Relatos para tardes de bochorno

Desde La Feria, al salir de la escuela, me demoraba en llegar a casa, callejeando caprichosamente, para pasar todos los días por la puerta de la paquetería La Cumbre y quedarme pegado a los cristales del escaparate, empañándolos con mi aliento, mientras memorizaba cada detalle. Eran dos figuras preciosas. De goma policromada. El perro Rin-Tin-Tín y el cabo Rusty, corneta del Regimiento 101 de la Caballería de los Estados Unidos.

Una mañana gélida de diciembre, la señora Concha salió del establecimiento y me dijo:  « Pídeselas a los Reyes». Seguí su consejo. Escribí mi carta a los magos de Oriente, pidiéndoles que me las dejaran en el balcón de la casa de la calle La Palmera. Fue una carta trabajosa, de trémula caligrafía. Cuando fui a echarla al buzón, cerré los ojos con fuerza y deseé con toda mi alma que llegara antes que cualquier otra que pudiera malograr mi regalo. Comprometí mi palabra en dejar de morderme las uñas, si se cumplía mi sueño.

Noche de Reyes1963. El año nuevo  entró sin presagios de las muertes célebres que iban a recorrerlo, mientras yo me consumía en ansias de que llegara la noche en que por fin podría disfrutar del pastor alemán y de su fiel compañero.

El día cinco amaneció con una lluvia lánguida, ingrávida; pero, a media tarde, escampó y el cielo abrió ventana por poniente. Sin embargo, el tiempo pareció suspenderse, mientras las manecillas avanzaban inusualmente lentas en la esfera desportillada del reloj de la alcoba de mis padres.

Los Reyes llegaron por el camino de las moreras desde la ciudad próxima y luego bajaron por la cuesta del Calvario hasta llegar a la plaza del Olmo, precedidos por tres heraldos con trompetas y antorchas y un cortejo de pajes que repartieron muñecas de cartón y pelotas de goma a los niños pobres del pueblo. A mí me dio miedo aquella troupe casi grotesca de personajes con caras tiznadas y disfraces hilvanados primorosamente por las chicas jóvenes de la Sección Femenina. Por eso, cuando la comitiva se fue acercando a nuestra casa, me refugié en el regazo de mi abuela hasta que los últimos músicos giraron la esquina Ferrater, camino de la parroquial. Luego, súbitamente,  corrí hacia las escaleras que subían a la cambra, donde mi abuelo preparaba todos los años agua, maíz y algarrobas para las caballerías del séquito real. Me preguntaba entonces cómo harían los caballos y dromedarios para subir a los tejados y trajinarlos sin quebrar las tejas.

Bajo una pera de luz amarillenta estaba el lujoso envoltorio de mi regalo de Reyes. Rin-Tin-Tín y el cabo Rusty. Me acerqué muy lentamente, temiendo romper la magia del momento, sin apenas respirar. Me arrodillé y, antes de rasgar el papel de colores, miré a mis padres y a mis abuelos que me observaban sonrientes desde el quicio de la puerta.

No sé qué palabra habría acudido a mi boca si alguien me hubiera preguntado por el tipo de emoción que sentí. Hoy sé que fue sorpresa. Una sorpresa agridulce, si es de ser absolutamente sincero.

El papel no ocultaba ni a un inteligente pastor alemán ni a su inseparable compañero de aventuras. Y eso supongo que tuvo, en aquel minuto, el sabor amargo de los sueños incumplidos; pero, casi sin tiempo de fracturas, ocupó su espacio un dulce perfume de madera recién pintada que me hizo olvidar la decepción, el enojo por la torpeza de unos reyes que no habían sabido leer la carta de un niño. O, tal vez, habían sido los heraldos de los magos los que se habían equivocado y me habían dejado un fuerte precioso. Fort Apache. Aunque, pensándolo bien, no estaba dispuesto a presentar una reclamación por ello. Era un emplazamiento defensivo magnífico, con una empalizada de troncos milimétricamente desbastados y pulidos, enhebrados con una gruesa cuerda. Tenía una gran puerta con dos hojas abatibles, coronada por una viga sobre la que colgaba el nombre de la fortificación: Fort Apache. Casi tan famoso como Fort Laramie  de Wyoming. Con su torreta de vigilancia y su depósito para el agua, su abrevadero y su sala de oficiales…

Yo era muy tierno en aquel tiempo para saber quiénes eran los auténticos reyes, suplantados por la comparsa de figurantes que reclutaba el ayuntamiento entre sus afines. Aunque siempre dudé de que aquellos que desfilaban cada año bajo nuestro balcón pudieran ser los mismos que los que se habían acercado a un establo de Belén de Judá a ofrecer presentes exóticos a un niño judío recién nacido.

Años después comprendí que mi padre debió de robar muchas horas de su sueño para poder construirlo. Él era panadero y el sueño en ese oficio es un bien escaso. Durante semanas, cada día, al acabar de hornear el último amasijo, debió de refugiarse unas horas en la casa de mis abuelos, donde cortó, lijó y pintó cada una de las piezas de aquel precioso fuerte que me dejaron unos reyes, que yo pensé que no sabían leer o que se habían confundido de carta.

Hoy, al recordar esa emoción casi olvidada, creo que ser mago por una noche, serlo con las materias esenciales, debe de otorgar una dignidad más densa que hacerlo — como lo hice yo años más tarde — con los derrames de la tarjeta de crédito….

Noche de Reyes

José M. López Blay.