La presentación en el teatro Serrano de Segorbe del anuario científico de la Fundación Max Aub cerró el pasado viernes la serie de actos programados por la entidad que se abriera con el postergado fallo de su prestigioso certamen de relatos. El jurado, compuesto por los escritores Manuel Rico, Nuria Barrios y Alfredo Taján, tuvieron a bien otorgar el premio al vizcaíno Marceliano González Domínguez en la sección Internacional y a la segorbina Iuliana S. Apostu, a quien felicitamos especialmente, en la comarcal.

Durante la primera parte del acto, la institucional, se dio a conocer el anuario de la Fundación. “El correo de Euclides”, que toma el nombre de uno de los divertimentos del propio Aub, tiene como objetivo dar a conocer nuevos estudios sobre el universo del escritor. Es, por supuesto, una publicación de ámbito académico, que viene avalada por el prestigioso elenco de catedráticos y escritores que conforman su consejo asesor, una joya de prolífica erudición que explora la abundante veta del autor y mantiene viva la causa “maxista” (tomo el término de Manuel Aznar, director del anuario). El número XIII (correspondiente a 2018) presentado el pasado viernes es un volumen de casi 300 páginas que ya reclaman decenas de departamentos universitarios dentro y fuera de España. En esta ocasión, alumbrado desde la Universidad Autónoma de Barcelona, se ha propuesto indagar en el material más personal del autor: textos autobiográficos, diarios y memorias. El anuario, editado en su portada tal y como Max diseñó su “Euclides”, es el resultado de muchas horas de trabajo de investigación y por sí solo justifica con palabras que son hechos la pervivencia de ayudas y subvenciones públicas a las que es acreedora la Fundación. En este sentido, Diputación y Ayuntamiento de Segorbe, representadas por la diputada de cultura Ruth Sanz y por la alcaldesa Mari Carmen Climent, dejaron patente además del reconocimiento al trabajo realizado por el equipo que coordina y gestiona María José Calpe, su compromiso total con los proyectos de la Fundación para los próximos cursos. La sintonía total de estas dos administraciones actualmente de distinto signo político ante un hecho cultural pertinente y con valor seguro de futuro, no debería ser una anomalía en la política actual, por ese motivo lo subrayo, especialmente para quienes en mitad del páramo confunden oasis con “chiringuito” y cuestionan cualquier “gasto inútil”.

RODOLFO Y VENTURA
JOYERIA ROYO

La segunda parte del acto, y que lamentablemente no acabó de atraer a todo el público que cabía esperar, consistió en el pase en pantalla grande del documental dirigido por Javier Espada y Albert Montón “Generación: Buñuel. Lorca. Dalí” (2018). La cinta bebe directamente del material gráfico y sonoro recopilado por Max Aub para la redacción de la accidentada “Luis Buñuel, novela”, proyecto de biografía del director encargada en 1968 por la editorial Aguilar, que por dimensión de entrevistador y entrevistado creció hasta convertirse en una biografía de generación. Es el propio Aub con sus preguntas al cineasta uno de los protagonistas del largometraje, aunque su apellido, como en tantas otras listas, quede orillado, fuera del título de la cinta. El documental abunda en los lugares comunes de la cultura republicana (laica, vanguardista, cosmopolita) a través de la amistad de aquellos tres españoles universales forjada en los pasillos de la Residencia de Estudiantes, ese experimento educativo pionero en un país en el que la República todavía permitía estampas como las que grabara Buñuel en “Las Hurdes. Tierra sin pan” (1933). Otra ocasión para lamentarse de golpe, guerra, dictadura. Del exilio, trágico especialmente para una generación protagonista, no solo en literatura, de aquella segunda edad de oro; condición de vida y obra para tantos grandes autores: Hernández, Sender, Cernuda, Machado, Zambrano, Chacel… Tiempo y caso también de los tres genios referidos, de quienes se descubre poca cosa nueva, nada que no hayamos visto ya en otros documentales o leído en biografías y anecdotarios: la frivolidad exasperante de Dalí, la genialidad luminosa de Lorca, las provocaciones del contradictorio Buñuel.

Gracias a la película, sin embargo, muchos hemos podido escuchar por primera vez (una lástima el deficiente sonido) la voz del autor homenajeado estos días en Segorbe. Enseguida su dicción nos sorprende. La voz de Max Aub emociona y apena, porque delata sus circunstancias vitales. Cuando en relajada camaradería Max pregunta a Buñuel (quien sigue manteniendo su deje baturro) por las traiciones de Dalí, nos parece escuchar a un francés que habla español con acento mexicano. Su exótica dicción es el de un hombre en continua diáspora: Francia-España-Argelia-México, un emigrante que encontró fuera de España momento y fórmula para contar lo vivido en un país que amó a pesar de todo. Pero el acento siempre es corteza, no debe confundirnos. Basta asomarse a cualquiera de sus obras para comprobar el dominio abrumador de la lengua en la que eligió hacerse escritor a pesar de no ser la suya materna. Aub, como los grandes de nuestra literatura, recuperó, fijó y creó lengua. Dejó escrito en su serie “El laberinto mágico” (Los Campos) un testimonio literario en el que conjuga modernidad y tradición, documento y ficción, con una profundidad que acabará encumbrándolo como uno de los grandes narradores del XX, comparable al Valle Inclán más “comprometido” o al Galdós de los Episodios Nacionales.

Aub fue un prolífico autor a quien no arredraron las dificultades ni la falta de reconocimiento. Nunca dejó de publicar para lectores invisibles, como si supiera que estos lo esperaban a la vuelta del siglo. Una curiosidad, por si pudiera hacerle ganar algunos nuevos en la comarca, en esta tierra por él tan querida: las primeras páginas de “Campo Cerrado”, la obra que inicia su grandioso ciclo sobre la guerra civil se abre con una preciosa descripción del toro de fuego en las fiestas de Viver.

Héctor Hugo Navarro – Foto:José Plasencia