Desde mi atalaya.-

«Los chicos de la Cruz Roja»

        Lo que no decimos se nos acumula en el cuerpo. Se convierte en insomnio. En un nudo en la garganta.   En nostalgia. En error y en duda. En tristeza. Lo que ni contamos, ni hablamos, ni escribimos, ni decimos, no se muere. Lo que no decimos, nos mata. Y yo, oigan, ahora no tengo muchas ganas que digamos de esto último. Tengo otras faenas. Como escribir. Por ejemplo.

Si cuando el fundador de la Cruz Roja, Henry Dunant (1820-1910), hubiera sabido o imaginado lo que bajo la banderita de esta magnánima entidad, ciertos niñatos rebeldes podrían llegar hacer, fijo que funda la Asociación de Devotos del Prepucio del Niño Jesús y se olvida de cruces rojas, de amarillas o del propio arcoíris. Y que les den. Que les zurzan.   Aunque el hombre, este tal Henry, se lo curro y lo hizo con toda su buena fe. Y dio sus resultados. Y sigue dándolos. Muchos como él que hubieran.

Todo esto viene a cuento porque de todo hay en las viñas del Señor. Y aquí, un atajo de pájaros, recién caídos del nido, con las hormonas en plena ebullición y que, con cierto interés en mayor o menor medida hicieron, hicimos, y ahora, supuestamente alguno, todavía harán uso y abuso de estar a la sombra de esta cruz vestida de bermellón para su conveniencia y disfrute. La que sea. Yo, el primero, oigan.   Yo el primero. El burro delante, para que no espante. Y les cuento, porque todo tiene su lado bueno al final. Pero al final.

En el año 1961, -yo, por aquellas fechas aún estaba en los aguacates de mi progenitor-, el director de cine español, Fernando Palacios, tiró de cámara cinematográfica realizando y dirigiendo la famosa película “Tres de la Cruz Roja”. Un largometraje donde, personajes que por un chusco de pan y por hacerse un sitio como actores con cierto renombre, como al final llegaron a ser, comenzaban una difícil y ardua andadura. Complicada para la época.   Actores como Tony Leblanc, José Luis López Vázquez, o bien, Manolo Gómez Bur, entre otros, supieron, bajo la batuta y el buen hacer de dicho director, reflejar en la cinta sus dos vertientes, el lado oscuro y el lado claro de todo aquel voluntariado que se ofrecía a servir en cuerpo y alma a la Cruz Roja.   Gratis y por el morro.   Pero con segundas.   Con matices. Ya saben, a ver que cae. A ver como me cobro yo esto. Y a ver que saco yo de todo este, mi “esfuerzo voluntarioso”.

En la peli, que no me canso de verla y que cuando la vuelven a echar por la tele, me apalanco en el sofá y me parto como un descosido como si no hubiera un mañana, vamos, a lágrima viva, se ve donde quedan reflejadas las argucias y estratagemas de tres caraduras que, con el fin de entrar a todos los estadios de fútbol, -su gran pasión-, por la patilla y por el morrete, se alistan como voluntarios a la Cruz Roja. De esta manera, el trío calavera, camilla y botiquín bajo el sobaco, no solo tenían las puertas abiertas al estadio, sino que estaban a pie de campo. Vamos, pisando hierba y salpicados por el sudor de los jugadores. En la gloria, como un marques.

A todo aquel que haya visto la película, se dará cuenta, entre carcajada y carcajada, del trauma que suponía para los tres periquitos cuando los requerían de sus servicios para atender las dolencias de algún desafortunado del público con un amago de infarto por aquello de la emoción del fútbol. Lo que yo les cuente, es poco. Visualícenla ustedes mismos. No obstante, y mientras los minutos van transcurriendo, la comedia toma pinceladas de seriedad rayando lo dramático. Cuando las tres glorias se conciencian de la seriedad y responsabilidad del cuerpo al que representan bajo ese uniforme hecho a medida, -a medida que se iban alistando- , y que no todo eran ji, ji, jis, ni ja, ja, jás.   Todo lo contrario.   Al final, y por resumir, los Tres de la Cruz Roja, dan el callo y casi se juegan la vida por salvar la de los demás. Resultando ser todos unos héroes y reconociendo qué, cuando uno se ofrece de voluntario para algo, se ofrece. En cuerpo y alma. No para entrar a ver partidos de fútbol gratis.

En lo que a mi se refiere, he de confesar que con apenas dieciséis primaveras en el lomo, se me planteó la cuestión de poder hacer el servicio militar en la Cruz Roja. Algo así como los nombrados anteriormente en la película. Hacer la mili en el destacamento de Segorbe. Un chollo. La idea, ciertamente e inicialmente no era muy de mi agrado. En el fondo, la joven sangre que corría por mis venas a esa tierna edad me pedía otras cosas. Y, ya que tenía que ir a “servir” sí o sí a la patria, me hubiera gustado elegir, antes de esperar a que la suerte, no siempre grata, de cuando te llamaban a filas, te enviarán donde Cristo perdió el gorro o San Pedro las alpargatas. . Yo quería ir, pues no sé, a los “paracas”. O a la Legíon. O con los Boinas Verdes. Ya saben, un Rambete. Luciendo así, con chulería, todas esas cosas como los llamativos uniformes militares llenos de chapas en la pechera y de toda esa parafernalia.   Pero, la idea de estar todo el periodo militar en tu propio pueblo, seguir amorrando en tú puesto de trabajo cuando no tenías guardias y el ir a casa de tus padres todos los santos días a por el platico de olla caliente, y pasear por la Glorieta casi todos los sábados con la novia, o de fiesta con los amigos, todo esto y más, resultaba una golosina muy tentadora.   Mucho más que los uniformes llenos de medallas, galones y chapicas. Más que el honrar a la patria. La verdad. Así pues, tras ciertas presiones sentimentales, sociales y familiares, decidí alistarme como “aspirante” a voluntario de la Cruz Roja con el fin de hacer los veinticuatro meses de mili voluntaria en casita. Si, oigan, veinticuatro.

JOYERIA ROYO
ESCUELA DE DANZA
RODOLFO Y VENTURA
ESCUELA DE DANZA

 

 

 

 

 

 

 

Lo de “aspirante” era que dos años antes de que cumplieras los dieciocho tacos, tenías que hacer servicios de guardia todos los domingos en el puesto de la Cruz Roja de Segorbe que, por aquellos años estaba en la Masía de la Cruz, propiedad de la familia Orero, ubicada junto a la antigua carretera nacional 234. Un poco más abajo de las Pakis, para que se centren. O por si hay dudas, que estas se disipen.   Así pues, pasados esos dos largos años de “aspirante”, te enviaban a pasar un par de meses en el cuartel de Rabasa de Alicante. Ya saben, instrucción en plan “La Chaqueta Metálica”, paso ligero, el cuerpo a tierra, el firmes, el “chopo” (ahora Cetme o arma reglamentaria) al hombro, y a pegar tiros a una diana, la jura de la bandera y todo eso y te venías para casa hecho todo un soldadito. O sea, un hombre dispuesto a servir a la patria o a lo que se tercie. Pero te quedaba la friolera de veintitantos meses por delante de mili, qué, cuando te pones a sumar, te has chupado cuatro años de almanaque a tus espaldas con el uniforme lleno de remiendos, botones de cada color y con más desgaste y sebo que la sotana un cura de los de antes de la guerra. Y, sobre todo, sobre todo, te quedaban y te llevabas en la memoria, un montón de historias que, como mínimo, recordar. Con cariño.

Lo que pasó en aquel inmundo lugar o puesto provisional de la Masía de la Cruz, en las miles de horas muertas que existían en caso de no haber ningún traslado con las tétricas ambulancias, es un cuento de hadas comparado con la peli de la que les hablo. Imaginen. Tres, o cuatro pardillos como mucho de guardia, con las velas de los dieciocho recién apagadas y humeantes, encerrados veinticuatro horas entre cuatro paredes. Con una tele en blanco y negro, con sus dos canales y todo, oigan. Con más palos que a una estera para que, de vez en cuando se viera algo. Un tablero de ajedrez mugriento donde un paquete de Celtas Cortos, hacía las veces de Rey a falta de la pieza desaparecida en combate.   Dos pares de bajaras de cartas que servían más que para matar sotas, matar un minuto más de las eternas veinticuatro horas.   Un botijo de agua tocado con un chorrico de cazalla colgaba del techo. Las camas se componían de cuatro colchones de espuma apoyados sobre cuatro sillas a modo de cabecera y pié de cama. Mantas de mili que un burro se hubiera expulsado del lomo con cierto mal estar. Un váter con un dedo y medio de costra. Un lavabo, casi blanco. Una sala de curas con un armario. Mercromina, tiritas, esparadrapo y Agua del Carmen. Y, en la puerta de la masía, esperaban las tres ambulancias para los traslados a los hospitales o para ir prestos a cualquier accidente.   Aquellas pobres ambulancias estaban dotadas de una simple camilla. Cubierta por una sabana aparentemente blanca. Una mantica. Decente. Un gancho en el techo para sujetar posibles goteros y una palangana de plástico por si el herido o enfermo le daba por tirar la papilla, hacer pipí o en su caso popo.   O, como en alguna ocasión a mi, particularmente me ocurrió, recoger las aguas amnióticas de un bebe que tenía prisa por salir mientras yo le daba candela y estopa a la “burra” (ambulancia), con el motor bramando y chillando ruedas por “las curvas de Arguinas” camino de La Fe en Valencia. Un trago, oigan. De atragantarse de verdad.

Entrar en detalles de como se pasaba el tiempo en aquel lugar daría para mucho más que una película del Fernando Palacios. Y creanme cuando les digo que el éxito hubiera sido mucho mayor que la él dirigió.   Eramos jóvenes, intrépidos, imprudentes.   Que estábamos allí por la conveniencia de “estar en casa”.   Hicimos alguna que otra, gorda, pero gorda.   Cosas de la Puta Mili. Ya saben.   Cosas que obviaré y que dejaré que la imaginación de cada uno vuelve a su antojo y que, de los que por allí pasamos les venga a la mente el recuerdo y una mueca a modo de sonrisa y piense: “¡Recristo! ¡Vaya que sí!. Montamos alguna que otra gorda”. Muchas de ellas con ciertas connotaciones infantiles. Pero hechas. Hechas y verídicas.

Al final, todos y cada uno de nosotros dimos el callo, la cara, el do de pecho o lo que sea, y doy fe que algunos nos juguemos la vida por la de los demás. Estuvimos donde y cuando tuvimos que estar. Era el precio por la comodidad y el egoísmo de escondernos bajo la banderita de la Cruz Roja para hacer la mili en casa. “Quid pro quo (algo por algo / una cosa por otra). Pero una vez dentro, una vez allí, había que dar lo que se tenía que dar.   Y se dio. Con un par. Doy fe de ello. Eramos jóvenes, si, pero allí aprendimos un poco más a ser hombres. Lo demostramos, sin duda. Palabra.

No puedo dejar de nombrar ni dejar de lado, al hombre que por aquel entonces tiraba de látigo como domador, nunca mejor dicho, en aquella leonera. Él, cargaba con título y cargo de teniente o brigada, o algo por el estilo. No recuerdo. O sea, titulo militar en toda regla.   Era José Benedicto Castañer. Pepe, el de “la caja”. “Pepe Nina”, para que me entiendan.   Tirando de motes, oigan, que para eso estamos en Segorbe. Lo que aquel hombre hizo por y para que la Cruz Roja y lo que conllevaba se mantuviera digna y funcionara como lo que debía ser. Esas maneras de aguántanos a todos nosotros y cada uno de nosotros y ese saber ponernos firmes y en donde correspondía, no tiene nombre, ni precio, ni premio, ni recompensa que justifique aquel trabajo. Lo teníamos amargadico. Crucificado. Un mártir. Pero era y es, un gran hombre. Un buen tipo. Un señor.

En cierta ocasión estrenamos ambulancia. Que ya iba siendo hora. Para el caso se llevo la misma a la puerta de la Catedral. Por la parte del claustro. En la antigua puerta de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Segorbe. Había que inaugurarla y el señor obispo tenía que darle el visto bueno con una señora bendición. De esas a las que no les duele tirar el agua. Así que, con todos nosotros allí formados, la ambulancia de por medio, el señor obispo, todo puesto y mudao, se arremango y con el sonajero ese lleno de agua nos puso perdidicos de agua bendita. Por una parte, esa agua bendita le haría falta a la nueva ambulancia, en plan San Cristobal, sin duda, y por supuesto, a nosotros mucho más. Dos o tres haílas de esa agua bendita.   Eramos “Los Chicos de la Cruz Roja”. Toni Berbís Fenollosa

 Personajes foto:

Arriba derechos y de izquierda a derecha: José Ros, Pepe Magdalena, Aurelio Martín, Ángel Lara, Toni Berbís, Juan Izquierdo, Julían Arnau de Miguel, Toni Pérez Polo y Vicente García Polo.

Agachados y de izquierda a derecha: Santiago Salvador Tarrason, José Vicente Bolós Picó, Manolo Garnes Palomar, Antonio Manuel Sebastian Sebastian, Ángel Monforte, Rogelio, Mario Clemente Berbís y Luis Bonanad Vicente.