LA MAGIA DEL CINE DE MAGIA

Solo los segorbinos/as que han disfrutado de la oportunidad de cortarse las uñas durante bastantes otoños, pueden recordar que nuestra ciudad tuvo tres edificios en los que podíamos disfrutar del cine o del teatro de manera cotidiana, poniendo color a los años grises de la larga postguerra, dibujando en la mente toda la fantasia que la realidad te negaba: Aquel teatro Camarón, de programaciones puntuales, situado junto a la glorieta, al cual solo lo recuerdo escarbando con fuerza en las telarañas del tiempo para recuperar uno de esos espacios míticos de la infancia. Allí creo recordar que predominaban los tonos rojizos en su decoración y siempre te llevaban tus padres o familiares cogido de una mano de la que intentabas zafarte sin más éxito que tu derrota -no eran tiempos de regalar caprichos a los niños- y sumisión a la mano paterna que no te permitía explorar los arriesgados entornos que siempre buscamos siendo niños. Quizás por esos tonos de sus cortinajes tan peligrosamente rojizos para la época, fue demolido con la misma indiferencia ciudadana de quien canta el último cuplé mientras se afeita. Un teatro Serrano, viejo, incómodo, antiguo centro del ocio monárquico segorbino, ofreciendo caducadas butacas de madera chapada y agrietada; con unos palcos que anunciábamos los usuarios como inseguros y con peligro de caída, aunque por ser buenos amantes del riesgo los usábamos pese a que sus frágiles sillas bailasen constantemente al ritmo de la acción de la película. Con un gallinero cuyos asientos eran empolvados tablones en el que no ponías huevos, pero siempre cacareaba algún gamberrete activando las amenazas del acomodador de turno que en momentos extremos, ordenaba parar momentáneamente la proyección dejando a Doris Day sin dar el beso esperado a Rock Hudson. El cine Rosalea era la modernidad, inaugurado en la década de los cincuenta, ofrecía unos llenazos históricos en sesión de tarde, cuando la sesión ofrecía dos películas, con señoritas uniformadas que en los descansos paseaban por la sala ofreciendo sus bolsas de papas, piruletas, chicles y otras chucherías de la época que en escasas ocasiones tenías el dinero necesario para comprarlas.

ESCUELA DE DANZA

Seguramente fue la aparición de la televisión el miura que corneó al cine llevándolo a la progresiva desaparición de los espectadores y, como secuela, de las salas en las que tantos niños se reían con Cantinflas, tantos adolescentes lloraban con Mujercitas y tantas parejas de novios combatían el frío gracias a la oscuridad. El cine desapareció de los pueblos y las pequeñas ciudades.

Por eso me ha gustado enterarme de que una asociación llamada Rosalea, no haya tenido ningún inconveniente en ir a la eterna casa rival, el Teatro Serrano -tan remozado, tan coqueto- a ofrecer en su presentación ante la sociedad segorbina un dinámico fin de semana de magia, tanto en directo como en pantalla, que con una gran calidad ha permitido unas entretenidas sesiones en las que, desde mi reflexión sólo ha fallado el público asistente -digo esto aun conociendo que los espectadores se han aproximado al millar- y me doy cuenta de cuán difícil es romper las rutinas ciudadanas del ocio para acercarse a actos culturales salvo que no participe en ellos algún amigo o familiar…

Pero sea como sea todo tiene un comienzo y hay que animar, hay que aplaudir, a este grupo emergente -conociendo sus caras puedo confirmar que son gente valiosa- para que siga programándonos escenas irrepetibles sin esperar al año próximo, para poder creernos que John Wayne cabalga de nuevo ofreciendo su grupa a Rossy de Palma…

                                                                                     MANUEL VTE. MARTÍNEZ