© Mosquera, el silencio de los alcornoques .-

Uno de los valles que mejor representan el ecosistema de la sierra Espadán, es el de Mosquera. Tiene accesos desde Almedíjar y Azuébar, aunque a mí me gusta mas entrar por la segunda población, ya que su estructura geológica es la que domina este acceso, entre paredones inaccesibles de rodeno, enfajados en su aplomo sobre el terreno.

Bancales de olivos plateados reafirman la economía del aceite, una de las variedades de mayor calidad de España: El aceite de Espadán.

Pero cuando los olivos se quedan atrás de la ruta, aprovechando la sinuosa tirada de un camino, la vida vegetal centra su imperio, representada por el emperador de la serrana arboleda, el alcornoque.

Multitud de árboles pueblan el encajado valle de Mosquera. Sus formas esgrafían la escultura vegetal de este precioso valle, dominando sus rincones y las fragosas laderas que se arrebatan desde las altas cumbres que escoltan  Mosquera.

Aún quedan jilgueros y petirrojos entonando la retorneada  sinfonía de las primaveras. Y si tienes suerte en tu singladura por el valle, los saltos acrobáticos de alguna ardilla, te harán detenerte, acordonando su agilidad por el retorcido ramaje gris de los alcornoques.

En marzo, seguro que encontrarás aún la recamada flor del almendro, mudo testigo de un pasado agricola bien aprovechado por el ingenio de los moriscos.

También tendrás la oportunidad de detenerte en tu paseo ante la nobleza verde y gris de helechos, jaras, lavandas, brezos y zarzamoras, regalando frescuras. Y adentrarte por la holgura selvática del terreno es un buen consejo. Hay cortos senderos que te permiten la accesibilidad, rondar la enfajada extructura vegetal del soberbio valle.

Y cuando llegues a la vieja masía, entronizada en el corazón del valle, te apenará su abandono, su estructura caduca, el airado desmoronamiento  de sus aposentos.

Y cuando abandones la deplorable imagen de la histórica edificación, remonta el valle hacia su cabecera,  y elige alguno de los senderos que te llevarán al reino de las cumbres, hacía la aventura del Carrascal, de Peña Blanca,  de los Altos de Bobalar  o del Cerro Gordo, allí donde Espadán se estira por su espinazo y se ensancha entre rojizos cantiles hacia las vertientes y arbotantes del Palancia y Mijares.

Y seguro que alguna nube viajera rozará el aposento de alguna cumbre, o verás el majestuoso vuelo del águila, coronando con su balada los cárdenos cielos de Espadán, inflamados a la luz de las alboradas.

Mosquera, el silencio de los alcornoques

Luis Gispert