Si la rueda es uno de los inventos más revolucionarios de la Historia, la bicicleta es la versión más humana de cuantas ha sido capaz de generar su evolución técnica. Como ocurre en el caso del libro, a pesar de todos los ingenios con los que se ha visto obligada a competir, la bicicleta no sólo no cede terreno sino que incluso es la tecnología la que se ha adaptado a su concepto. Eléctrica o no, es un vehículo con futuro. Sobre todo en las ciudades, donde los carriles para su uso son cada vez más numerosos. Durante este verano, favorecida por la vía de escape que suponía a Covid y a sus restricciones, fue uno de los productos más solicitados en las tiendas especializadas. No ha sido fácil atender tanta demanda inesperada y muchos clientes han tenido que esperar semanas para adquirir el vehículo-coartada. Revisando estadísticas de ventas de los últimos años, junto a la imparable subida de las bicicletas eléctricas (a ver cuándo bajan un poco los precios) encontramos un dato “a contrapelo”: se venden menos bicis infantiles que antes. ¿Acaso los niños ya no cuentan con la bici para sus listas de regalos preferentes o es que los apurados padres se ven obligados a volver a la vieja costumbre de pedir la bici de un familiar o amigo que quedó arrumbada en el garaje?

Ha pasado el verano y los llamativos “maillots” de los ciclistas siguen apareciendo en el horizonte de caminos, carreteras y vías verdes. En la Comunidad Valenciana, uno de los lugares con más practicantes y más tiendas del ramo, nos cruzamos con ciclistas durante todo el año. La estrategia de la profesionalización del cliente con que el sector del deporte se reinventó después de que sus expertos en mercadotecnia interpretaran correctamente la deriva de individualismo, exhibicionismo y presunción en que andamos metidos también ha ayudado lo suyo para convertir el ciclismo en una de las prácticas deportivas en alza. Grandes superficies y tiendas especializadas pusieron al alcance del aficionado máquinas, ropa, complementos, incluso alimentación propia de profesionales. Allá cada cual con su ocio y su negocio. Lo peor de esta profesionalización externa de lo “amateur” es que puede llegar a permear algunas mentes propensas a la alucinación. Es más soportable esperar el momento propicio para adelantar a un pelotón de aficionados en una sinuosa carretera secundaria que escuchar las hazañas de un grupo de “globeros” superequipados en la terraza de un bar.

Me encanta ir en bici y a veces me divierte también practicar el ciclismo, pero lo que más me gusta es ver el espectáculo de las pruebas ciclistas por televisión. Estos días es lo que más me entretiene. Covid ha conseguido concentrar en un par de meses las ediciones anuales de Tour, Giro y Vuelta, las tres grandes vueltas ciclistas por etapas, incluso las rondas italiana y española han llegado a solaparse. También se han corrido durante las últimas semanas las principales “clásicas” (prestigiosas carreras de un día) y el Campeonato del Mundo. Esta semana está siendo intensa: primero el Giro, un café y a la Vuelta. Me estoy quedando sin siesta, pero merece la pena. Esta temporada, además, tal vez por lo accidentado del calendario, nos está regalando sorpresas en forma de carreras muy competidas y de nuevas figuras, nuevos héroes que vienen a sustituir a los anteriores casi con urgencia. Dos eslovenos, Pogacar y Roglic, se disputaron un Tour muy reñido que ganó el primero. El Giro se lo juegan en la última etapa contrarreloj unos no tan célebres Tao Geoghegan Hart y un tal Jai Hindley (cuidadín con darle ánimos gritando su nombre, sobre todo si hay algún miembro del equipo de Israel cerca) que parten de la rampa con el mismo tiempo empleado en la ruta durante los veinte días previos, algo que jamás había ocurrido antes.

El ciclismo es, tal vez con el boxeo, uno de los deportes-espectáculo más gratos a la épica que existe. Tiene todos los elementos necesarios: héroes justos y villanos tramposos; lugares míticos donde librar sus batallas; dolor, insidias, tragedia, gloria… y excelentes juglares para contarlo. En las crónicas de las etapas ciclistas he leído lo mejor del periodismo deportivo y, si me apuran, de lo mejorcito del periodismo en general. En literatura encontramos las previsibles biografías de los campeones, pero recomendaría un par de ficciones: “El ciclista” de Tim Krabbé (precioso relato ambientado en una carrera de aficionados) y la novela “Alpe d’Huez” de Javier García Sánchez. El juglar que mejor lo cuenta, sin embargo, lo hace de forma oral (y en directo), al modo de la antigua épica. Javier Ares es la voz capaz de dar ese tono heroico a las retransmisiones de ciclismo. Lo recuerdo cuando niño le escuchaba por radio desgajar esos interminables inventarios de nombres nacionales y extranjeros como en una letanía cuando el espectáculo del gran ciclismo empezaba a interesarme. Por su voz fueron pasando los héroes y sus gestas: primero Delgado, luego Induráin, “el Chaba”, Valverde (el más veterano aún en activo), Contador, con quien hace un tándem magnifico comentando para Eurosport estos días. El mayor mérito de Ares no es que su personal locución convierta el acto mecánico del pedaleo en material de gesta, o que eche mano siempre oportunamente del enorme archivo de su memoria, sino su capacidad de enseñar, de hacernos aprender tanto de ciclismo como de otras cosas que le salen al paso como a un ciclista en su ruta. Entre ellas, de lengua y su buen uso. Ares, vallisoletano (aunque, como él sabrá, el castellano más puro se habla en Colombia), es capaz de mantenernos a la escucha, de espantarnos el sueño explicando el concepto de “gregario”, de “victoria pírrica”, rescatando la etimología de algún término del argot o empleando adecuadamente un tiempo verbal en desuso (que la mayoría de sus colegas desconocen) como es el futuro imperfecto de subjuntivo. ¡El futuro imperfecto de subjuntivo!

Héctor Hugo Navarro

RODOLFO Y VENTURA