La máquina de discos

Ocho de abril. Hora del ángelus. La campana de la muerte llora. Llueve. Acabamos de enterrar a Rafael y llueve. Una lluvia finísima nos acompaña en el camino de vuelta del cementerio. Lluvia y lágrimas. Silencio. No ha habido palabras grandilocuentes. Nunca fuimos gente de palabras arrogantes ni de frases lapidarias, de las que se escriben o se piensan para ser dichas en estas ocasiones solemnes. Al llegar al parque, Paco ha roto el silencio. Paco siempre rompió los grávidos silencios que hubo en nuestras vidas.

  • — ¿Nos tomamos una copa o la dejamos para el próximo entierro?

Socarrón. Mordaz. Sabe que el ácido es lo único que disuelve el dolor. Nos vemos poco. Algunos se reúnen una vez al año, al principio del otoño. Ahora ya es una cena frugal en la que se habla de la próstata y de la mierda de mundo que hemos dejado a nuestros hijos. Pero los demás solo nos vemos cuando hemos de enterrar a uno de los nuestros. Primero fueron al padre o a la madre. Ahora, ya vamos cayendo nosotros. Rafael es el tercero que hemos enterrado. Lo esperábamos hace tiempo; pero eso no nace menos doloroso el desgarro. Fui a verlo hace un mes. Me resistía. No me gusta ver la cara de la muerte. Supongo que a nadie. A mí no me gusta. Nada. Y ahora que está muerto, creo que no me hubiera perdonado no haberlo hecho. Ni él. Ni yo. Puedo vivir con mis reproches, pero no con los de un muerto.

El parque apenas ha cambiado en estos últimos cuarenta años. Los pinos combados, los jazmines, las madreselvas. El monolito que recuerda a un rey que no reinó. Y el bar. Recuerdo una vieja fotografía en la que se veía el kiosco que hubo antes. Es verano. Hay mucha gente sentada en sillas de anea bajo los cañizos que matan el sol del mediodía, mientras los más atrevidos se quitan el calor nadando en las gélidas aguas de la inmensa balsa que se construyó al acabar la guerra. Pero yo apenas lo recuerdo. Y lo que recuerdo ya no sé si es material de derribo que regurgita mi memoria o lo he hilvanado a partir de las imágenes que he visto después. Lo que sí recuerdo es la noche que inauguraron el nuevo Bar Restaurante Parque Municipal. Con su letrero de neón y sus inmensas cristaleras que se abrían a la terraza donde colocaron la máquina de discos. La vieja máquina de discos.

maquina-de-discos-WDe pronto diluvia. Apuramos el paso. Corremos lo que nos permite el viejo cascarón. Y aun así llegamos mojados. Divertidos. Como si la lluvia se hubiera llevado por un momento la congoja por el amigo muerto. Nos acomodamos en una mesa desde la que vemos la piscina de aguas verdosas. Hasta San Juan estará cerrada. Súbitamente, me veo sumergido en sus aguas, a punto de ahogarme, agarrado al cuello de Carlos al que no dejo bracear. Voy a morir de una forma estúpida y nadie me salvará porque todo parece una broma de adolescentes sin desbravar. Pero al final el ángel de la guarda, mi dulce compañía, despierta bruscamente, se sacude la modorra y zarandea a un bañista que se tuesta al sol para que se lance al agua y nos saque y nos libre de una muerte ridícula. Y ahora ese recuerdo enhebra otro. Es la alcoba de mis padres. Con su armario de luna y un cuadro sobre la cama. Es un jardín o un bosque. No; es un jardín con grandes maceteros y surtidores de agua, lleno de rosas y otras flores que no sé distinguir. Y palomas que zurean y vuelan en el azul límpido de la mañana. Cuatro niños juegan. Bueno, dos niños y dos niñas. Alegres, divertidos, ajenos al peligro que corren. Uno de los niños lleva los ojos vendados y está acercándose peligrosamente a una zanja, un hoyo o una poza. No recuerdo bien. Caerá si nadie lo remedia y su sonrisa se borrará inesperadamente con el sobresalto, mientras sus amigos se burlarán sin malicia, Pero alguien lo evitará. Su ángel de la guarda, de cabelleras rubias y dulce sonrisa, lo protegerá de toda perturbación. Es demasiado niño para que su vida se trunque.

Trato de concentrarme en el diálogo, bullicioso, atropellado. En eso apenas hemos cambiado. Jorge intenta sacarnos de la cabeza la imagen cadavérica, irreconocible del amigo muerto y tira de archivo. Otra cosa no, pero memoria tiene. De tísico, que le gusta decir a él. Yo nunca entendí muy bien por qué decía eso; pero ahora ya es demasiado tarde para preguntárselo o me da lo mismo saberlo.

  • ¿ Os acordáis cuál era la H7? — ha preguntado a bocajarro, señalando la vieja máquina de discos que sobrevive, de manera misteriosa y en silencio, en la terraza, a pesar de las mudanzas que ha sufrido el local.
  • No vengas con mandangas. Es imposible que te acuerdes — Víctor se burla sin demasiada convicción, porque Jorge siempre fue capaz de recordar cosas inverosímiles. Misericordiosos. Son sus ojos misericordiosos. Los ojos de la Virgen son misericordiosos. Estas cosas se las sabía Jorge con apenas seis años. Así que, cuando don Ramón, el ecónomo de la parroquia, se acercó a la escuela para tantear cuántos niños estaban maduros para recibir el Pan de Ángeles, no hubo ninguna duda. Jorge la tomaría a finales de mayo, aunque fuera un poco tierno. Y, además, leería en público la ofrenda colectiva. Llegará a ser un buen obispo, dijo don Ramón, muy serio, cuando fue a hablar con su madre. Gestas y Dimas fueron los dos delincuentes galileos que crucificaron en el Gólgota junto a Jesús, Rey de los Judíos. Esas cosas y otras se las sabía Jorge. Y las soltaba de sopetón, pero sin vanidad. Que supiera cuál era el disco que caía sobre el plato cuando echabas una moneda y pulsabas H7 no era un despropósito. Por eso Víctor se burla con la boca pequeña, porque no sabe si quiere desenmarañarnos la cabeza o es que el hijoputa lo recuerda de verdad.
  • I can’t live if living is without you,i can’t live, i can’t give any more — y gesticula cómicamente, imitando a Nilsson, con quien conocimos los dulces abismos de la carne trémula, en aquellas eternas tardes de agosto.

Los pocos clientes del bar nos miran divertidos.

  • A mí me gustaba más la canción de Cowboy de medianoche. ¿ Cómo era…? — al final, han conseguido que me meta en la conversación. Lo cierto es que fue una canción que me acompañó muchos años y que, después, había desparecido de mi vida hasta aquel mediodía.
  • Everybody’s Talkin’ — apenas me deja terminar la pregunta. Jorge me mira divertido —Voight y Hoffman se salen . ¿ Tomamos otra? — da carpetazo. No le interesa que nadie se quede atrapado en la melancolía.
  • ¿ Funciona todavía? — el camarero que trae la bandeja llena de copas de cerveza no entiende mi pregunta — La máquina de discos, ¿ funciona ?
  • La verdad es que desde que trabajo aquí nunca he visto que funcionara. La gente se acerca, curiosea; pero dudo que funcione. Sé que es la original que instalaron cuando inauguraron el local; pero no sé nada más. Puedo preguntarlo, si desea.
  • No importa. Era pura curiosidad. Supongo que, después de tantos años, será una reliquia. Casi como nosotros — y, sin quererlo, se me escapa un dejo de nostalgia.

Y, de pronto me doy cuenta de que mi vida está hecha de palabras y de músicas destiladas.

La máquina de discos

José Manuel López Blay.