A Teresa Asensio y Narciso Chiva.

Los bajaron en una camioneta renqueante. No debió de ser ésa su primera intención, pero a mediodía el bramido de las ramblas era ensordecedor y las aguas desbocadas ya se habían llevado al garete el viejo puente de piedra, que era el único paso posible para el tráfico rodado si querían llegar al cementerio. Así que no tuvieron otro remedio. Frenaron la camioneta frente a los soportales de la Plaza Mayor y se cobijaron del diluvio. Desde detrás de los ventanales entreabiertos pudimos verlos. Eran dos hombres jóvenes, bien vestidos y calzados con botas de piel. No habían perdido el tiempo limpiándoles la sangre. Ni siquiera les echaron una manta para ocultarlos a la curiosidad de la canalla.

MaquisSiguió lloviendo. Cada vez con más furia. Los fundamentos del cielo parecían haberse agrietado. El agua entraba a manta en los corrales de la parte baja del pueblo, ahogando a conejos y gallinas que morían sin entender tanto despropósito de agua. Y de seguir así, pronto la camioneta podría ser arrastrada. Bajo los porches se oían voces destempladas. Alguna blasfemia. Aquellos dos muertos eran un estorbo y tenían que quitárselos de encima. Como fuera. Aunque no era cosa fácil. Dejarlos a remojo hasta que escampara daría pábulo a rumores. Y los rumores removerían la memoria. Una memoria que había sido incautada por orden gubernativa desde que acabó la guerra. Volver por el mismo camino y desbarrancarlos no iba a ser sencillo con la que caía. La camioneta no estaba para muchas alegrías. Además, tarde o temprano, alguien los encontraría y sería difícil de explicar qué hacían dos cadáveres acribillados a balazos en el fondo de la Hoya Santa.

— No hay más cojones — eso es cuanto pudimos oír.

Pasaron dos horas. Vimos movimientos nerviosos bajo los porches. Un carro trajo dos cajas de pino sin desbastar. Metieron los cadáveres y clavetearon las tapas. A los pocos minutos vimos partir la fúnebre comitiva, cuatro hombres por ataúd enfilaron un escarpado sendero que conducía hasta la ermita de San Sebastián, dando traspiés, embarrados hasta las rodillas.

Un pastor que encerraba su ganado en un aprisco de Cortapán los vio bajar por un camino de cabras, desencajados, buscando las tapias desconchadas del cementerio. Los enterraron en una fosa común. Sin rastros.

El domingo siguiente, a mediodía, cuando el cielo abrió ventana y el sol puso las cosas en su justo lugar, el alcalde proclamó desde el balcón del ayuntamiento que la guerra ahora sí que había terminado de verdad. Y hubo cohetes y bombas reales. Y una orquestina en la plaza que estuvo tocando alegres piezas durante toda la tarde.

El lunes, mientras la vida recobraba el pulso monótono del miedo, apareció una pintada en las tapias del cementerio:

 

Vencedores del fascismo,

a la batalla final.

¡ Españoles: muera Franco, muera!

¡ Viva nuestra libertad!

                                     Guerrilleros de Levante

Post-data: el relato,ficticio, está basado en un hecho real que yo le oí contar a mi suegra, Teresa Asensio, en más de una ocasión y que luego tuve la inmensa suerte de leer por mano de Narciso Chiva Ibáñez en facebook

«La foto muestra a un humilde lego, de la orden mendigante de San Francisco en el huerto del convento de la “Carrera”. Antes de estallar el conflicto bélico de 1936, se celebraba en la iglesia de los franciscanos por la tarde, Las Flores de Mayo, que consistía en loar a la Virgen María. Las niñas del colegio de la Milagrosa recitaban desde el pie del altar poesías y ofrecían ramos de flores, el padre Rafael tocaba el órgano y los niños del Patronato manchábamos el fuelle del mismo, subiendo y bajando un brazo de madera, con lo que le llegaba el aire preciso para que sonara. Al terminar, el obsequioso padre Rafael, nos premiaba con nísperos del huerto de la foto. Aún recuerdo el estribillo de la parte cantada, pero sin órgano y a mis años, no me luciría.

Este inicio de los frailes, me traen un recuerdo tremendo e inquietante. En el crudo invierno de 1946/47, y con esa falta de sentido propia de la adolescencia, se nos ocurrió a un amigo y a mi, subir a la Cueva Santa en bicicleta. Con prendas de abrigo y la cabeza protegida con pasamontañas, iniciamos la insólita excursión. Al llegar a la villa de Altura, observamos extrañados, pero no alarmados, un gran movimiento de Guardia Civil, que pese a nuestro aspecto y atuendo poco habitual, nadie nos dijo nada y continuamos nuestro pedaleo. Nada más pasar Fuen de Riba en el recto y corto llano, nos cruzamos con el camión del padre de Juan Sebastián -Rey de los Mozos de Altura- y nos pareció descubrir algo tapado y con sangre en su plataforma –era un camión maderero sin laterales-. Y así llegamos a la solitaria y silenciosa explanada del Monasterio. Voceamos llamando al padre Castillo, os acordareis de él, salió corriendo haciéndonos señas de que entráramos en la casa abadía, pensamos era por el frío, pero no fue por eso, fue por temor, y nos reprendió enojado. 

¡¡ Estéis locos !! ¿No habéis visto el camión de Sebastián con dos cadáveres? Le contestamos si, y pensamos había ocurrido algún accidente. Nos informó que a primera hora de la mañana pasó la Guardia Civil por la carretera de Alcublas y que más tarde regresaron comunicándole que habían disparado a unos “maquis” parapetados en la barraca de caza camino del Hontanar y que habían muerto en la lucha, sin bajas en las fuerzas del orden También insistió que por nuestra guisa, podían habernos parado y pedido la documentación -que no llevábamos-, y continuó, menos mal que no ha llegado en ese momento mi popular lego, que está algo demente, y cuando regresa de mendigar por Altura y Segorbe, con su saco de arpillera a la espalda, tiene por costumbre, al irrumpir en la plazoleta lanzar el grito ¡¡¡ Han llegado los guerrilleros de Levante !!! Aunque pienso, -dijo-, lo hubiera salvado el sayón pardo y el cordón de San Francisco».

Narciso Chiva Ibáñez

Maquis

José Manuel López Blay