Pensamientos estrangulados de un apátrida

  1. Si concedemos que «todo lo puedo en aquel que me conforta» (Filipenses 4,13),             ¿qué sentido tiene la Patria más allá de la Palabra, del Verbo que fue en el Principio?
  2. El discurso de la Patria sólo se sostiene sobre el del enemigo al acecho. Nada hay más apátrida que negar esa amenaza.
  3. Desconfío de quienes diagnostican las enfermedades, establecen los anhelos o interpretan los caminos que ha de transitar la Patria para recobrar antiguos esplendores: suelen acabar esas industrias en pasajes sangrientos que dejan heridas abiertas de mala encarnadura.
  4. Se acostumbra a edificar la Patria al arbitrio de los padres fundadores y luego es necesario cartografiar un territorio inhóspito a los transeúntes y fijar las palabras que puedan discernir sin género de duda quién es extranjero y quién, patriota; y un trozo de tela de colores que tremole al viento, mientras las lágrimas asoman a los ojos de quienes cantan las gestas de aquellos que derramaron su sangre generosa para justificar los rancios discursos de todos los años.
  5. Se acostumbra a edificar las Patrias en el odio, no siempre declarado, de todo cuanto queda al otro lado de la frontera.
  6. La libertad: esa es la única patria común de los hombres. La única que no exige análisis de sangre ni certificados del consejo regulador de la denominación de origen. La tierra compartida de los apátridas, de los emigrantes, de los exiliados, de los proscritos, de los desarraigados, de los trasterrados, de cuantos fueron declarados indignos de su cuna. La libertad: esa es la única patria por la que vale la pena morir.
  7. Hallándome en la región equinoccial de las edades, proclamo solemnemente que cometí perjurio aquella lejana mañana en tierras andaluzas, cuando la inconsciencia o la cobardía me hicieron proclamar una fidelidad que a día de hoy sería incapaz de mantener.

Quede dicho para que nadie se llame a engaño.

Que es mi Patria la palabra.

Y mi Dios, la soledad.

Pensamientos estrangulados de un apátrida

José Manuel López Blay