“Mi Primera Comunión”

Me ha costado dios y ayuda para encontrarlo. ¡Dichoso libro de la primera comunión!.   Le tengo tanto cariño que hará décadas que ni sé, ni sabia nada de él.   Y eso, que presumo con cierto orgullo y prepotencia de tener la biblioteca ordenada a imagen y semejanza de la Nacional. La Biblioteca Nacional me refiero, claro.   Si hubiera sido el cajón donde guardo los gayumbos, pues bueno, hubiera existido una cierta lógica. Todos en una pila.   Con estar “algo” limpios y que huelan bien, ya sobra. De esos que te los pones el sábado después de darte un agua, -ligerica- y, ¡hala!, hasta el sábado que viene ya vas arreglao.  Conforme y complacido.   Pero con el tema de la biblioteca, de mis libros, el orden, la clasificación y la correcta ubicación de cada tomo, de cada ejemplar, de cada joya literaria roza ya la quimera. La obsesión.   Pues bueno, al final, y tras un buen rato de pasar lista en voz alta, en plan tipo legión, voy nombrando títulos, volumen tras volumen, mientras estos contestaban numerándose. Al final, ahí estaba el maldito, en retaguardia, dentro de una caja que en algún tiempo pasado era blanca, protegiendo así al inmaculado libro de “Mi Primera Comunión”.

Busco en mi memoria la sinrazón de su escondrijo y abandono entre las baldas más altas y menos accesibles.   Pienso acerca de los motivos y del porqué de ese ocultamiento cuál libro prohibido y perseguido como en tiempos de la inquisición, tipo “El Lazarillo de Tormes”, por poner un ejemplo. Sí. Sí. Lo que yo les diga, oigan, por nombrar a uno que más o menos todos conocemos o tenemos a mano en la biblioteca.   Al final resuelvo, no sin cierta desazón que, la razón pues, de ese abandono del libro de recuerdos de aquella, mi primera comunión, no es otro que la indiferencia.   Una indiferencia con connotaciones de cierto mal sabor de boca y malos recuerdos de aquel, “bonito día”.   De aquel día de Mi primera comunión. Me explicaré. Si puedo.

Al final pues, cojo el libro y lo abro con la esperanza de que la docena de fotos que hay en él, no más, y los apuntes manuscritos que acompañan a algunas de sus hojas, no me remuevan las tripas y al final lo gruña contra la pared ciscándome en todo el santoral.   Así que, con serenidad y cierto tacto lo abro acariciando sus lomos y tapas con connotaciones similares al nácar. Con esa parsimonia y prudencia del que acaricia el morro de un león.   Con timidez y temor de que ciertos recuerdos de antaño me suban por el garganchón y me sepan a bilis.   Cogiendo aire y soltándolo poco a poco.

Valiente pues, como el torero que con su capote al hombro se dirige a puerta de toriles y clava con chulería y con un par sus rodillas en la arena para recibir al toro a porta gayola, mirando al frente en espera de que los portones se abran como si fueran las puertas del mismísimo infierno en espera que salga el demonio, en este caso el toro, yo pues, abro mi libro para ver cuantos demonios salen y los capoteo con una revolera a los supuestos fantasmas que de él mismo espero que salgan. Pero no, oigan, no. Me equivoque.

Un grato escalofrío recorrió mi cuerpo y me transportó al año 1974. Concretamente a un quince de Agosto.   A una iglesia, la de Santa María y a un párroco, un tal Don Ignacio que, por recordar, no recuerdo aún su rostro cuando se presentó ante mí con la hostia en la mano diciéndome aquello de: “El cuerpo de Cristo” y yo, con la boca abierta como un sapo le soltaba un sonoro: “Amén”. Como está mandado.

Regreso al libro en cuestión.   Las primeras hojas plasman la retahíla esa sobre de a quien pertenece el libro, un par de hojas con breves alabanzas y, sobre la cuarta o quinta hoja, aparece la primera de las fotos que apenas ocupa un cuarto de página de la misma.   Es una foto en blanco y negro, la sobrepone un cartón troquelado por un ovalo y dentro está mi imagen.   Me veo serio y erguido, eso sí, peinado con raya al lado como si la hubiera tirado un delineante. Visto de un riguroso blanco impoluto.   Todo el traje es blanco.   Parezco el zar de todas las Rusias.   En la pechera un medalla. Al cuello porto cordón del que pende un crucifico.   Algo grande para mi gusto.   Completan los trastos de matar, un rosario liado en la mano donde sujeto una especie de misal.   Ambos artilugios detallan pinceladas de nácar.   Una mueca a modo de sonrisa hace que gire el morro al ver esta foto y me digo: “Que majo el crío. Todo puesto él. Va de comunión”.

    Paso de página sin borrar esa especie de sonrisa y leo: “Asistentes a la ceremonia”.   Una pequeña lista manuscrita con la letra uniforme de mi madre detalla con nombres y apellidos aquellos que tuvieron a bien el acompañarme a esa, mi primera comunión. Leo la lista. Los recuerdo a todos. Por curiosidad me da por contarlos. Treinta y nueve. ¡Redios!. Vaya éxito. No es que hubiera querido una avalancha en plan boda Lolita Flores, pero hombre… Por poco no viene ni el cura y me tengo que apañar yo solo con el tema del pan y el vino y todo eso.   Vuelvo a contar por si se me ha ido el dedo o la vista. Las cuentas no fallan:   Treinta y nueve. Entre ellos, por aquellas fechas, bebés o un poquico más.   A día de hoy ya andan un poco más granadicos.  Pero lo mejor viene en la página siguiente: “Autógrafos”. Aquí si que ya lo peto, oigan. ¡Siete!. Contando que dos de estos autógrafos son míos y si las cuentas me cuadran, o sea, que me firmaron un total de cinco. Fama que tiene uno, oigan.

La sonrisa se me va borrando y se transforma en una risilla picara que da vueltas en la cabeza y me digo para mis adentros: “Hay que joderse…” Lo mejor estaba por venir. Vuelvo a pasar página y esta si que ya no tiene desperdicio alguno: “Regalos Recibidos”. Digamos que es, algo así como una especie de inventario de todos los obsequios y presentes que, supongo me alegraron dicho evento tan entrañable. La pluma de mi madre de nuevo, firme y diestra, detalla hasta el más mínimo detalle. Es para leerlo, oigan. Permítanme que les cuento:

“Reloj. Sortija. Zapatos. Una traca. Balón. Esfera (la del mundo, supongo). Un juego de desayuno. Otro juego de desayuno (por si se rompía el primero, deduzco). Un jersey y calcetines. Un pijama. Toda la ropa interior. Un muñeco de percha (sin comentarios). Un estuche de colores. Un estuche de colores con libreta. Una botella de colonia. Un llavero y una cartera. Un juego de ropa interior de color (o sea, no la blanca con “agujericos» de toda la vida, esa otra un poco más digna). Un juego de los payasos de la tele (sin risas por favor o no continuo).   El traje de la comunión.   El álbum de fotografías ( o sea, del que hago referencia).   Y ya.   Hasta aquí.

Ahora ya se pueden reír. O sonreír, ya que, en cierta medida el recuerdo que me viene a la mente es de una felicidad y un placer inigualable. Algo bonito y entrañable. Algo indescriptible. Algo que, para aquella época, no dejada de ser todo un tesoro. Todo aquello que un crío de ocho años puede desear, pues, creanme, ningún mocoso a esa edad podía ni tenía opción a ese reloj. A esa sortija. O al balón, por priorizar ahora mismo en alguno de dichos regalos.

El libro continua con tres o cuatro páginas más donde habla sobre las normas de la vida, que si la invocación a María Inmaculada, que si la “Acción de gracias”, y cuatro o cinco páginas con un total de doce fotografías.   Pero hay una página muy curiosa, cuanto menos triste, al menos para mi: “Recuerdos de este día”.   La página esta totalmente en blanco.   Ni un solo recuerdo.   Ni una sola letra. Y aquí es donde me doy cuenta del porque este dichoso libro hacía más de cuatro décadas que no lo abría.   Los motivos quizá fueran los de un crío que pasó el trámite y se quedó con lo que más le interesó. Como alguno de los regalos.   Tal vez, fuera que echara de menos a alguien.   O que estuviera confuso y todavía no estuviera preparado para tal día y tal evento.   Vaya usted a saber.   Pero esa página totalmente en blanco lo dice todo.   Quizá demasiado, pues hay recuerdos que no voy a borrar, personas que no voy a olvidar, aromas que me quiero llevar y silencios que prefiero callar.   Como el presente.   Otras cosas, deben de ocurrir a su tiempo, como las lágrimas, las risas, los besos… Me restriego los ojos empañados y cierro el libro. ¡Pom!.

Y todo esto a cuento de que viene. Pues que estamos en época de comuniones y de que tenía que recordar la mía. De ahí la implacable búsqueda de mi libro. De que, en los últimos fines de semana se oyen tracas por todas la calles a diestro y siniestro anunciando que es día de primera comunión para algún niño o niña.   Que las fachadas de las casas relucen y se embellecen con ornamentos de flores y plantas.   Guirnaldas y globos de colores.   Que los papás y mamás, como gallinas cluecas, lucen sus mejores galas y que, esos niños y niñas que van a recibir su primera comunión andan tiesos como velas, luciendo traje y abalorios seguidos por todo un séquito de familiares, amigos, vecinos y conocidos. Un día especial. Mágico. Único.

Pronto, y en estos días, una multitud de segorbinicos y segorbinicas, vestidos, con estos vistosos trajes, rosario, misal, guantes blancos y velas, desfilaran en procesiones desde la del propio Corpus, hasta las que se celebran en las fiestas patronales. Como la procesión de la Esperanza. La de la Cueva Santa. Y aquellas que se tercien. Eso sí, con la de estirones que dan los críos hoy en día, a mas de uno habrá que sacarle el dobladillo del pantalón o de la faldica del vestido.

Acarició una vez más el libro de “Mi Primera Comunión” y con nostalgia lo ubico en un sitio de privilegio en la biblioteca pensando en que él que más y él que menos tendrá su libro de aquel maravilloso día. Con estas y otras cosas parecidas a estas. Presente y a mano. O perdido en el cajón del olvido. Pero vale la pena tenerlo presente. A ser posible a mano.

Se pueden respirar recuerdos…”

Toni Berbís Fenollosa – Fotos:Archivo del autor

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