Aunque la etimología de la palabra “crisis”, que nos remonta con igual sonoridad al griego, indica separación, cambio o juicio (de ahí “crítica”), significados que no la cargan especialmente de negatividad, por el contrario, trae connotaciones fatales en nuestros días; por ejemplo, en términos económicos, por eso se la cubre con eufemismos como “recesión”, “desaceleración” y otros artefactos del lenguaje bastante desagradables. De pequeño, cuando iba a la escuela a tratar de aprender y no, como ahora hago, a tratar de educar (lo de instruir lleva algún tiempo siendo secundario, ojo) me explicaron o entendí mal, el concepto de crisis económica. Aquel día me fui para casa pensando que la crisis económica es algo temporal, fruto de la negligencia de algunos gobernantes que se empeñan en poner trabas a las sabias leyes del mercado o de un cálculo erróneo en la fase de producción. Luego, en casa, el telediario se encargaba de reforzar la lección situando la crisis en contextos concretos, con lo que me llevaba la impresión de que las crisis económicas son la anomalía y que la tendencia de los mercados es una rápida vuelta a la senda de la prosperidad. Ya no lo creo así, supongo que muchos de ustedes tampoco. Nací en 1973, el año de la crisis del petróleo, he estudiado la crisis de 1929 y vivido la del 2010; pero, estos hitos aparte, no he dejado de oír la expresión “crisis económica” aplicada a nuestro contexto inmediato desde que lo hice por primera vez (lo de oír). No puede ser cíclico lo que permanece. Ahora ya tengo claro, porque tengo la edad suficiente para comprobarlo por mí mismo, que las crisis económicas siempre van a estar aquí, son inherentes al sistema capitalista. Es decir, que este siempre está en crisis; la clave está en que unos la sufren más que otros, y a todos se les hace creer que su voto servirá para evitarla.

No tan ajeno al anterior, el siguiente espejismo tiene que ver con los bancos. Llevo unos años, desde que estallara la crisis de 2010, asistiendo perplejo a su comportamiento. Después de echarle la culpa a los del otro lado del Atlántico en un primer momento, nuestros bancos, sin sonrojo aparente por sus malas prácticas, y después de ser perdonados y reflotados con las ayudas estatales, decidieron que había que ponerse serios y recortar gastos. Empezaron a suprimir oficinas y a reducir plantillas, depauperando un servicio que con el tiempo se ha impuesto como imprescindible e insoslayable para el normal funcionamiento del individuo en el sistema. La consecuencia inmediata ha sido desesperar a su obligatoriamente fiel clientela, que cada vez tiene que invertir más tiempo y más paciencia para ser atendida por uno de los pocos empleados sobreocupados que han conseguido conservar su silla o, esto ya no hay quien lo pare, por una máquina, que ahora también sabe recibir tu dinero o proponerte un préstamo exprés.

JOYERIA ROYO
RODOLFO Y VENTURA

 

Esta obscenidad no podía quedar así. Está muy feo que perdonen tus deudas cuando tú no perdonas un céntimo; que ofrezcas a algunos políticos todo tipo de prebendas y que luego le pases la factura al resto; que, después de empujar a tus empleados a comportarse como vendedores de burras en el zoco ante sus propios vecinos, seas uno de los sectores con más despidos en los últimos años. Es demasiado feo. Por eso en los últimos tiempos vienen con la intención de lavar su imagen con ridículas campañas que propagan mensajes de este tipo:

“Puedes tener todo el BBVA por la cara”. Yo me conformo con que no me tomes el pelo, tronco. “Un banco para tus ideas” (Santander). Estas sí las puedo llevar encima, de momento. Y mi preferido, el que se pasa de rosca y “de guays” y acaba por desenmascararlos: “El banco no banco” (ING), que fácilmente podemos entender como: Para ser buenos, tendríamos que dejar de ser lo que somos. Sabemos que no nos comportamos de manera admirable con vosotros, pero intentaremos que así lo parezca por todos los medios.

La campaña de hace unos meses de Bankia (la “k”, una letra especialmente exótica e irreverente en castellano, va en esta onda “moderneta”), merece mención aparte. Los encargados de su publicidad tuvieron la original idea de utilizar el recurso de las siglas convirtiendo al banco en un adolescente que nos manda mensajes por el móvil: T.E.P (Te entiendo perfectamente) D.Q.T.P. (Dime qué te preocupa) P.C.Q.T.T. (Pues claro que tengo tiempo). Debieron pensar antes que las siglas siempre quedan abiertas a múltiples interpretaciones, y más entre una clientela cabreada y harta de que la tomen por gilipollas y así algunos leímos: “Te engaño, pardillo”, “Dónde quieres tu patada” o “Pues claro que trato de tangarte”. Covid tampoco ha detenido a los estrategas de Bankia, quizás la entidad más necesitada de un tratamiento cosmético urgente que parece obligarle a forzar la maquinaria. Su campaña “El mercado de los valores humanos” es una especie de Bolsa del “sentiment”, donde pueden cotizar los abrazos virtuales y los aplausos en los balcones. No tengo muy claro cómo funciona, ni ganas. Y así podría traer unos cuantos ejemplos más, porque es la estrategia de todos ellos en este tiempo. Seguro que lo han notado. Cercanos, despreocupados, amistosos, informales. ¿Informales? ¿Un banco? Atrévanse a ser un banco decente, compórtense así, con eso basta. Dejen de invertir millonadas en publicidad y conserven a sus esforzados empleados. Una cosa más, dejen de faltar continuamente el respeto a los mayores enseñándoles a estas alturas a enfrentarse a un cajero para pagar un recibo de la luz, dejen de llamarles de tú, al menos. No den vergüenza ajena.

Héctor Hugo Navarro