#YoMeQuedoEnCasa #QuédateTúTambién #TodoSaldráBien

No hay nada como tirar de archivos.  Da igual que sean fotográficos o literarios.  De cajas y cajones.  De la biblioteca o de la carpeta más oculta del ordenador.   La cuestión es que en estos días, donde el tic tac del reloj importa un carajo, aprovechas para, aparte de quitar el polvo, airear viejos libros, antiguas publicaciones y viejas fotos en blanco y negro.  Y a disfrutar.  Mucho.  Pero mucho.  Ya saben.

Estando en estos menesteres me doy de morros con un par de fotos antiguas.  Las miro fija y detenidamente.  Inmediatamente e inconscientemente, giro el morro emitiendo una picara sonrisa.  Una mueca maliciosa con cierta sorna.  Una mueca pilla.  Como aquellas que algún día di al ver los protagonistas de la imagen en vivo y en directo.  Cara a cara .  De morros.  Viejos conocidos. 

Una de estas fotos en cuestión, viene fechada en el mes de Julio del año 1988 y fue publicada en la revista Agua Limpia.   Su autor, deduciendo que acompaña a un artículo en cuestión, sería de -por aquel entonces compañero de redacción-  D. Rafael Martín Artíguez, donde expone un interesante relato sobre la recuperación y presencia de los popularmente llamados “Barbudos”, o heraldos de la ciudad.   Para que me entiendan, los porta-estandartes.   Haciendo referencia y destacando la reaparición de los mismos tras dieciséis años de ausencia.   Es decir, que no hacían acto de presencia desde 1972.    El resto del artículo, oigan, es para leerlo y deleitarse con él.   Por ello les invito a que busquen en sus bibliotecas el ejemplar de dicha revista con el número 58 y disfruten un buen rato con él. Vale la pena.

Dicho esto, en la otra instantánea, la protagonizan posando los maceros junto al querido y eterno Paco Castañer.   La imagen, al igual que la primera de los “Barbudos”, pues como que me hace cambiar la mueca por una amplia sonrisa.   Picara también.   Pero amplia.   De oreja a oreja.    Ya me entienden. 

Dejo ambas imágenes sobre el escritorio. Sin dejar de mirarlas y sin dejar de sonreír me tiro para atrás en el sillón y con las manos entrelazadas en la nuca me digo:  “¿Y porque no…?. ¿Porque no lo suelto y pase lo que tenga que pasar?”.    Así que, me decido a darle a la tecla que, en estos tiempos de melancolía, incertidumbre, miedo, nostalgia, confinamiento y pequeñas y breves alegrías, decido contar la verdad y nada más que la verdad.   Y que me caiga todo el peso del enjuiciamiento público que me tenga que caer.  El que sea.  Así que estas fotos, oigan, me vienen al pelo para, al menos, intentar arrancarles una sonrisa.  Qué buena falta nos hace a todos.

No voy a mentirles, -como nunca lo he hecho-, acerca de lo guasones, faltones, desvergonzados y malintencionados que, en aquella infancia y, luego ya en la adolescencia pudimos llegar a ser.  Todos y cada uno de nosotros. Yo el primero, oigan.  Al resto, aún a pesar de la supuesta rebaja de condena por delatarlos, obviamente omitiré sus nombres.  Eran otros tiempos.  Otras épocas.  Así que imagínense lo que podía suponer el ver a cuatro tíos vestidos como el cardenal Cisneros,  bata roja con toda la pechera blanca,  un sombrero en plan John Wayne del mismo rojo bermellón y guantes blancos como el Mickey Mouse.   A todo esto había que añadir la guinda de portar al hombro un brillante mazo plateado.   Si encima añadimos dos tíos más con un par de palos pero con peluca y barbas blancas, pues como que el cachondeo estaba más que asegurado.   Lo que hacía preciso sí o sí, que estuviéramos toda aquella cuadrilla de impresentables en primera fila en la procesión o en el acto en cuestión que se terciara con el fin de tirarles cascaras de pipas a su paso entre malsonantes burlas y piropos inapropiados a estos clásicos personajes.  Los maceros.  Los Barbudos. Buena hostia nos faltaba.

“¡Ya salen los mamporreros!.  ¡Ya salen!…”   (“Mamporrero”:  Búsquese en Google  o en el diccionario y no se asusten).    

La paciencia que estos tuvieron que tener con la chiquillería, de aquella y de otras épocas, no la tuvo el santo Job.  Sus miradas serías nos desafiaban mientras permanecían impertérritos en su función de protección a los ediles.  ¡Mamporreros!.  Válgame el señor.  Había que tener valor e imaginación.  Pero, lo curioso es que aún a día de hoy se suele oír dicho apelativo.  Quizá sea por nostalgia.  Aunque bien es cierto que ya lo oigo y percibo desde otra perspectiva.  Desde otra mirada.  Desde el cariño y el respeto.  Es más, les diría que rozando la envidia de no ocupar su lugar.  Vestir de rojo. Con el sombrero y todo.

Digo envidia porque bien es cierto que no deja de ser un honor y un orgullo portar una maza de plata dorada blasonada con los escudos de la ciudad.  O sea, tu ciudad.  O sea, tu Segorbe.   Envidia de custodiar y preceder a la corporación municipal, abriendo paso y dando protección a dichos ediles, de ahí el famoso término “la corporación bajo mazas”.     Y envidia sobre los llamados “Barbudos” llevando sobre largas pértigas las banderas y escudos de la ciudad.  O sea, tu ciudad. O sea, tu Segorbe.  Palabras mayores. 

Bien es cierto que en la mayoría de ocasiones se tira de personal municipal para acometer dichas funciones y formar el cuarteto de maceros y el duo de los porta-estandartes que, por otra parte, estos últimos ya prescinden de las pelucas y de las barbas, con cierto criterio.    Otras, se recurre y se oferta a la ciudadanía para que, con cierta retribución económica, aquel que se precie, se vista de rojo con el pectoral blanco y el amplio sombrero para alzarse hierático e impasible forjando así la figura como símbolo de su “Auctoritas Potestas”, osease, el macero.  O “mamporrero”, como ustedes lo prefieran.   Calificativo este último que, aunque jocoso no le quita el mas mínimo ápice a la solemnidad de este tan singular e imprescindible personaje que vemos en nuestra ciudad desde el siglo XVII y que, por aquel entonces, quiero creer y creo que habrían palos por salir como tales.  Un orgullo.

Háganse una idea que, por ejemplo, a día de hoy,  para la plaza de maceros en el Congreso de los Diputados hay que opositar y que actualmente salen 31 plazas. Véase www.congreso.es y ya me dirán.

Por lo tanto, quiero entonar el “mea culpa” en aquella, mi condición de crío con pocas faenas y rebelde de libro y emitir una disculpa pública ante esta gran institución.  Ante estos queridos personajes imprescindibles en nuestra ciudad.   En nuestro Segorbe.  Que nunca falten.  Que nunca fallen.  Los llamemos como los llamemos.  Pero con cariño.  Que no está el horno para bollos en estos tiempos convulsos donde debe reinar la armonía, la paz y el cariño entre todos.

Y ahora me sean benévolos con la sentencia de aquellos miserables críos.

Toni Berbís Fenollosa – Desde Mi Atalaya

JOYERIA ROYO
RODOLFO Y VENTURA