Se enclaustran mis pensamientos en hondonadas oscuras. Busco la luz de mis sentimientos y la calma interior. Pero a veces se retuercen en vaivenes parabólicos, como las hojas de los árboles en las arremetidas otoñales. Me gusta oler la tierra; me gusta soñar aunque no dejen huellas. Me gusta levantar edificios en mis acciones, aunque a veces los cimientos no sean firmes y se desmoronen.

Me gustaría penetrar en un bosque precioso e imaginar su ramaje como sonoras flautas, orquestando melodías divinas, para resucitar alegrías perdidas, cobijadas en aljibes secos. Deseo que mis sueños vuelen como palomas blancas, saliendo de esos laberintos lóbregos y surcando los caminos de mi destino entre luces resplandecientes, buscando la mano amiga que me lleve al reino de la armonía, del equilibrio y de los jardines dorados.

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Me gusta oler la tierra

Luis Gispert