Llegaron sobre el mediodía, a finales de septiembre, en dos coches incautados. Un grupo de unos cinco hombres y tres mujeres. Tres milicianas guapas, con gorro cuartelero y pañuelo rojo al cuello. Y un mono proletario con el nombre de su agrupación en la espalda. Los Tigres, Las Hienas y La Desesperada. Vuelvo a verlas ahora con los ojos de entonces. De una niña de doce años. Y las veo marciales, altivas, hermosas como vestales, detrás de cuatro pistoleros del Comité. Y tengo miedo. Un miedo frío y metálico, porque son los mismos hombres que la semana pasada vinieron a buscar a mi padre en mitad de la noche, aporreando la puerta con la culata de sus fusiles. A mi madre apenas le dio tiempo a echarse una toquilla sobre los hombros. «Dolores, ¿dónde está José?». Y recuerdo a mi madre llorando, desmadejada por tanta desgracia. «No lo sé, hace noches que no duerme en casa». Y uno de ellos, el Chato Garganchón, revolvió todos los cajones y rompió una estampa de la Virgen de los Desamparados que mi madre tenía en su alcoba. «Anda, sube y tápate más, Dolores, que vas a coger un tabardillo. Y no llores. Nosotros sólo buscamos las libretas de los usureros», dijo el que llevaba la voz cantante, un empleado de Correos afiliado a la CNT. Al final los encontraron en un cajón del buró. «Esta noche van a cobrar la Mangotas y el Vilache. Bien que van a cobrar ». Y se fueron y se olvidaron de mi padre, que había saltado por los tejados hasta un corral de la calle Larga. Prendieron una gran fogata en mitad de la plaza de la Primicia y allí ardieron todos los papeles del archivo y los pagarés y una imagen de la Virgen que encontraron enterrada en la bodega de la casa de Pedro Onzino. Pero ahora aquellos pistoleros vuelven a mi memoria. Es una mañana luminosa de septiembre y las milicianas van detrás de ellos, con la alegría de sentirse elegidas para una misión sublime. Han salido de la casa de don Ricardo Alcalá, una casona antigua que ha requisado el Comité en la calle Mayor. Caminan con paso firme. Desde que apareció por el pueblo La Desesperada — ¿ o eran Los Tigres de la Desesperada o los Tigres de la Muerte? Ya no recuerdo bien—, pero desde que aparecieron aquellas milicianas la vida fue un tiberio. Fue como si aquellas guapas muchachas les hubieran chupado la sangre a unos hombres que querían cambiar el mundo y no eran capaces ni de cambiarse de calzoncillos para no oler como marranos. Los Tigres, Las Hienas y La DesesperadaUna noche mutilaron al San Antón que estaba en la hornacina de las Cuatro Esquinas y le cortaron las alas al San Gabriel de la parroquial. Otra mataron al padre del cura Sospedra porque no encontraron a su hijo. «Se le ha acabado a ese curita gastar el púlpito para echar pestes de nuestra revolución », le oigo decir a Garcerán, cuando pasan delante de mi casa. Una babilonia. En aquel primer invierno de guerra se hicieron muchas barrabasadas. Luego, la cosa se atemperó. Joaquín Suesta se hizo cargo del Consejo Municipal y las aguas se remansaron un poco; pero los primeros tiempos fueron un sinvivir. Mi tía Casilda y Joaquín Suesta habían sido novios cuando eran apenas unos críos, pero luego él comenzó a despuntar en los mítines de los anarquistas y mi abuelo, que era hombre de Navarro Reverter, le prohibió que se le acercara. Y él era poco acostumbrado a repetir las cosas. Ahí acabó todo. Mi tía y Joaquín no volvieron a verse hasta el maldito día que a él le dieron un paseíllo vergonzoso por todo el pueblo, atado como un ecce homo y arrastrado por un falangista que nos iba arengando a los guabros para que le gritáramos asesino, asesino. No estuvo bien aquel calvario. No fue cosa cristiana lo que le hicieron a Joaquín Suesta. Mi padre intentó interceder por él, pero no le valió la caridad. Era mucho el odio que se había rebalsado en esos tres años de infierno. Tuvo que pagar por atropellos cometidos por otros. A mí me dice el corazón que él no llevaba manchadas las manos con huellas de crímenes. Pero era la cabeza visible y le tocó apechugar con los desmanes cometidos en nombre del Comité. Nunca he visto a un hombre con una mirada más digna como la suya cuando pasó delante de nuestra puerta. Llevaba una chaqueta azul y miraba a los ojos de quienes habíamos salido a la calle a verlo por última vez. Recuerdo que se quedó mirando a mi tía por un instante y creo que vi lágrimas en los ojos de los dos. Lo fusilaron en Castellón en abril del cuarenta y lo tiraron a una fosa común como si fuera un perro. Luego la sellaron con cal viva. Treinta y nueve años tenía. Nadie se merece acabar como acabó Joaquín Suesta, y menos él, que tanto había hecho por su pueblo. Al menos, eso decía mi padre cuando estaba seguro de que nadie podía oírlo.

¡Malditas guerras, malditos los que las empiezan y luego no saben cómo acabarlas! ¡Cuánta desgracia ! ¡Ay…!

Los Tigres, Las Hienas y La Desesperada

José Manuel López Blay.