EN LA ACTUAL SOCIEDAD SE HA PERDIDO ALGO BÁSICO COMO ES EL RESPETO

Si cumplir cien años ya es todo un acontecimiento más lo es llegar a ese siglo de vida con la una memoria prodigiosa como lo ha hecho el jericano Salvador Pérez. Conocido por todos como “el tío Cancán”, Salvador nos recibe en el salón de las viviendas tuteladas de Jérica, donde reside junto con su mujer Virginia desde hace más de tres años y medio, leyendo en internet la prensa diaria. Con una capacidad asombrosa para adaptarse a los nuevos tiempos este jericano celebró, hace unso días sus cien años de vida. El Ayuntamiento, así como varias asociaciones del municipio y, cómo no, su familia, quisieron celebrarlo por todo lo alto con un homenaje del que el propio cumpleañero se sintió “orgullosísimo” y dijo “no merecer tanto”.

Dicen que antes de morir debemos plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo. Con cien años, usted ha hecho las tres cosas, ¿le queda algo por hacer?

He hecho muchas cosas, pero siempre queda algo por hacer.

¿Cómo han sido estos cien años de vida?

Me considero un hombre feliz. He pasado mucho, vivido en muchas situaciones. He pasado hambre y he estado muy bien situado, pero reconozco que siempre he sido un hombre feliz con lo que tenía o donde estaba y eso es muy importante.

¿Cuál es su truco para estar tan bien?

Todos los días tomo el zumo de una naranja y me como de tres a cinco dientes de ajo. Me gusta cuidarme y comer bien.

¿Qué hace en el día a día?

Por circunstancias vivo desde hace casi cuatro años en las viviendas tuteladas de Jérica con mi mujer Virginia que tiene 98 años. Me levanto, me aseo y rezo mis oraciones. Diariamente hago mis ejercicios de gimnasia y, después de almorzar, leo a diario los periódicos e internet.

La sociedad ha perdido el respeto

Salvador Pérez frente al ordenador. Foto: Ana Monleón.

Y ¿cómo es que con 100 años sabe usar el ordenador?

Empecé porque mi hijo Manolo me trajo uno que retiró. Yo estaba escribiendo mis memorias y pensó que podría serme más fácil con el ordenador. Con más de ochenta años me apunté a un curso de la EPA a aprender las primeras nociones y luego él también me ayudó. Lo que no entendía me lo apuntaba y, hasta hoy, todavía lo utilizo.

¿Ya ha acabado el libro?

A los 93 años decidí que ya estaba bien. He hecho una biografía desde que nací pero hace unos años lo dejé para que sean mis nietos los que ya escriban su propia parte.

De sus 100 años de vida, ¿de qué es de lo que más orgulloso está?

De mi familia, mis hijos, mis cinco nietos y cuatro bisnietas. No los veo todo lo que querría porque viven fuera, pero estoy en contacto constante porque ellos me llaman, yo les llamo.

Y ¿qué es lo que recuerda con más tristeza?

La época de la guerra y la posguerra fue triste y dura. Con 21 años, al ser de la quinta de 1936, nos incorporamos al servicio militar. Un tren nos trasladó hasta Madrid y mi primer destino fue a infantería marina en Cartagena. La primera vez que estuve a pie de guerra fue en Tembleque, en la provincia de Madrid, para luego ir a Alcalá de Henares hasta Chamartín. Tuve suerte de que me colocaron en ametralladoras, porque la infantería eran los que abrían ante el enemigo y aquello era horroroso. Estábamos día y noche disparando, había heridos y muertos por todos los lados, amigos a los que no podíamos coger de las trincheras, porque el que se aventuraba a salir moría, sin que nadie te pudiera enterrar. Otro de los momentos más difíciles fue cuando el día de Santa Águeda me cogieron prisionero y nos encerraron en el campo de concentración a Miranda del Ebro. Tras esto pasamos a León donde me cambiaron de bando y empecé a ser soldado de Franco. De Burgos me destinaron a Pamplona, luego al frente de Cataluña hasta que acabó la Guerra. Me vine de voluntario al frente de Levante y tras licenciarme, tuve que volver a los pocos meses a acabar los años de servicio en el bando de la zona nacional. En total, estuve 5 años haciendo la mili, de 1936 a 1941.

¿Cómo recuerda la posguerra?

Al llegar a Jérica todavía me acuerdo de la imagen de la calle Historiador Vayo, toda destruida, fui a ver la casa de mis padres a San Roque, que estaba en el suelo. Estaba todo abajo, la pena era que en todos los sitios habíamos visto ya esta imagen.

¿A qué se ha dedicado?

Nací en Jérica pero nos fuimos luego a Barcelona. A los 15 años comencé a trabajar en una fábrica de hilados y tejidos. Después de la guerra nos vinimos a Jérica y ya empecé a trabajar de auxiliar de secretario en el Ayuntamiento.

¿Cómo ve que ha evolucionado la sociedad?

La sociedad en que vivimos no me gusta. Me gusta cómo estamos económicamente y en comodidades, pero veo que se ha perdido algo básico como que no hay autoridad, ni hay respeto. Parece que vamos a necesitar un guardia para vigilar a cada uno. Está claro que el mejor régimen que existe es el que tenemos, la democracia, pero  hay que vivir con un orden y una educación.

¿Qué consejo les daría a los jóvenes de ahora?

El consejo es que trabajen y vivan bien, pero trabajando y respetando a todo el mundo, aunque no sean de tus ideas. Cada uno puede tener sus ideas pero deben respetar la ley.

“La sociedad ha perdido el respeto”

Ana Monleón.