Paseando en coche al Duque de Edimburgo

JOYERIA ROYO
ESCUELA DE DANZA
RODOLFO Y VENTURA
Mientras me zampaba mis dos filetitos de ternera, con patatitas, este mediodía oigo que el señor duque de Edimburgo, ha decidido prescindir de su carnet de conducir, y que lo hagan otros por él. D. Felipe de Edimburgo, a sus noventa y siete años, decide que ya no está apto para conducir. ¡Toma castaña de España, y del frasco Carrasco! Que a los noventa y tantos años, pienses eso, je, je, je.

El duque de Edimburgo, me recuerda a mi añorada abuelita materna, que pasó cerca de diez año, en Segorbe. Pero era una mujer muy adelantada a su tiempo. Bastante más, que su nieta pequeña, que soy yo. No lo gustaba la Piquer. Me decía que eran canciones de tabernas y lupanares. Y de viejas, que ella no era una vieja. Y mucho menos, le gustaban las tabernas. En cambio, le gustaban los Mecano: “Marián, ponme por favor, un disco plateado, de esos tres chiquets que cantan tan bien” Y yo le ponía uno de mis CD’s de Mecano. Le gustaba ir con pantalones, me decía que las jóvenes éramos muy inteligentes al llegarlos, pues no pasamos frío en invierno al llevarlos. “Y os podéis, sentar como os da la gana. Sin preocuparos de que os vean nada”, me comentaba, entre apenada y admirada. Pero no que fuera siempre con ellos.

Un día vistiéndola a ella, se percató de que iba con un vestidito más bien corto, ya que me agradan mucho, las faldas largas. Me llamaba rancia y antigua. “Visto más cortita que tú, María Amparo. Y tengo ya casi cien años”, me regañaba con dulzura. Bueno pues, al verme vestida de corto, se animó mucho. “¿Y esta batita tan mona que llevas, que es? ¿Qué te vas por ahí, con tu hermana?” “No, es que hace calor y me molestan mucho las faldas largas, hasta para ir por casa”. Era verano. “Pues sabes lo que te digo, Mª Amparo, hija: que te la pongas para salir a pasear tú sola. A ver si ligas, con esas piernas tan bonitas que tienes. Que ya va siendo hora, de que conozcas a un buen hombre. Que seguro que habrán muchos por ahí”, me aconsejó, muy sabia ella. Todo lo contrario, de lo que me había dicho mi madre, al verme con un vestido, por encima de las rodillas. “¡Mamá! ¿Estás oyendo, lo que me dice tu mamá? ¡Justo, todo lo contrario que tú me has dicho!” “Es que yo me crie con Franco. Y tu abuela, durante la República. Y eso se nota”, me contestó entre risas, mi progenitora. O como ese día, en el que discutíamos, mi madre, mi hermana y yo que cual época fue mejor. Mi madre, los sesenta, por el desarrollismo. Mi hermana, los setenta, por la muerte de Franco. Y yo los ochenta, por motivos obvios. Al verla reír, le dejamos entrar, siendo su respuesta, magistral: “La de ahora, por qué hay más higiene que antes. Y más oportunidades, para las mujeres, que podéis estudiar y trabajar donde os da la gana”. Más claro, imposible.

Yo estoy segura, que de haber vivido en EE.UU, se hubiese sacado hasta una carrera superior. Y hubiese conducido su propio coche. Como Miss Daisy. O el señor duque de Edimburgo. Vamos, como me llamo María Amparo, que lo habría conseguido, esas dos cosas. Fijo.

RANDURIAS

Amparo Gimeno Pastor