Nunca conocí a Janis Joplin. Si he de decir toda la verdad, en el tiempo del que os hablo, nada sabía de aquella estrafalaria muchacha tejana que se había bebido la vida a grandes tragos, porque no encontró o no quiso encontrar otra manera digna de hacerlo. Poco importa eso a la historia que me propongo contaros; pero la noche que la encontraron muerta, mi vida cambió para siempre.

El médico era un hombrecillo de aspecto tenebroso. Se encaramó a la cama. Me miró desde detrás de sus oscuras gafas de verdugo. Me palpó, escrutó el fondo de mis ojos, me auscultó, me abrió la boca, apoyó una de sus nervudas manos sobre el esternón y con la otra intentó que el mentón flexionara, buscando mi pecho. Había síntomas de rigidez. Masculló algo entre labios, frunciendo el entrecejo. Por un instante, se giró y miró a mi madre que lloraba sin lágrimas. Mi padre, cabizbajo, tenía clavados sus ojos en alguna región lejana de su trabajosa vida.

Salieron los tres de la habitación.

Desde la ardiente ciénaga de la fiebre escuché palabras deshilachadas.

…meningitis …mala cosa, muy mala cosa.

Creo que me inyectaron veneno ocho veces durante aquella noche eterna. No recuerdo haber tenido miedo de morir; ni siquiera recuerdo haber pensado en el limbo, que es adonde yo quería ir cuando muriese. Adonde van quienes, no mereciendo la presencia de Dios, tampoco son merecedores del infierno. A un sitio así quería ir yo desde que le oí hablar a don Cirilo del limbus infantium. Pero la madrugada no me trajo jirones del limbo. Ni del purgatorio, que es provincia más cercana. Sólo recuerdo despertar cuando ya el sol se escondía detrás de Santa Bárbara. Los ojos miopes de Lennon me miraban desde el póster que me había regalado Manolito Vivas. Había sido el precio pactado por haberle pasado la traducción del fragmento de La Guerra de las Galias que don Santos nos había puesto en el examen de latín.

Así empezó mi adolescencia. Con un amago de meningitis y la mirada descreída de Lennon preguntándome qué iba a hacer yo con mi vida.

Pasé unos meses fuera de circulación. El médico había recetado reposo y esa palabra, desconocida en mi casa, se interpretó sin dobleces. Tendría que dejar temporalmente el instituto, vaciar mi cabeza de tanto pájaro inútil y no abusar de la letra.

Fue entonces cuando alguien me regaló un elepé con los éxitos del año de la CBS. Su voz desgarrada giraba eternamente en el tocadiscos, durante las interminables tardes de aquellos meses melancólicos.

 

                 From the Kentucky coal mine to the California sun

               there Bobby shared the secrets of my soul.

 

Mi vida ya nunca fue la misma.

La noche que murió Janis Joplin

José Manuel López Blay.