«Monas y Monadas» por Toni Berbís

JOYERIA ROYO
ESCUELA DE DANZA
RODOLFO Y VENTURA
            Cualquier excusa es buena. Cualquier acontecimiento es genial para qué, en estas, nuestras tierras y aferrados a costumbres ancestrales, aprovechemos el tema de turno para llenarnos el buche. Pero bien lleno. A conciencia. Con ganas y, sobre todo, con buen gusto. Eso que no falte.

Si llega la Navidad y celebramos el nacimiento de Cristo, tripá que nos metemos. Si llega Semana Santa y celebramos su muerte, tripá que nos metemos. Porque a día de hoy, ya no nos acordamos los que nos metimos en San Antón, o para San José. Todavía me repiten los churros con chocolate.

La cuestión es que ha llegado la Semana Santa y para nuestra desazón, nos llueve. Es decir diluvia. Los días festivos de esta semana, o bien te los planteas a base de paraguas y botas de agua y a ver para donde pegas, o bien, te aprovisionas la nevera y la despensa como si no hubiera un mañana. En espera de un holocausto. Con la puerta de casa con cerrojo echado y, el fuego de la chimenea, de nuevo a todo trapo mientras las gotas de lluvia estucan los cristales de los balcones.

Salgo de casa con cierta obligación pero con cierto gusto. No hay ni cristo por las calles y mira que son días de verlo. Estos mas que nunca. Ni por esas. Las cofradías con resignación renuncian a sacar y procesionar sus pasos por las calles segorbinas.   No se oye el repique del tambor. Las largas túnicas no lamen adoquines. Llueve con ganas.

           Sigo mi camino. Cargo con una docenica de “jericanos” de Casa Mauro. Un huevico de Pascua. De las monas, junto a unas cuantas barras de pan, ya se ha encargado la abuela de hacer buen recaudo de ellas del horno del Romano.   Famosas ellas como la todo horno y panadería segorbina. Las monas de Pascua. Esa gastronomía pascual que año tras año le llegan a uno a través de los recuerdos de la infancia desde días antes.   El dulce sabor de las monas.   Su aroma.   Ya saben de ellas. Ese exquisito bollo qué, el pueblo llano y el no tan llano, desde mayores y especialmente los niños, dan buena cuenta en estos días.   Esas monas salpicadas de diminutos granos azucarados. Bolicas de anís, para que nos entendamos. Esas monas con una o varias protuberancias nacidas del huevo cocido y multicolor que las hacen más tentadoras.

Dicen los más viejos y, en algunos antiguos textos consultados que este tipo de bollos, al parecer, fue un legado de los moros que habitaban por nuestras tierras.   Estos los denominaban “Munna”, que en cristiano es algo así como “provisión en la boca”.   Por otra parte también se desconoce el origen con exactitud, pero los primeros indicios apuntan que esta receta ya existía en siglo XV.   Sin embargo a mi da a la nariz, y sobre todo al paladar que esta, se parió en hornos segorbinos y en la comarca del Alto Palancia.

Estos moros pues, cocieron las primeras monas y, los cristianos no tardemos mucho en hincarles el diente y degustar sin recato alguno la mona y su monería de sabores.   Ante esto, hábiles que somos, para tranquilizar conciencias, los cristianos comenzaron a adornar con tiras de pasta en forma de cruz la mona en cuestión. De esta forma pues, como que él pecado ya no era tan pecado. Y la mona, se fue haciendo más mona.

        En el caso de los huevos cocidos, fueron ingredientes que se fueron añadiendo con el paso de los años, como la longaniza en algunos casos. Luego, ya surgieron hasta las monas de chocolate. Fíjense. Lo curioso es que existe aún en día la tradición de romper la cascara del huevo en la frente del prójimo. Sé de casos que se han propinado con toda la maldad del mundo. Con saña. Pero el caso no debería en ningún momento de ser así. De hecho, en los inicios de esta costumbre, eran los niños los que rompían los huevos en la frente de las niñas. Algo así como un ritual de fertilidad según dicen, cuestión esta que habría que andarse hoy por hoy con mucho cuidado y con mucho ojo. Por lo que a mi respecta, y donde tantos y tantos huevos rompí en mi niñez en las frentes de las chicas que corrían por los chopos del rio junto a la fuente de los Cincuenta Caños, ya procuraré de buscarme un compañero de mantel y de pelo en pecho, con las mismas canas y menos pelo que yo para esclafarle el huevo en toda la frente y, dejar a su vez la mía propia para que hagan uso y abuso de ella a base de huevos de mona. Al menos para seguir con las tradiciones. Como siempre, por huevos. Eso sí, sin saña. Ya no tenemos edades.

Así pues, me quedo mirando al cielo sentado en el sillón con un café de por medio. Las llamas de fuego me distraen y me quitan la vista del libro que estoy devorando. La mirada triangula entre lluvia, letras y fuego.   Las horas pasan y la lluvia no cesa. Quizá tenga que esperar hasta un próximo año para bajar al rio y comerme la mona en la fuente de los Cincuenta Caños. Un próximo año para subir al Pico Nabo como mandan los cánones de una lejana infancia.   Un improvisado columpio entre chopo y chopo.   Al lado, unos niños con una cuerda saltando a la comba.   El cielo repleto de cachirulos.   Y tal vez, en la Mañanica Pascua y tras el “Encuentro”, me de codazos con alguna vieja o algún joven, por pillar al vuelo las aleluyas como si fueran billetes de cincuenta pavos. Como todos los años.

Feliz Semana Santa. Felices Pascuas.

Desde Mi AtalayaTexto y fotos: Toni Berbís Fenollosa