Hará unos tres años que les conté una historia acerca de juegos y juguetes.   De juguetes de mi infancia que guardo como verdaderos tesoros.

Les hablé de traumas infantiles sin superar. De nostalgias empedernidas de un adulto.   Les hablé acerca de la envidia que podría surgir entre ustedes y yo acerca de este trauma. De cuantos juguetes me guardan de su infancia.   De ese trauma que bien podría estar asociado al síndrome de Peter Pan, pero sin medicación. Claro. Sólo juguetes. Sólo viejos recuerdos. La terapia es simple: sigue jugando con aquellos viejos juguetes. Ahora. Siempre.

Les comenté que no dejaba de ser un crío. En ciertas maneras lo sigo siendo. Me siguen encantando los Mortaledos. Me sigue encantando correr delante de gigantes y cabezudos. Últimamente más que nunca. Y también les hablé de la alegría que me produciría que muchos de ustedes fueran como yo. Chicos grandes. Chicotes y chicotas. Sin la perdida de tan siquiera un ápice de aquella, nuestra infancia. Y pensaré que no soy el único que piensa y cree que somos dichosos y afortunados.

JOYERIA ROYO
ESCUELA DE DANZA
RODOLFO Y VENTURA

Les hablé de aquellos primeros juguetes que le llegaron a uno en la infancia a medida que me iban cambiando pañales, limpiando los mocos y, poco a poco me iba destrozando rodillas y codos en aquella calle del Monte empedrada, llena de musgo, con aromas de agua de jaboncillo, estiercol de caballo, de conejares y de pellorfas apiladas por las paredes de las calles.   Aromas de ropa recién lavada y colgada de ventanas y balcones. Balcones llenos de panojas y calabazas puestas a secar. Calles de bombilla de 20 vatios y olor a leña quemada. De tiestos con clavillineras y geranios. Algunos con perejil.   Otros con un par de matas de habas.

Olores tentadores de ollica segorbina que embriagaba a todo el barrio. De boniatos asados que traían del horno en enormes llandas.   Del carro de la basura que cada día venía y, a golpe de corneta reunía a las vecinas que con pozales corrían prestas a tirar la basura.

La cuestión es que todavía tengo por mis baúles y tesoros una retahíla de viejos juguetes que guardo como oro de ley. Oxidados algunos como el viejo cochecito de pedales. Otros, como un viejo Pinocho, que a día de hoy todavía luce la bonita cicatriz de mis dientes de leche marcados sobre su puntiaguda nariz. Y ahí están esos juguetes que tengo bajo siete candados cargados con las cadenas del cariño, del recuerdo y de la nostalgia.

Ahora, cuando rescato estas fotos que ya necesitan una mano de plancha y hacen que se me empañen los ojos, me veo con aquellos enormes «privilegios» para aquella época y me digo: «Recristo, que feliz que fui y que afortunado». Y qué benévolos fueron aquellos Reyes Magos, y que bonito era «feriar» al chico el día de la purísima. ¿Cómo no voy a guardarlos todavía?. ¿Cómo no los voy a querer?. Llámenme nostálgico. Me encanta cargar con estos traumas infantiles.

Como digo, han pasado tres largos años desde que les conté la historia de mis viejos juguetes. De aquel coche metálico que funcionaba a base de pedales. De cómo corría con aquella joya por la empedrada y empinada calle del Monte. De cómo hacía uso y abuso de aquel que me pedía que se lo dejará para dar una vuelta y yo, gentilmente accedía a cambio que tiraran del morro del coche y yo encima, de nuevo, rocha arriba hasta las mismas eras de San Blas y, volver a dejarme caer calle abajo.

Así pues con estas, y con aquel viejo coche de pedales, he decidido sacarlo del baúl de los recuerdos. Le he quitado las muchas capas de polvo que durante décadas ha ido acumulando en compañía del óxido y, ayudado por un buen colega, un buen amigo, -entendido en estas artes y materias-, me lo ha desmontado enterico y tras darle un buen repaso, me lo ha vestido con pintura nueva todo él.   Y creanme, ha quedado mejor que el primer día. Aquel primer día que con apenas dos o tres primaveras, estrené y me lancé por aquellas empedradas calles del Barrio de San Blas. Mi barrio. Mis calles.

Ahora, con el susodicho coche de marras. Aquel juguete de mi infancia, ha visto como, con paciencia de décadas, otro tierno culo y manos temblorosas pero firmes, ocuparán asiento y volante. Así que, sin demora alguna, una niña, de mas o menos la misma edad que aquel afortunado crío, ha reestrenado el coche.

La misma calle, la del Monte, pero asfaltada.

El mismo coche, con al menos cincuenta años más viejo.

El mismo punto y lugar, en el mismo Barrio de San Blas.

Aquel coche hizo las delicias de un crío que a día de hoy, no se monta en él y se tira calle abajo porque simplemente no coge . No cabe. Pero creanme que ganas no le faltan. Pero se queda con la satisfacción que, de nuevo, con una niña de armas tomar, con las rodillas y codos ya con moratones y cardenales, toma posesión del mismo y se lanza por esa calle empinada. Por esa calle del Monte. Mi calle. Ahora, su calle.

Lo que siento al ver a mi hija en mi viejo coche, es algo que no les puedo contar. No tengo palabras. Ya ven, yo sin palabras…

Hay cosas que se tatúan sin tinta. Pues eso.

Toni Berbís Fenollosa – Desde mi Atalaya