san Cosimato, donde tan felices habían sido durante la primavera. Pero cuando volvió a la Taverna della Salute, lo único que le recordó a su amado ausente, fue la noticia del nacimiento del infante don Juan Carlos.

            Era el día cinco de enero de 1938. Los reyes Magos habían sido espléndidos con la monarquía exiliada.

El 28 de octubre de 1938, Pasionaria arengó a los brigadistas que desfilaron por la Diagonal. Era mujer de verbo fácil y apasionado Dolores Ibarruri. Fue difícil contener las lágrimas. “!Madres!…!Mujeres!… Contadles cómo… salvando fronteras erizadas de bayonetas… llegaron a nuestra patria… a luchar y a morir por la libertad y la independencia de España…Lo abandonaron todo…y vinieron a nosotros a decirnos: !Aquí estamos!…No os olvidaremos; y cuando el olivo de la paz florezca, entrelazado con los laureles de la victoria de la República Española, !volved!… !Vivan los héroes de las Brigadas Internacionales!”.

            La ciudad vivió aquel adiós como el final de una derrota que todos presagiaban y nadie se atrevía a proclamar.

A Rafael lo enterraron a finales de febrero, justo un mes después de que en Colliure cerrara sus ojos para siempre don Antonio Machado.

Se lo llevó la fiebre. No la de los ángeles, que de ésa ya estaba casi curado. Una fiebre más honda, que nacía del centro del alma.

Empezó hinchándole el bazo. Luego le ulceró los intestinos, provocándole hemorragias y vómitos. Y cuando ya era una piltrafa, la noticia de la muerte de don Antonio le quitó los pocos ánimos para seguir luchando contra aquella bestia que devoraba sus entrañas.

La campana del cólera anunció su muerte una mañana lluviosa, cuando quedaban pocos días para que el general Franco dictara el bando que anunciaba el final de la guerra cainita.

“ Cautivo y desarmado…”

Cautivo de la luz tu mirada,

de la claridad de tu cuerpo cuando te amo.

A ella estoy condenado sin remedio,

luz de luz,

cenital alumbramiento de mis vértebras…

La guerra la pasó san Miguel en el reboste de Teresa. Nadie supo nunca de su secuestro amoroso. Mientras se oyeron tiros por la sierra, Teresa no se atrevió a contar a nadie su desatino. Ni a Rafael. Tampoco hizo falta.

Luego, más tarde, cuando los civiles bajaron hasta la plaza al último maquis abatido en los pinares de Las Doce Tablas y el alcalde proclamó desde el balcón del ayuntamiento que la guerra entonces sí que había terminado de verdad, a Teresa le entró como una tembladera por todo el cuerpo y comprendió que nunca iba a ser capaz de desvelar la misteriosa desaparición del san Miguel de plata.

La parroquia inventarió la pérdida como un registro más en la larga lista de atrocidades cometidas por las hordas marxistas, apeló a la devoción de los feligreses y, a escote, colocó en el altar una talla preciosa del arcángel, salida de los talleres del afamado escultor Esteve Carceller.

Teresa cuidó de san Miguel como si fuera un hijo. Todos los días le sacaba brillo, le contaba lo que había oído en el horno o en la carnicería, incluso lo ponía en la mesa de la cocina para no sentirse tan sola mientras comía.

Del san Miguel de plata fue olvidándose la gente. Sólo los más viejos lo echaban a faltar de vez en cuando.

—— Esto tiene más misterio que el san Miguel de plata.

Se apergaminó Teresa. La vida se le fue escapando lentamente por entre los pliegues de sus faldas. Aguantó mil batallas con esa pasmosa resistencia de las personas enfermizas. Enterró a sus muertos y a otros muertos menos propios y siguió menguando, adquiriendo la pacífica levedad de los que nada esperan. Sólo san Miguel la acompañaba en las noches en las que el cierzo bajaba desde el páramo y se colaba por las grietas de las puertas y ventanas. San Miguel y la sombra del crimen de Malaventura que nunca pudo descolgarse de sus adentros.

Se la encontraron en la cama. San Miguel velaba el sueño de su muerte.

Mis padres compraron años después la casa de Rafael Sebastián y reformaron lo que habían sido cuadras y corrales para abrir una tienda de ultramarinos. Al tirar uno de los tapiales, apareció, protegido por un paño de lana, un libro de tapas duras de cartón, donde había dejado manuscrito cuanto sabía sobre los ángeles y sobre la turbación de la sangre. Junto al libro, un fajo de cartas que nunca fueron enviadas.

Durante un tiempo estuve tentado de arrojarlas al fuego, de borrar su rastro de dolor para siempre; pero era tanta la vida que en ellas palpitaba, que incautar la memoria de aquellas víctimas no contabilizadas de la guerra me pareció un crimen abominable.

La primera de las cartas la escribió Rafael a los pocos días de haber enterrado a su tía Mercedes. Es un texto poderoso. Rafael se revuelve como una fiera acosada cuando encuentra problemas para volver a encontrarse con Paola. Debió perderse alguna cuartilla…

 

16 Mayo de 1937

 Escucho tu voz que me nombra, bajo los ecos de otras voces. Escucho tu pulso cercano que llama a mi piel. Y maldigo este miedo que me atenaza, este país que ya no es el mío, esta locura de sangre derramada.

He tenido graves problemas. Debo aplazar mi regreso a Roma. Son días difíciles para todos. También para ti. Lo sé.

Las pistolas me imponen un cierto respeto. Y aquí ya nadie habla sin la pistola en el cinto. O tienes pistola o agachas la cerviz. Y yo no tengo pistola.

Pienso en esta destrucción que me consume, en este desvarío de no poder inundarte. Altas hogueras encendidas en el centro mismo de tu mirada oceánica iluminan la noche inmensa que me separa de ti […]

 En los primeros meses Rafael debió albergar esperanzas de poder sortear los escollos que le impedían volver a la Taverna della Salute. Un fragmento de la carta que escribió el 21 de julio de 1937 da testimonio de su sangre enfebrecida todavía con el recuerdo del cuerpo de Paola…

 […] Vienes en el sueño,   rozas mi nombre y se arquea mi cuerpo y mi alma se arquea anhelándote […]

 Durante aquel verano, mientras Belchite era reducida a ruinas, Miguel Hernández publicó Canción del esposo soldado que hizo llorar en las trincheras a muchos jóvenes que presintieron que nunca regresarían a Ítaca y que, aunque en sus almas no anidaran, aunque sus almas no eran las que ante ellos los habían puesto, en su camino habían hallado a los más fieros dioses, los que permiten que sus hijos se devoren en un espectáculo dantesco.

A mediados de agosto, Rafael Sebastián comprendió que sólo le quedaba maldecir aquella maldita guerra…

 

16 de agosto de 1937

 […] déjame, por lo menos, que te eche de menos; que maldiga el tiempo en que no estoy contigo […]

             El otoño le cercenó para siempre la esperanza de volver al Trastévere y de encontrarse con aquellos ojos que lo habían salvado de la certidumbre de los teoremas, condenándolo a una deliciosa turbación de los sentidos. Comenzó a resignarse. La vida volvería a recobrar su latido. Sin sobresaltos. Sin alegrías. La vida negada.

 […] más allá de la nostalgia, en el territorio del deseo, donde la vida puede mudar sin desanudar las sangres establecidas […]

 La última carta encontrada —— ignoro, si también la última escrita —— deja pistas apenas legibles de una enfermedad que comenzaba a mostrar su rostro más amargo. Rafael sabe que no volverá a Roma, que Paola se quedará esperándolo en una plaza soleada del Trastévere, con sus ojos oceánicos y sus labios de fruta fresca.

 

5 de abril de 1938 

[…] Presiento que tras estos días de llamas y cenizas, vendrá una larga noche de piedra: no ha querido la vida hacernos por más tiempo cómplices de un mismo desafuero de las humedades […] Pero hoy aún vienes desde otras regiones; como los pájaros llegas desde otros dominios. Yo asisto a tu vuelo con la sorpresa del aguacero, con su misterio […] Volteas la risa de tus ojos; como campanas de alegría puebla tu recuerdo el aire que respiro; como campanas de fiesta suenas en mi sangre […] Entre los jirones de la fiebre te siento llegar, pletórica de luz, pluscuamperfecta, con esa delicada manera que tienes de ocupar el aire […]

 Pregunté a don Mariano Estruch por Paola. Había sido una de las pocas personas con las que Rafael habló en sus últimos días. Al principio me miró con zozobra.

—— ¿ Qué sabe usted de Paola?

Nunca tuteaba don Mariano. Maestro sobreviviente de la terrible purga que se produjo al acabar la guerra, conservó siempre la dignidad del junco. Se dobló para no romperse. Y no se rompió. Sacó adelante a su familia sin vender su alma. Pero el miedo se le instaló en las entrañas.

—— Encontré unas cartas que Rafael escribió a Paola. Ya sabe que mis padres compraron la casa que tenía en la calle del Olmo. Me sorprendió que no fueran enviadas.

A don Mariano pareció que se le abrieran los espíritus y que una losa pesadísima dejara de oprimir su pecho maltratado.

—— La conoció en su viaje a Roma. Debió ser una muchacha turbadora. Rafael murió ahogado en las mareas de sus ojos oceánicos. Nunca me habló de las cartas…

—— ¿ Pero, por qué no las envió? Seguramente, Paola las esperaba, las necesitaba.

—— Rafael debió sentir miedo de quebrar la seguridad de su vida regalada. Había sido criado para ser el dueño del pueblo. La incertidumbre no formaba parte de su equipaje.

—— Sin embargo, en sus cartas se muestra como un hombre enamorado, que aguarda el momento de poder encontrarse con ella. Si tuvo miedo, ¿ para qué las escribió? No lo entiendo.

—— No sé. Lo cierto es que Rafael pasó por un calvario en sus últimos meses de vida. Los del Comité sospechaban que él estaba detrás del robo del san Miguel de plata. La fiebre de los ángeles no le facilitó la vida. Lo acosaron, le metieron el miedo en el cuerpo. Es cierto que no le dieron el paseíllo, pero él era frágil. Muy frágil. Y se rompió.

—— De acuerdo, estaba asustado; pero, ¿ qué tiene que ver ese miedo con haber escrito unas cartas de amor que nunca iba a enviar?

—— Me pide respuestas que no puedo darle. Recuerdo que dos días antes de morir, consumido ya por la fiebre devastadora, me habló del Trastévere, de lo feliz que había sido en su estancia en Roma, de los paseos interminables con Paola. Hubo lágrimas en sus últimas palabras… “Dígale que me perdone, que no tuve coraje para renunciar a la certidumbre de los teoremas. Ella lo entenderá”. Luego, me miró por última vez. Cerró los ojos. No volvió a hablar.

—— ¿ Hizo lo que le pidió?

—— ¿ Cómo iba a hacerlo? ¿ A quién debía escribir? ¿ A Paola, una chica que trabajaba en la Taverna della Salute en el Trastévere? ¿ O debía costearme un viaje a Roma en busca de una muchacha de ojos oceánicos que se había quedado esperando a Rafael Sebastián? No. No fueron buenos tiempos. Bastante tuve que bregar para sacar a flote mi casa. Mi sueldo no daba para muchas alegrías. Si, al menos, hubiese sabido de esas cartas…                               ¡ Maldita guerra, cuánta desgracia nos trajo a todos…!

Estuvimos mirando la sierra, tras los cristales. En silencio. Llovía. Me sorprendió mi propia voz.

—— ¡ Iré a buscarla!

 La certidumbre de los teoremas

José Manuel López Blay