Los viejos recuerdos

Banderas sobre la torre. Foto: J.Plasencia.

Cada año, cuando llegan nuestras fiestas, el pensamiento se me llena de viejos recuerdos. Esta tarde, con el paragüas bajo el brazo y absorbido por el atrezzo de esmeralda de Sopeña, he alcanzado la cima de la historia primigenia y he escuchado el silencio; ese silencio que florece siempre en lugares emblemáticos, platicando a mi lado. Y he pensado que las personas en cuanto envejecemos, vamos perdiendo paulatinamente la memoria, mientras la piedra se remoza y recobra la excelsitud del orden.

Y que Segorbe camina guiada por la juventud, que es el mejor espaldarazo que puede recibir para entregarla a las generaciones venideras con  buena cara, mucho mejor, más ensamblada.

Veo que las banderas de la torre catedralícia ondean con viveza,  impulsadas por las  brisas tormentosas que bajan de Javalambre. Y ese detalle me alegra. A mi edad en mi ciudad,  he encontrado lo que deseaba. A veces, esos atardeceres teñidos de escarlata silueteando la Calderona, con sus relieves callados, aguardando  la transfiguración de la noche como hacedores de belleza.

He sido caminante por caminos blancos, por el torso firme de las rocas y por ensenadas adónicas. He olido la tierra y el encendido ensueño ha alzado mis alas aventureras. Pero ahora, aquí en Sopeña, mi mundo es mi ciudad. Y en alguna terraza de un bar me sentaré, pediré un  vaso de vino y sacaré de mi bolsillo un puñado de arena, para extender sobre ella mi rúbrica.

Los viejos recuerdos

Luis Gispert.