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Una de los principales cambios que ha traído a la rutina de muchos hogares el estado de alarma ha sido la convivencia con los hijos. Los niños y los perros, han sido protagonistas de la primera hornada de videos caseros y memes que sus papás y mamás comparten compulsivamente para pasar el rato. De aquéllos sin duda las mascotas han sido los grandes beneficiados de la crisis. Sacarlos a pasear se ha convertido en la coartada perfecta para estirar las piernas, dialogar con un vecino al que antes apenas se saludaba o constatar la llegada de otra nueva primavera. Sus necesidades básicas han recibido el mismo trato que las de los humanos (de algo les ha valido por fin el carné de mejor amigo) y nunca se ha jugado tanto con ellos. Están encantados, se lo noto al mío.

Con los niños no ha sido exactamente lo mismo. Si algunos adultos se aburren, si muchos llevan mal el confinamiento, imagínense ellos, que de un día para otro se encuentran cumpliendo con sus deberes, pero sin poder jugar con sus amigos o encontrarse con las compañeras de clase, sin poder practicar su deporte favorito, sin echar unas carreras a lo loco o subirse a una valla. No son unas vacaciones y lo saben. La cara con que muchos despidieron el último día en el instituto así lo reflejaba. No pude evitar recordar aquello de Capote y las plegarias atendidas y los compadecí. Ahora me imagino a los hijos e hijas de esos adultos que se aburren mucho y los compadezco aún más. Durante esta crisis, además de poseer mucho sentido del humor, tener la capacidad de disfrutar y de hacer disfrutar del arte y la cultura es casi tan bueno como tener perro.

Proliferan en prensa con este objetivo recomendaciones culturales, listas de libros o de películas y series que nos pueden ayudar a hacer más amena esta cuarentena. Si está usted leyendo este artículo, habrá visto unas cuantas. Puede que la mayoría no le descubran nada que ya no sepa, pero nunca está de más escuchar los consejos de alguien que se supone puede darlos o se ha tomado la molestia de recabar opiniones autorizadas. Esto es con lo que los más jóvenes no suelen contar, precisamente cuando tienen a su disposición el instrumento que hace apenas unos años sólo podría compararse a una varita mágica. Los jóvenes tienen el poder de hacer concurrir al instante a su pantalla las mejores películas, grupos de música, obras literarias, programas o series de televisión, pero no suelen tener el criterio suficiente como para poder discernir qué es lo extraordinario y qué lo mediocre o la escoria. Seguramente haya gente tratando de cumplir este papel de guía con rigor, pero es difícil para el lego no diluirse en un mar de ofertas y la mayoría suele quedarse en la orilla, en el primer chiringuito del último youtuber de dudosa formación, escuchando mientras la música que proponen las plataformas digitales, donde entre el inventario intercambiable de voces y ritmos de usar y tirar cuesta encontrar un par de versos con algo de originalidad.

Tratar de que levanten la cabeza y busquen otros horizontes no resulta fácil. Entre otras cosas, la tensión generacional, no hay juventud que no rechace a sus adultos, hace que prefieran el reguetón (voz aceptada ya por la RAE, por cierto) al rocanrol (ídem), algo tan inexplicable para mí, como seguramente fue para mis padres que yo prefiriera éste a la copla o al bolero, Eskorbuto a Mocedades.

Igualmente habría que asumir la responsabilidad, estos días es más fácil, y acercarles uno de esos libros que sigue teniendo la capacidad de generar lectores: El barón rampante (Italo Calvino), El rumor del oleaje (Mishima) o los relatos de Lovecraft o Edgar Allan Poe. Los títulos de Laura Gallego siempre funcionan bien para los preadolescentes. Tampoco estaría mal atreverse con una película en blanco y negro. El impacto que les producirá a quienes superen la prueba encontrar historias interesantes y gratas en algo que antes consideraban poco menos que medieval quizá les haga perder ciertos prejuicios. Se puede empezar por seleccionarles algo de Chaplin o Keaton, de los hermanos Marx, la risa relaja siempre las primeras reticencias. En un segundo nivel estaría Drácula y demás elenco de viejos monstruos de la Hammer. Si no les da miedo les dará risa. Para los más avanzados, que se han quedado sin botellón, sin garitos y pareciera que sin vida: Los 400 golpes (Truffaut), Viridiana o alguna otra de Luis Buñuel, Ed Wood (Tim Burton), ésta mucho más moderna. En mi caso, atendiendo a una recomendación de mi hermana volví a ver Los siete samuráis, de Akira Kurosawa. La primera vez que vi esta maravilla fue porque en la televisión no hacían otra cosa. No había elección, pero había criterio, justo lo contrario de lo que se tiene ahora. Gente como Balbín, Garci o Dragó (antes del golpe) se encargaban de ello. También en la radio había locutores imprescindibles (ahora parece que sólo quedan unos pocos confinados en Radio 3 y en emisoras independientes) que exploraban y abrían camino.

He vuelto a disfrutar el embrujo japonés de Los siete samuráis casi como entonces. Digo casi porque es imposible volver a emocionarse con la misma intensidad de la juventud. Esto es lo único que ciertamente eché de menos. La hubiera visto de un tirón (son más de tres horas) si no es porque tuvimos que pararla para ponerle de comer a mi perro Cuerpo. Ya decía que es el rey de la casa estos días. 

JOYERIA ROYO
RODOLFO Y VENTURA

Héctor Hugo Navarro