“LAS ARRUGAS DE UN FERIANTE”

Se llama Tano y lo conozco desde que tengo uso de razón.  Lo que quiere decir que lo conozco hace varios lustros.   Quizá demasiados para mi gusto.   Quizá demasiados incluso para él que ya anda rayando la media docena en la espalda. 

El individuo en cuestión, para aquel que no tenga el placer de conocer, les diré qué es uno de esos tipos que siempre deseas volver a ver.  De darte de morros con él de vez en cuando.  De aquellos que vienen, hacen la faena y se vuelven a marchar por donde han venido.  Aquellos que se marchan dejando tras de sí, un regusto de melancolía mezclado con una pizca de romanticismo, un puñado de cariño y un enorme cucharón de amor incondicional.   Es ese tipo amor natural que se te ha inculcado desde una inocente niñez y donde, personajes como él, hacían que el deseo de su llegada fuera en plan “ya vienen los Reyes”. Ya me entienden.  Una alegría.

Su caso es sencillo.  Mágico.  Viene, sin avisar.   Monta su par de atracciones de feria y hace las delicias de los más pequeños y, tras unos días, -hoy por hoy muy pocos por desgracia-, desmonta lo montado y marcha de nuevo en busca de otra localidad, de otro pueblo, de otros niños ansiosos por verlo, dejándonos con un hilo de tristeza a aquellos que lo vemos partir con la esperanza de que el año transcurra pronto y de nuevo se deje caer por este, nuestro pueblo, nuestro Segorbe.

Les diré que mis recuerdos sobre él y sobre su carismática familia de feriantes viene, como digo, desde mi niñez.   Desde mi más tierna infancia.   Desde cuando los días previos al día de la Purísima, al día de la feria y posteriores, sustituían por completo las andanzas y juegos de calle.  Las batallas entre críos de diferentes barrios.  De los toros en Las Eras.  De romper bombillas de veinte vatios a base de pedradas y de perseguir gatos o de tocar timbres.  Por ejemplo.

Jamás se me olvidará la imagen de aquellos primeros años, cuando el Tano, un crío con aires de machote, pues la profesión lo forzaba en cierta medida a ello, montaba debajo de la Glorieta junto al resto de la familia unos barracones de color azul donde hacían la vida.  Donde habitaban.  Donde se afianzaba a montar su hogar para pasar una buena temporada ya que, por aquel entonces, la estancia de sus atracciones, al igual que ocurría con los famosos coches de choque, se alargaba hasta bien pasadas las Navidades. Hasta San Antón creo llegar a recordar.

RODOLFO Y VENTURA

Tras aquel montaje de los barracones procedían a instalar sus atracciones.  Como era de esperar la famosa “Luna” o “La Barca”, según prefieran llamar o recordar, era la atracción más “atractiva”.  La más esperada.  La más deseada.  Junto a ella montaban un par de atracciones especie de “Tiovivo”,  de esas que dan vueltas y más vueltas y, por supuesto, menos de las que tú deseas.  Coches de bomberos con campanas, de carreras, caballitos de miradas perdidas que suben y bajan en un galope monótono y acompasado.  Un “Tiovivo” donde lo más de lo más era una “olla”, donde podías hacer girar y girar mientras la atracción daba una y otra vuelta.  Al parar, al acabarse “el viaje”, bajabas dando traspiés del mareo que llevabas.

Como digo, en estos recuerdos, tengo un apartado especial hacia su madre.  Era toda una señora. Sabia de un duro y difícil oficio.  Una señora siempre enlutada de arriba hasta abajo y que suponía y supongo que sería por la perdida del marido al que nunca supe de él.    Aquella señora, entre semana cuando las atracciones dormían, se la veía cargaba con jofainas llenas de ropa y que en un improvisado tendedero de barracón a barracón, tendía al sol invernal haciendo más multicolor si cabía ese espacio que ofrecían el azul de los barracones con los mil y un colores de las propias atracciones.  En los días que la atracción encendía sus luces de colores, aquella mujer se acoplaba en una diminuta cabina ataviada con una toquilla negra que le cubría los hombros para entrar algo en calor y soportar el frío y te cobraba el pase a aquella querida “Luna”.  Junto a aquella cabina controlaba la mujer una pequeña parada de sabrosas manzanas bañadas en rojo caramelo y un estante con algunos paquetes de cigarrillos de la época. Ya saben los famosos Sombra, Bonanza, Carabelas, Feten, Piper, Reales, Rumbo, Lola, Rex, Condal y, por supuesto, los Ideales y los Celtas.   Comprarle a aquella señora un cigarrillo suelto de John Player Especial y colocártelo en los labios al subir a la Luna, eso, eso era otro nivel. Eso sí que era chulería.

Ni que decir tiene lo que fardaba colocarse en los extremos de aquella atracción.  Un mecanismo de poleas que el Tano accionaba mediante una cuerda que tiraba y tiraba de ella manualmente hacía que aquello prácticamente diera la vuelta de campana.   Un chirrido estridente nacía de aquel engranaje de poleas y que se amortiguaba con la música a todo trapo con las canciones más populares de la época.  Imagínense.  Era todo un lujo.  Un espectáculo.

El Tano, con sus ajustadísimos pantalones de campana y con un micrófono a la altura de la boca, tiraba sin parar de la cuerda mientras subías y bajabas en aquella “Barca”, en aquella “Luna” al igual que te subían y te bajaban las tripas hasta el propio garganchón.   Al acabar el “viaje” y cuando el bolsillo hacía aguas, te sentabas en unos bancos metálicos a ver como subían el resto de amigos y sobre todo para ver las valientes chicas que, en dichos extremos chillaban como posesas cuando alcanzan el punto más alto que aquella joya podía llegar a alcanzar.   Mientras tanto, y durante horas y frente al micro, un jovencísimo Tano de media melena rizada, en música “playback” se desgañitaba con un “blaquisblac aguantubeibiguen”…  Se le tenía cierta envidia.  Creanme.  Cierta envidia.  Mientras, el sabor del humo del John Player Especial lo compartíamos entre cuatro o cinco.

El otro día estuve en su atracción. En esta ocasión, yo llevaba a una clienta muy importante. Muy especial.  Compre unas cuantas fichas.  Unos cuantos “viajes”.   Me alegré de verlo de nuevo.  Anda mayor.  Como todos creo.  Pero  por un instante lo llegué a ver con aquellos pantalones de campana y su media melena desgañitándose frente a un micro. Lo llegue a ver tirando de una cuerda de una desaparecida “Luna”.  Lo llegue a ver con ojos de niño.  Con ojos de adolescente.

Siempre lo visito. Cada año.  Aunque no le digo nada.  Tal vez por temor o prudencia a esa distancia del pasar de los años.  Con miedo a que vea y descubra mis ojos casquitiernos al verlo un año mas junto a esa  atracción que lo acompaña desde que, ambos, tenemos uso de razón.    Quizá por miedo a que descubra que aún me acuerdo de esa “olla” que todavía da vueltas y más vueltas en esa tan querida atracción.   De sus caballitos de pintura cuarteada que ya son de nuestra misma quinta.  De ese coche de bomberos y el sonido de sus campanillas.   Quizá tenga miedo de contarle las arrugas de su cara y que él, cuente las mías y en silencio, nos digamos lo mucho que nos echamos de menos y lo mucho que corre el tiempo.   De las muchas vueltas que da la vida y las muchas vueltas que da su atracción.   Esa atracción que tantas y tantas generaciones de segorbinos y de gente de la comarca nos ha hecho tan felices año tras año. Niño tras niño. Niña tras niña. 

Por otros muchos años.  Por el recuerdo. Por esa mágica atracción.  Por esas arrugas de un viejo feriante.  Por siempre querido Tano. 

Foto y texto:  Toni Berbís Fenollosa