CICLO CONCIERTOS FUNDACION
LOS MESONES DE MI INFANCIA (2)

RODOLFO Y VENTURA
Aquella plaza de Los Mesones de los años 50 y 60 del siglo pasado, poco se parece a la de ahora. Entonces esa zona bullía de actividad. Cada bajo de una casa era un comercio o un taller de algún artesano, como ocurría con “la garrotería” de mi padre, ahora desaparecida  junto con el vecino Hotel Palancia que a mí me parecía el Rialto. Gracias a su derrumbe podemos contemplar y disfrutar del acueducto en su integridad.  Pero no es en eso en lo que quiero hacer hincapié, donde yo quiero llegar es a describir y nombrar los oficios  y establecimientos que la constituían y que hoy han desaparecido. Tomaré de referencia “la garrotería.”

A la derecha de mi casa, donde la acera se estrecha, había una tienda de lanas.  Solo de lanas. Que da idea de lo que entonces se tejía. Las había de todos los colores y grosores, bien ordenadas en sus estanterías divididas, segmentadas en cuadrados.

A continuación, ya volviendo al ancho de la acera, estaba la imprenta. Algunos de los momentos más mágicos que recuerdo, los pasé jugando a escondernos entre la maquinaria al anochecer, cuando los operarios ya no estaban. Por casualidad, un día, encontré una letra metálica de las que yo veía a los trabajadores usar para montar sus textos, pregunté qué hacer con ella y me dijeron que la dejara en la mesa de trabajo de ellos. A partir de entonces estaba más pendiente de buscar letras que de esconderme y cuando encontraba alguna, la guardaba en el hueco de mi mano como si de un tesoro se tratara, esperando acabar el juego para llevarla a su sitio.

En el siguiente bajo estaba el seronero. Todavía lo recuerdo, sentado en su silla baja, de cara a la calle, tejiendo trenzas interminables de esparto, con un manojo de él bajo el brazo. Con la agilidad que da la experiencia, estiraba una brizna y la sujetaba entre sus labios y de ahí, cuando el trenzado se lo pedía, la incorporaba a la trenza. A veces la entrada estaba ocupada por un gran serón que él, ya de pie, con una aguja kilométrica, ultimaba.

Entre el seronero y los guarnicioneros estaba el portal del piso de mi amiga de la infancia, allí vi por primera vez la televisión. Su madre, nos abría la puerta de su casa a los niños y niñas del barrio y, sentados en el suelo, veíamos, y la mayoría de las veces adivinábamos, las imágenes de “Las aventuras de Marco Polo.”

De los guarnicioneros poco puedo decir. Entré pocas veces en el taller, solo recuerdo que en sus paredes habían colgadas sillas de montar, cabezadas y riendas de caballos.

JOYERIA ROYO
Y llegamos a La Posada. De su uso como posada de caravanas de carros tengo alguna difusa imagen de ver al fondo, a la derecha, donde se ensancha, carros aparcados. Pero lo normal era que los autobuses de “La Segorbina” se estacionaran allí, esos con un gran morro y baca donde las maletas y hasta los colchones para subir a la Cueva Santa, o viajar a Valencia, se amontonaban. Los billetes se vendían en una ventanilla pequeña que había, entrando a la izquierda.

Bajando un poco hacia la calle Colón estaba el gran almacén de comestibles. Era tan grande que dentro entraban los camiones de la época a descargar sus mercancías.  Entrando, a la izquierda, vendían al detall y allí nos surtíamos de caramelos, lo que para nosotros era al por mayor, medio kilo o incluso, cuando los ahorros lo permitían, un kilo de caramelos con sus papelitos de colorines.

Frente a este almacén está la torre de La Cárcel, donde metían de vez en cuando a algún borracho hasta que se le pasara la tontería, y se le oía cantar o hablar a grito pelado a través del ventanuco.

En aquel tiempo, adosados a la torre había dos establecimientos pequeñitos, uno era la pescadería que hacía esquina y al lado, un zapatero. Recuerdo cómo me maravillaba llevar unos zapatos a poner tapas o medias suelas, rotos, sucios, con la piel envejecida y, al recogerlos me costaba reconocerlos, estaban lustrosos y nuevos. El zapatero los tenía en una estantería y te decía, “cógelos”, mientras él seguía con su oficio y había que emplearse a fondo para saber cuáles eran los tuyos.  Era más fácil cuando el zapato era nuevo, sin estrenar y mi madre me decía, “ve y que te pongan punteras que si no la suela se desgasta enseguida.” Estos los tenía muy presentes, los había mirado con detenimiento y estaba deseando recogerlos para estrenarlos.

Siguiendo por la plaza de Los Mesones, frente a La Posada, estaban los boteros, con sus enormes pellejos colgados para vino o aceite. Lindaban con ellos una tienda de piensos que era vecina de otra de garrotes y ésta, a su vez, de una taberna.

Y ya, por último, siguiendo la acera llegamos a la Casa Cuartel presidida por la fuente de Los Mesones que está flanqueada por dos portalones.La Casa Cuartel albergaba en su primera puerta, entrando en la plaza por la acera de los boteros, el juzgado. Más de una vez salieron a tirarnos a la chiquillería que, creyendo que entraba dentro de nuestros dominios, jugábamos en su escalinata bajando y subiendo a toda velocidad y armando un alboroto que no era propio del lugar.

La otra puerta era la cárcel. De forma esporádica, había que interrumpir el juego para dejar pasar a una pareja de la Guardia Civil que custodiaban a un detenido.  Desde fuera solo se veía un gran entramado de rejas que sectorizaban los espacios. Cada una de ellas daba acceso a la siguiente. Decían que al fondo estaban los calabozos pero eso era hablado con cierto oscurantismo y miedo.

Todos los establecimientos citados han desaparecido de allí. Algunos como la imprenta o “las garroterías”, han cambiado de lugar y han modernizado el negocio pero otros, como el seronero o el botero ya no existen. La plaza ahora se ha convertido en un lugar turístico. Precioso. A veces paso por allí y me llama la atención algún grupo de turistas que miran la fuente con admiración y detenimiento, como si la descubrieran, y yo, entonces, con añoranza, veo a aquella niña que fui, subiendo con dificultad los escalones pero sintiéndose libre y feliz.

Lola Martínez – Foto: José Plasencia