En la tarde del pasado viernes tuvo lugar la esperada presentación de la novela “Cuando el trigo desapareció” del autor segorbino Manuel Vicente Martínez, publicada por la editorial Saralejandría. El acto, que tenía que haberse celebrado a finales de abril, cuando es costumbre que los libros asomen a las calles, ha tenido que demorarse hasta el verano por los motivos de sobra conocidos. No me atrevo a decir que haya valido la pena la espera, porque esta vez la pena ha sido auténtica, de cautiverio y muerte, pero visto el éxito de la convocatoria, supongo que Manuel Vicente al menos habrá visto compensados los momentos de incertidumbre de estos cien días malditos desde que las circunstancias condicionaran el parto de su primera novela.

El aspecto que presentaba la placeta de entrada al Centro Cultural Olga Raro, sede también de la biblioteca municipal, era inmejorable, casi festivo, superando ampliamente el centenar de asistentes, algo no muy común en la presentación de un libro, y que hubiera dejado pequeños la mayoría de recintos que normalmente suelen acoger este tipo de eventos. La anécdota sin duda fue el protagonismo de las mascarillas. Semanas atrás la cercanía del ambulatorio nos hubiera hecho pensar en una concentración-protesta de celadores. Todo el mundo lucía una y las había para todos los gustos: quirúrgicas, hechas a mano, de diseño, nacionalistas…. El pedazo de tela ha pasado en apenas semanas de ser el caballo de batalla del personal sanitario a símbolo de urbanidad y hasta de identidad, para acabar incorporándose al catálogo de complementos de moda. Además de nuestras sonrisas esconde, como cualquier símbolo, una lectura simplificada de la realidad.

Más compleja, pero igualmente simbólica y representativa es la función de la novela en la cultura de nuestro tiempo. Para el alumbramiento de la que nos ocupa, en la mesa de presentación, concelebraban junto al autor (y desprovistos de mordaza, lógicamente): Javier Mas, el representante de Saralejandría, la editorial con sede en Castellón que edita la obra; Marisa López, Concejala de Cultura del Ayuntamiento de Segorbe y Vicente Gómez Benedito, autor del prólogo de la obra. Mas abrió el acto destacando la vinculación de la editorial a la capital del Alto Palancia, visitada en repetidas ocasiones desde que echara a andar su proyecto editorial hace unos cinco años. Como él, Marisa López se congratuló por la gran respuesta de sus vecinos y tomó nota del buen funcionamiento de la propuesta de su concejalía, por lo que es muy posible que se repita el formato “al aire libre” al menos mientras las estaciones lo permitan y la amenaza de Covid lo aconseje. Tras su animación a la lectura tomó la palabra el padrino de la obra, Vicente Gómez Benedito, que adelantó algunas de las claves del libro “sin destripar su argumento”. Gómez Benedito, doctor en Historia, docente de amplio recorrido en los dos institutos de Segorbe (y con un interesante libro a punto de salir), nos regaló una magistral síntesis histórica de la ciudad desde mediados del siglo XIX, cuando Segorbe “perdió el tren de la industria” (llegó a ser una especie de Alcoy en la provincia), a la severa posguerra de las décadas de los 40 y 50 del XX, tiempo en que se mueve la historia contada en “Cuando el trigo desapareció” todo un ejercicio de memoria colectiva, según el prologuista.

Manuel Vicente Martínez presentó su novela entre enmascarados

La primera novela de Manuel Vicente Martínez, docente de profesión al igual que Marisa López y Vicente Gómez Benedito, llega tras publicar un par de poemarios de juventud y algunos relatos en los últimos años. En un clima de complicidad con sus acólitos y con el público, entre el que se encontraban varias exalumnas del escritor, Martínez justificó la creación de la novela con la personal “necesidad de evocar” cierta etapa de su vida en Segorbe y recuperar los testimonios de sus mayores escuchados en las tertulias familiares. Entre los pasajes destacados que contiene el libro, con gancho suficiente como para avalar su lectura: la visita de Franco a la ciudad, el robo de la Virgen o el recordado accidente ferroviario. Hitos de la historia reciente de Segorbe que sirven a los personajes de esta ficción del inevitable anclaje histórico-realista. Recordemos que estamos ante una novela de evocación, de memoria, imprescindible para los que quieran acercarse a la interesante intrahistoria de la comarca (y del país, en un tiempo que no debería caer nunca en el olvido), pero que, lejos de quedarse en la mera crónica local, ha superado los filtros autoimpuestos por su autor y por sus editores, para ir al encuentro del lector con vocación de universalidad. Del oficio de Manuel Vicente, además de las palabras de quienes le acompañaban (también fuera de micro), hablan sin intermediarios sus artículos en esta publicación donde habitualmente colabora.

Los aplausos sirvieron de nuevo para reconocer el arte y cerrar el acto. Luego, lo de siempre: corrillos y saludos, presentaciones apresuradas y despedidas a la francesa, aparentes conversaciones de quirófano; librero y editor bromeando sobre lo precario del negocio; un autor seguramente abrumado ante la cantidad de lectores pacientes y disciplinados que hacían cola (otra más) para llevarse a casa un ejemplar con su firma de la cuidada edición de Saralejandría. Para las tapas de su libro, Manuel Vicente ha querido contar con la participación de otros dos artistas locales cuyas colaboraciones bailan al son del título: José Plasencia, que se ha ocupado del montaje fotográfico de la portada y Luis Bolumar, que ilustra la contraportada con un precioso dibujo. Setenta de estos ejemplares de “Cuando el trigo desapareció” se vendieron “in situ” según cálculos del editor. Una cifra nada normal para cualquier presentación. Esta de las mascarillas y los reencuentros contenidos ha abierto la nueva normalidad literaria en el Alto Palancia. Sigamos.

Héctor Hugo Navarro – Fotos José Plasencia

RODOLFO Y VENTURA
JOYERIA ROYO