En estos últimos días la casualidad ha querido que coincidieran en mis ratos de ocio la novela de Chester Himes El gran sueño del oro y la miniserie documental O.J.: Made in America de Ezra Edelman, en el que se cuenta el caso del famoso jugador de fútbol americano O.J. Simpson. La voz que escucho ahora mientras escribo estas líneas es la de Nina Simone. Lo curioso de esto es que ha ocurrido cuando de la cabecera del telediario no acaban de desaparecer las manifestaciones surgidas como respuesta al caso Floyd, muerto a manos de un agente de la policía de Mineapolis (Minnesota), y es curioso porque menos el policía todos los demás citados son personas de raza negra. Antes de poner negro sobre blanco algunas reflexiones en torno al tema, me gustaría hablar un poco de los tres.

Supongo que quien más les suena es ella, la cantante de jazz e intérprete (era una pianista fabulosa desde niña) Nina Simone (1933-2003). Simone, cuyo nombre real es otro, no tuvo una vida fácil, fue violada en su juventud y “chuleada” durante toda su carrera por su marido y agente. Fue una persona muy comprometida con la reivindicación de los derechos civiles de su raza, reflejado esto en muchas de sus canciones, que acabó cambiando los EE.UU por Francia en 1974, asqueada tras la muerte de Martin Luther King y por el racismo de la sociedad, según ella; para no pagar impuestos, según otros. Su conmovedora voz la convierte en una de mis cantantes preferidas.

RODOLFO Y VENTURA
JOYERIA ROYO

Himes (1909-1984), fue uno de los primeros negros en ir a la Universidad, pero no le duró mucho el privilegio. Jugador y pendenciero, tras su implicación en un atraco fue condenado a veinte años de cárcel, aunque pudo salir antes, seguramente porque precisamente en prisión comenzó a publicar su obra y se creó un nombre en el mudo editorial. De sus

vivencias como preso salió la autobiográfica Por el pasado llorarás (El Aleph, 1999), lo mejor que he leído de él. Posteriormente creó el ciclo de novelas ambientadas en Harlem, para su pareja de detectives protagonistas “Ataúd” Ed Johnson y “Sepulturero” Jones. Se trata de un tipo de novela negra en todos los sentidos de la palabra. Himes suelta al lector en un laberinto de calles oscuras pobladas por unos personajes sorprendentes: prostitutas, predicadores, proxenetas, ladrones, buscavidas, estafadores, exboxeadores… todos ellos negros, por supuesto. La peculiaridad de esta fauna urbana, su ambientación, los diálogos y su sentido del humor las hace destacar entre la larga nómina de autores del género, aunque invariablemente la exuberancia de la trama y lo que se pierde por el camino en la traducción del habla del gueto al castellano, acaban por trasladar al lector cierta falta de naturalidad y confusión; a pesar de ello merece siempre la pena sumergirse en ellas. A diferencia de Simone, Himes no fue un activista destacado por los derechos de las personas de color (algo que estas le echaron en cara), pero refleja en sus personajes la falta de opciones, la pobreza, la incultura y el abandono, es decir, el racismo que conoce de primera mano. Por la incomprensión de blancos y negros acabó largándose, como Simone, a Francia. En 1969 el escritor se instaló definitivamente junto a su esposa Leslie (blanca, británica) en Moraira, en la costa norte de Alicante, aunque sus huesos ocupan uno de los nichos del cementerio municipal de la vecina Benisa, que un día tuve la ocurrencia de visitar.

El caso de O.J. Simpson es mucho más complicado. Orenthal James fue un prodigio de su deporte ya en la Universidad, uno de esos jugadores de fútbol americano que parecen invisibles a pesar de su corpulencia para los defensas oponentes (pueden pensar en Messi) con una velocidad y precisión en carrera que lo hizo célebre. O.J, tiene la piel menos oscura que los otros tres (ahora pueden pensar en Obama, para aclararnos). En el documental sobre su vida, cuenta ahora 72 años, asistimos a su encumbramiento como estrella del deporte, luego como actor de cine y “showman” habitual de los platós y la publicidad (Simpson tiene el honor de haber sido el primer afroamericano en firmar contratos millonarios de publicidad en EE.UU.) y a su posterior descenso a los infiernos. Entre uno y otro, en 1994 O.J. Simpson protagonizó el juicio del siglo en EE.UU, que es en realidad el eje de la serie. Después de varios meses de proceso, fue absuelto por un tribunal mayoritariamente negro sacado de los barrios humildes de Los Ángeles, los mismos que llevaban sufriendo los abusos policiales desde la creación de su departamento de policía. Las pruebas eran tan inculpatorias contra él que daría risa si no hubieran perdido la vida dos personas, su esposa y el amigo-amante de esta, ambos de raza blanca. La predisposición del jurado y la torpeza de la acusación, que esgrimió como principal arma el testimonio de un policía que en el pasado había pronunciado la palabra “nigger” (“negro” con connotación despectiva), acabó dejando al asesino en la calle. El veredicto fue celebrado por los negros como una de sus famosas carreras, aunque Simpson ciertamente llevaba una vida de blanco multimillonario y nunca movió un dedo por los derechos sociales del colectivo. Los blancos, en cambio, le cerraron todas las puertas que antes le abrieron (incluidos las de los exclusivos clubes de golf) y acabó cayendo en las drogas y en una existencia grotesca. Años después, arruinado por sus abogados y por obligaciones civiles derivadas del caso, acabaría en la cárcel acusado de secuestro cuando trataba de recuperar junto a unos matones parte de su patrimonio (muy codiciado por los coleccionistas). Un jurado, esta vez no tan afín, le condenó a nueve años de cárcel. Conociendo los hechos que nos muestra el documental, la condena fue tan desproporcionada como la sufrida por Himes en su día. El racismo, y no los crímenes de Simpson, es verdaderamente el protagonista del juicio y del documental. En el caso de O.J. Simpson, la excepción que supuso su reconocimiento social en una sociedad muy clasista, da cuenta del alto grado de aporofobia (rechazo al pobre) que conlleva implícito todo racismo. Lo mismo ocurre con la xenofobia.

Los exilios de Simone y de Himes y las circunstancias del caso O.J. Simpson muestran de qué manera el racismo ha estado presente desde siempre en la médula de los Estados Unidos de América (y en todo el mundo occidental). La lengua ha ido dejando pistas de ello. “Gente de color”, “afroamericanos”, “palabra con “n”… los eufemismos son el revés del tabú que, por algún motivo, no quiere ser nombrado.

A Megan Hayford

Héctor Hugo Navarro