RODOLFO Y VENTURA
JOYERIA ROYO

No eran el séptimo de caballería porque estos aún son más chulos. Murieron con las botas puestas porque llevaban los cordones desatados y por allí salían todos los malos olores que esconden los partidos y esos  tufos corrompidos que conseguían espantar a sus votantes.

Se disparaban al principio unas pelotas de espuma que ni les despeinaban, al contrario, bajo este sol privilegiado, como dioses imbatibles, hacían muecas, gesticulaban esquivándolas y logrando envalentonarse hasta estar convencidos de que el ombligo del mundo les pertenecía..

Cuando alguno, tras invocar a los oráculos de las encuestas, decidió pasar a las balas de fogueo, todos dieron unos pasos adelante, asumiendo que para pintureros ellos y ese avance les iba llevando a pisar charcos y más charcos, pero con aquellos cordones desabrochados les fue entrando la inercia de un fango que alcanzó a dejarles sin esa voz limpia que sabe llegar a las personas atrayéndolas cuando les hablas de sus cuestiones cotidianas.

Aquellas humedades que entraban por sus botas consiguieron que solo pudieran discursear desde una voz carajillera, soltando cantinelas aburridas, monótonas, tan insustanciales que el publico que les rodeaba quedaba intoxicado por una modorra similar a la que producen las litronas desventadas.

No eligieron para batirse ningún monte de Cabrera Baja porque allí estaban recogiendo las aceitunas y corrían el riesgo de ser invitados a sumarse a la ingrata tarea de seguir manteniendo a España como el primer productor mundial de aceite.

Tampoco aceptaron la plaza del Agua Limpia porque aquel es un espacio para el pueblo llano, con sus representantes en los municipios, tal como  vaqueros que cada día enlazan las gotas de sudor para  dar de comer  a sus hijos o resolver las inquietudes de esos conciudadanos que desde la antigüedad valoran más un pájaro en la mano que ciento volando.

El lance, ya con ese plomo contaminante, tenía que desarrollarse bajo el sol de los focos televisivos. En un plató infectado por la nicotina  de la trascendencia donde no llegasen ruidos, reproches ni suspiros de resignación. Solo muchos focos que eliminasen arrugas y muchas cámaras para ofrecer su chula valentía. Aquel sol de aquellos focos les deslumbró tanto que no vieron a un indio agazapado, sin botas, tan solo con unas sandalias que usaba para aventar sus señales de humo alentando un sumo cariño a la patria que el viento favorable se encargó de esparcir provincia a provincia.

Al final, acabado el reto, muertos o malheridos, extinguidos o supervivientes, como medicina de choque para recuperarse, les tenían archivados un amplio chute de watssapps con felicitaciones incondicionales hábilmente filtrados por los que aspiran a ser delfines en el próximo duelo en el O.K. Corral.

Pero tranquilicémonos, intentemos no estar más preocupados de lo debido, que nadie suba al Pico Nabo y se lance al precipicio, que el pánico no cunda por el rancho de Segóbriga Park, porque creo que estos son muertos de los que resucitan, ya que pertenecen a un género de estrellas de un mar seco que, manteniendo una esquina de cualquier uña de cualquier brazo refugiada dentro de cualquier bota, aunque estén desatadas y malolientes, con tan ínfimo material llegan a regenerarse para seguir sacrificándose por nosotros mientras dormitamos en un inquieto aburrimiento.

                                                                                                                                                                               MANUEL VTE. MARTÍNEZ