“Más se perdió en Cuba”

Segorbinos en la Guerra de Cuba

Hacía falta bien poco para que, en el caso de una rotura, un hurto, una mala gestión, un extravío o perdida, o bien el pago de algo excesivamente caro, sirviera para que brotara de nuestras gargantas aquella frase, -ahora un tanto en desuso- de “Más se perdió en Cuba”.   Así pues, con la frase propiamente dicha, aparte de que se hacía referencia y servia para resumir unas verdades como puños, por lo que allí, en Cuba se perdió, era como un modo de consuelo ante esa lamentable perdida y tras soltarla, como que te quedabas un poco más consolado. Tranquilo. Conformado. Jodido, pero como que un poco menos.   Ya saben…

Todo esto me viene a cuento de que, últimamente he estado leyendo y devorando varios libros y trabajos sobre aquella insípida guerra de Cuba. De como los españoles, durante algún tiempo, les dimos donde no crece pelo a los yanquis metomentodos. Arrogantes y prepotentes. Donde aquellos españolitos de a píe dimos el callo, de manos y pies, uñas incluidas.   Durante algún tiempo les dimos de lo suyo. Como siempre, la nefasta gestión gubernamental que en Madrid se pasaban el día tocándose los aguacates, sirvió, junto a un armamento bélico y naval de la época de la “Invencible” del Felipe II, para que, al final, los norteamericanos nos dieran para el pelo sin piedad y sin compasión haciendo mella en las tropas españolas hasta que estas, después de tanta hostia, y a falta del apoyo del gobierno, decidiera muy honorablemente arriar bandera y salir de allí con el rabo entre las piernas pero siempre, enseñando los dientes. Por supuesto.

No obstante, a pesar de todos los pesares y, como en todas las guerras en las que siempre hay un vencedor y uno, que se da por vencido que no rendido, cosa que no es lo mismo, aquello acabo como el rosario de la aurora. Entre la manta de palos que nos dieron y, las malditas enfermedades, la tropa española, con más bajas por estas últimas que por la que nos caía a modo de balas y metralla, se optó por plegar trastos y dejar tierras caribeñas para siempre. Desde la popa de los barcos que quedaban de regreso a casa, echando humo negro y espeso por sus chimeneas, y con las bodegas llenas de ataúdes malolientes, los últimos soldados de la guerra de Cuba miraban como en el horizonte se iba perdiendo de vista aquellas malditas tierras donde la sangre de muchos españoles, entre estos muchos de la comarca del Alto Palancia, y su capital, Segorbe, había sido regada con aquella joven sangre por defender el insípido imperio español y porque en aquellas épocas el héroe patriota se forjaba desde casa con los condicionantes de pobreza, hambre y miseria, cuestiones estas que obligaban a meterse en una trinchera por unas ropas nuevas, botas, y con suerte tres comidas al día. Con todo esto, y tras perder cientos de vidas y derramar sangre y alma por aquella maldita tierra, los que regresaron más o menos vivos o enteros, al llegar a casa derrotados pero vivos y, con quizá alguna que otra medalla colgada en la pechera, la satisfacción de estar vivos declaraba en viva voz aquello de:   “Más se perdió en Cuba”, haciendo alusiones a que, por lo menos, habían regresado con vida a casa. Jodidos pero contentos.

RODOLFO Y VENTURA
ESCUELA DE DANZA
JOYERIA ROYO

De pronto, a mitad de lectura de unos de estos artículos, recuerdo que tengo por algún cajón una “jovita” que me viene al pelo sobre lo que he estado escudriñando. Comienzo a buscar por cajas y cajones. Cientos de fotos, recortes de prensa, antiguas publicaciones, apuntes y otras anotaciones de mil y un folios de escritos que dudo que algún día vean la luz del día y sean leídos. La joya en cuestión es una vieja foto. Al final, y tras un buen rato de revolver cajones, va y me encuentro con un retrato que, solo al tocarlo y ver el grosor del cartón en la que está plasmado, me digo:   “Aquí hay tela. ¡Vaya joya!. ¡Vaya regalo!”.  

En la imagen se ve un militar. Un soldadito. La lógica indica que la foto está echada en un estudio de la época. La pose del susodicho, hortera. Pero hortera como todas las poses que por aquel entonces se hacían en cada posado. El sujeto de marras luce traje militar de paseo, o de bonito, para que nos entendamos. Se apoya con cigarro puro en la mano diestra sobre una, todavía más hortera pieza a modo de pedestal, mientras que con la izquierda se la apoya chulesco en la cadera cubriendo la empuñadura de un sable de oficial o cadete, vaya usted a saber.   Las piernas cruzadas todavía hacen más denigrante la pose. Pero aún así la foto es un encanto. Todo un encanto.

Dejo sobre el escritorio la foto en cuestión, con la delicadeza del que se sienta con las almorranas como ciruelos. Despacio. Con suavidad. con la incertidumbre de que igual va y se me rompe y, con la mareta que entra por el balcón, se llevé los trocitos cuál confeti de “Enrramada” y desaparezca. La miro durante un buen rato. Sin prisas. Disfrutándola y gozándola pues el esfuerzo de su búsqueda requiere de su deleite.   El ceño se me arruga: “¿Y este tipo quien cojones será?”.    La giro y leo en el anverso del grueso cartón:   “Fotografía de C. Corrales. Rio, 24. Madrid”.   La curiosidad me corroe las entrañas.   Me levanto del sillón y cojo la foto de nuevo con tacto y cierta dosis de cariño y me voy a consultar la “Wikipedia Familiar”, o sea, me voy a consultarle a mi santa madre:   “A ver madre, ¿este tipo de la foto quien es?.    La mujer, interesada por lo que le planto en los morros, se acomoda las gafas y tanteándola en la distancia para verla mejor me suelta, así a lo bruto y sin vaselina: “¡Chico!, mi abuelo Luis Clemente Simón. ¡Tu bisabuelo!…   ¡Uy, cuantos años sin ver esta foto…”. Me quedo como la pasta de boniato. Y tantos años me digo para mis adentros.

Seguidamente, tras recomponerme un tanto del sobresalto, procedo a someterle literalmente a la mujer, -que no deja de mirar la foto en cuestión-, a un frenético tercer grado sin piedad alguna.   A sonsacarle todo el jugo de aquello que no está escrito en ningún libro y que, al igual que mi madre o padre, antes a mis ya desaparecidos abuelos, como bien pueden ser perfectamente todos los que ahora leen estás letras, también pueden llegar a tener en casa, o sea, verdaderas bibliotecas humanas, Wikipedias de carne y hueso que en sus cabezas, en sus memorias y través de sus azarosas vidas, han ido recopilando historias y vivencias que, tristemente, van a ir desapareciendo cuando nos digan adiós y ahí os quedáis con lo puesto. En fin. Así es la vida.

Volviendo a la foto en cuestión, mi madre me comenta y confirma que el sujeto, su abuelo, el abuelo Luis, estuvo en dicha guerra de Cuba. Deducimos que por diversas circunstancias y por lo referente al anverso de la foto, a éste lo pilló de lleno en Madrid, bien porque fuera destinado inicialmente allí, o bien, por aquello de presentarse voluntario en defensa de la patria y todas esas cosas. O quizá, tal vez fuera llamado a filas y no tuviera los 300 duros que hacían falta para escurrir el bulto como solo los más acaudalados poseían, con el fin de quedarse en casa bajo la falda de mama tocándose todo el día el ciruelo. Así pues deducimos que el hombre, ahora ya, mi bisabuelo materno, entre la falta de efectivo en los bolsillos y la sobrada cuestión de valor y lealtad y toda la demás parafernalia, se fue con puesto y con un rosario de su madre, a una guerra, como todas las guerras, insípidas y sin fundamento. Ya ven, a la guerra de Cuba. Hay que joderse.

En este enternecedor debate entre mi madre y yo, deducimos y queremos pensar que la instantánea sería antes de partir hacía Cuba y meterse de lleno en aquel “fregao”, porque a la vuelta de aquel infierno, no creo que tuviera el hombre “ganicas” algunas ni de fotos ni de otras historias. Bastante hizo con volver sano y salvo. De una pieza y entero. Y con el deseo de tan solo regresar a su pueblo, a su Segorbe y tras dar las gracias a quien proceda, volver con su familia, con su trabajo y con sus gentes.

Llegados a este punto recuerdo cierto recorte de prensa que guardo desde hace años y que fue publicado en el diario Levante un 20 de Octubre de 2005, por un tal R. Montaner Coll y que titulaba en su escueto artículo:   “El segorbino que se convirtió en héroe tras humillar a las tropas de EE UU en Puerto Rico”. Y digo escueto porque apenas son unas quince líneas las componentes de dicho artículo y que les reproduzco:

La historia de Julio Cervera Baviera, el militar valenciano a quien nuevas investigaciones presentan como el auténtico inventor de la radio en lugar de Marconi, no se acaba con sus aportaciones a la Ciencia ya que fue un destacado héroe de la defensa de la colonia española de Puerto Rico durante la guerra de 1898 que perdió España con EE UU y que significó la pérdida de Cuba y otras colonias de ultramar.

El segorbino -según detalla el libro Crónica de la Guerra Hispano Americana en Puerto Rico, una obra escrita por el capitán Ángel Rivero en 1922 -era ayudante de campo del teniente general Manuel Macías, último gobernador de la isla.

            Retirada en desbandada.

 Macías le encargó la defensa del cerro de Guamaní, una importante cota que dominaba una estratégica carretera de la más pequeña de las Grandes Antillas. Para conservar este punto tenía a su disposición 400 hombres, a los que había ordenado cavar unas trincheras en zig-zag, al modo que lo hacían los carlistas, sin apilar la tierra la frente de la zanja para camuflar mejor esta en el terreno.

El 9 de agosto de 1898 una avanzada de 110 de los 5.000 soldados que Washington había desembarcado en la isla que se aproximaba a Guanamí es sorprendida por los hombres de Cervera. Los americanos, ante la lluvia de balas con que les recibe Cervera huyen en desbandada. Una victoria pírrica que no evitó el desastre español en Cuba y Puerto Rico.

ESCUELA DE DANZA
Dejo de escribir por unos momentos y a su vez, dejo volar la imaginación a su antojo.   La sigo como se siguen con premura y avidez los buenos y gratos sueños. Quiero creer y pensar que mi bisabuelo estuvo codo con codo dando estopa a los yanquis en aquella guerra junto a ese otro segorbino, Julio Cervera Baviera y que, juntos, ciscándose en la banderita de barras y estrellas, riéndose de la badana de vez en cuando les daban, se liaron algún que otro cigarro juntos charlando y recordando esta vieja tierra y este viejo pueblo que los vio nacer y crecer y que ahora tan y tan lejos de ella estaban. Y me los veo hablando de que hacer con las putas fiebres y otras enfermedades que poco a poco se iban cepillando carne española.   Del balance de muertos que cada día iba en aumento por dichas fiebres y que era aliada de los norteamericanos de los cojones. Y concluyendo tras la última calada al cigarro que allí, aunque al final todos iban a salir trasquilados, durante algún tiempo a aquellos “chulitos” yanquis mejor armados y que siempre ganaban casi todas las guerras propias y ajenas, tuvieron, como digo durante algún tiempo, las de perder y sabían que los españoles, como en todas las putas guerras que también habían metido el morro, iban a vender cara su piel. A precio que fuera. A precio de oro. A precio de los 300 duros que valía escaquearse de ella. Eso es lo que valía aquella sangre que se vertió inútilmente en lejanas tierras mientras que, como siempre, también, los gobernantes jugaban al “teto” en los madriles.   Como dijo un gatovero y fue famoso su dicho en la época:

“Mas vale ir a la guerra de Cuba

Y pelear entre cañones

Que ir a labrar con burro viejo

En rochas y topetones.

En fin. No le faltaba razón alguna.

Me bajo de la nube en la que estaba flotando y sigo leyendo artículos, recortes de prensa, ensayos, libros. En uno de estos la carne se me pone de gallina y no doy crédito alguno de lo que estoy leyendo y viendo. El artículo en cuestión, publicado en el ICAP, por los autores Don J.L. Morro Casas y Don R. Pardo Camacho, titulado: “Ciudadanos del Alto Palancia en Cuba, Filipinas y Puerto Rico”, detallan con pelos y señales un amplio resumen de lo que fue aquella guerra y de los conciudadanos de Segorbe y del Alto Palancia que allí estuvieron. El artículo, encantado hasta el punto final, rememora ciertos nombres y apellidos, fechas, datos, acontecimientos, pero lo que a mi realmente hace que me de un vuelco el estomago es la foto de uno de los soldados que, con el arma sobre los hombros, con sus cartucheras, sombrero al uso de la época y toda la vestimenta de guerra, en el pie de la misma dice textualmente: “Vicente Berbís Sala, soldado de Segorbe y destinado a Cuba, con el fusil Mauser, con el que fueron dotadas las tropas españolas a finales de 1896”. Todavía me caen las lágrimas de la emoción. Vicente Berbís Salas, o sea, un antepasado mío, dándose de hostias codo con codo a los yanquis, junto a mi bisabuelo materno, Luis Clemente Simón y el segorbino Comandante de Ingenieros Don Julio Cervera. Con esta emoción del momento y con un runrún incomodo castigándome la memoria, un algo me decía: “Berbís Salas… Berbís Salas…” ¿De que recuerdo estos apellidos?. Vuelvo al cajón de las fotos antiguas y de color sepia. En el mismo, una foto que mi pariente, Amparo Marín Berbís me paso hace algún tiempo. Todo un regalo. La foto de su abuelo Pablo Berbís Salas, o sea, ¡mi bisabuelo paterno!, el que fuera Cabo de Guardias de Campo de Segorbe y que, en otro momento les contaré de él. Con las manos temblorosas cojo el teléfono y la llamo para preguntar por la supuesta hermandad de estos dos personajes y la respuesta es si rotundo. El abuelo Pablo tenía un hermano de nombre Vicente. Vicente Berbís Salas. La emoción es mutua. Le comento así por encima tan grato descubrimiento y le digo que ya cuento y escribo algo sobre el tema.

Ante tal cuestión y descubrimiento, deduzco que tanto mi bisabuelo materno, Luis Clemente Simón, como el hermano de mi bisabuelo paterno, Pablo Berbís Salas, Vicente, habían estado en la guerra de Cuba. Me faltaba por averiguar si Pablo, también acompañó a estos en la batalla. Recurro a El Heraldo de Castellón a investigar un poco más. Los datos son atroces en lo que respeta a la población fallecida del Alto Palancia. Un precio muy alto. Otros datos de interés como los segorbinos Don José Gimeno Agius, y el ya mencionado Don Julio Cervera, figuran en los listados.   En el mismo artículo una amplia nómina de fallecidos, la causa de su muerte, el lugar donde emitieron su último aliento, su repatriación. Estremecedor. Sobre todo cuando lees uno tras otro: fulano, de Segorbe, lugar de la muerte… A su vez, en el mismo artículo figuran algunos nombres y apellidos lde los repatriados y su lugar de origen. Para mi desdicha, y aún a pesar de que los autores indican en el artículo de la falta de muchos datos, como nombres y lugares de nacimiento, no encuentro los apellidos que busco.

No obstante, me doy por satisfecho. He encontrado así, como sin quererlo, los rostros de tres segorbinos que se dieron de hostias contra los yankis en la maldita Cuba. Tres segorbinos que por mis venas corre su sangre, esa sangre que por suerte o por que el destino lo quiso así, no se dejaron en ninguna trinchera. Quiero pensar que volvieron todos juntos en el mismo barco, liando tabaco y tirando trago tras trago de vino junto al Comandante Don Julio Cervera. Quiero pensar que llegaron a Segorbe en el mismo transporte. Quiero pensar que toda la familia, todo el pueblo los esperaba como héroes. Quiero pensar que se dieron un fuerte abrazo antes de partir cada uno a su casa y echarse un buen plato de olla segorbina. Quiero pensar que así fue. Y así debió de ser. Fijo. Al fin y al cabo y después de todo, oigan, “mas se perdió en Cuba…”

 Toni Berbís Fenollosa

 Fotos: Archivo del autor,  Amparo Marín Berbís, ICAP “Ciudadanos del Alto Palancia en Cuba, Filipinas y Puerto Rico”

Bibliografía: Hemeroteca Levante, ICAP “Ciudadanos del Alto Palancia en Cuba, Filipinas y Puerto Rico”,  El Heraldo de Castellón, Wikipedia, La Provincia de Castellón en la Guerra de Cuba (1895-1898),  Otras fuentes.