Manual de Inquisidores

Otelo

CAPÍTULO II

Otelo, el demonio que hace encelarnos

Abordo hoy una de las posesiones más sutiles y perversas. Cuando Otelo, príncipe de las tinieblas, demonio posesivo por antonomasia, nos ofrece su brebaje emponzoñado, no podemos intuir a qué terribles abismos nos veremos expuestos, una vez el veneno se enseñoree de nuestro organismo.

Nos bullirá la sangre cuando nuestra amada fije su vista sobre un mancebo o caballero de manera fugaz, siquiera sea por sana curiosidad,. Temblor del pulso, calentura , agitación del ánimo, desasosiego. Todo caerá bajo sospecha. Sus palabras. Sus silencios. Sus sonrisas. Sus lágrimas. Hasta del aire recelaremos de ver cómo mueve su falda. Desearemos que se le llene la boca de babas mientras nos dice que eso no tiene sentido.

Y entonces nosotros, yo, tú comenzarás a odiarla y dejarás de buscarla cada noche, como un animal en celo, en la extensión desolada de las sábanas. Y dejarás de llorar desconsoladamente, mientras tu sangre la sigue llamando a gritos. Y cuando ella te diga que tus celos no tienen sentido, ya podrás vivir sin la necesidad de amarla tanto en cada bocanada de aire que respiras.

Y empezarás a maldecirla poco a poco, cada vez que dedique un minúsculo gesto a uno de esos hombres que la comparten y disputan, o eso pensarás tú. Un solo gesto bastará para amarla con todo el desgarro que el odio nos confiere. Sólo se ama a dentelladas, pensarás. Pedirás que no te diga nunca que algún día fue de alguno de ellos. Le pedirás que te mienta, que invente una burda historia. Ella que no tiene historia más allá de ti. La amenazarás. Si un día me lo confiesas, me cortaré las venas para que el reguero de mi sangre te persiga con su grito por el resto de tus días. Así de cruel te volverás. Le suplicarás que te diga que su traición es fruto de tu sueño torturado.

Echarás palabras espumosas por la boca. El amor o vampiriza o es otra cosa sin nombre. Caricatura grotesca o cretinismo de las emociones. Pero no amor. El amor no conoce códigos ni medias tintas. Agravia, humilla, embrutece y prostituye. Sé mi puta, le exigirás. Y cuando ella se niegue, porque aún le quede dignidad en sus entrañas, tú sentirás que la sangre te llama al abismo…

Llegados a este punto, lo mejor que puedes hacer es tirarte al tren… Y luego, ya si eso, seguimos hablando.

Pero para evitar este drama, hay un remedio eficacísimo, que, si no evita la posesión, al menos espanta sus efectos más sangrantes, como demuestran los rigurosos estudios del doctor Wilhelm Heinrich Alexander Freiherr de la Universidad de Humboldt. Se trata de una terapia basada en el uso de la palabra. Se trata de poner palabras a los silencios. De hablar. De hablar de todo. De evitar a toda costa regiones oscuras, alcobas cerradas, estancias clausuradas. Orear las emociones; especialmente, las espesas.

No es fácil, he de confesarlo.

Pero es eficaz.

Quien lo probó, lo sabe.

Otelo, el demonio que hace encelarnos

J.Manuel López Blay.