Nota aclaratoria.- Creo que este fue un ejercicio de estilo en el Taller de escritura que dirigió Juan Madrid en la Fundación Max Aub, ya hace muchos años.

PLANIFICACIÓN   DE   UN   ASESINATO

Patricia Guerrero encendió un cigarrillo y se acercó a la ventana. El hotel estaba situado cerca de la carretera nacional. Más allá, un tren rasgaba la devastadora soledad de la meseta. Y aquella imagen le devolvió la de otro tren soñado, en el que hacía el amor con un desconocido en una ciudad extraña y, al despertar del sueño agitado, tuvo el convencimiento de que debía encontrarlo. Por un momento, pensó que aquel desconocido se parecía a Alberto, que la miraba desde la cama.

  • ¿ En qué piensas?
  • En nada… Me resulta extraño estar aquí contigo.
  • ¿ Por qué?
  • No sé, tal vez, porque tengo cincuenta años y soy viuda desde hace tres meses. Tal vez, porque me educaron para ser fiel y esconder los deseos. En cualquier caso, no puedo evitar tener la sensación de haber traicionado la memoria de Ernesto.

Alberto se incorporó y se acercó hasta la ventana. Intentó abrazarla, pero ella lo evitó sin brusquedad. La tarde tenía la densidad metálica que presagia la tormenta.

  • Necesito tiempo. No me atosigues. He sido feliz como no lo era desde hacía años, pero mi cabeza todavía no está preparada para acostarse con un hombre quince años más joven que yo. Además, están mis hijos… que casi podrían ser tus hermanos y…
  • Te martirizas inútilmente. Eres una mujer adulta. Puedes tomar tus decisiones sin tener que dar explicaciones, sin tener que estar justificándote a cada momento.
  • No es tan fácil…

El relámpago iluminó la tarde. Un trueno lejano anunció las primeras gotas que se estrellaron con violencia contra los cristales.

  • Voy a ducharme.

Alberto se sirvió un vodka y se sentó a ver el aguacero. En su mirada se adivinaba un pensamiento turbador.

publididad
Mientras se duchaba, Patricia tuvo el presentimiento de que su vida corría peligro. Recordó el sueño del tren y rescató imágenes fragmentadas que la inquietaron. No pudo evitar encadenar a ese desasosiego la muerte violenta de su marido. Una muerte que todavía no había sido explicada. Dos impactos de bala. Un coche que se despeña por un barranco a la caída de la tarde. Nada más. Un trabajo perfecto. Por un momento, le pareció un disparate tener una aventura con un hombre joven en un hotel de carretera. Seguramente, la policía estaría vigilando sus pasos. No podía descartarse que ella hubiera contratado a un pistolero para hacer el trabajo. O que el amante, como en las viejas películas, desquiciado por la pasión de la adúltera, obedeciendo sus veladas insinuaciones, hubiera decidido acabar con su marido. Ernesto era una persona influyente en el mundo editorial. Era responsable de publicaciones en una colección destinada a promocionar nuevos valores literarios. Tenía la última palabra sobre lo que se publicaba y lo que no. En sus manos estaba el futuro de aquellos que a diario mandaban sus originales con la esperanza de que algún día vieran la luz. Podía decirse que era un hombre rico. Lógicamente, el adulterio era un móvil más que suficiente para planificar su asesinato. Pensó que, definitivamente, había perdido la cabeza. Que no tenía ningún sentido aquella aventura. ¿ O no era una aventura? ¿ Acaso no había sido una seducción milimétricamente calculada? ¿Acaso ella no había sido consciente desde el primer momento de que estaba siendo sometida a una estrategia- consentida- de acoso y derribo? Y si no, ¿por qué aceptó sin extrañeza un pésame tan emotivo de un desconocido? Más aún, ¿ por qué estaba Alberto en el cementerio? O mejor, ¿ quién era Alberto? ¿ Qué relación había mantenido con Ernesto? ¿Por qué la miró de aquella manera tan turbadora cuando se despidieron? No. Definitivamente, no era ninguna ingenua. Había comido de la fruta prohibida a sabiendas de que transgredía. No había excusa. En cualquier caso, pecar había sido delicioso. Así que al acabar de ducharse, se sintió un poco más aliviada. Decidió olvidarse de aquellos temores y terminar aquel día tan maravilloso con una cena íntima.

A la mañana siguiente, Patricia se sorprendió en el despacho de Ernesto. Realmente, no sabía qué andaba buscando allí. Pocas veces entraba. Ernesto era muy suyo para esas cosas. Desde su muerte, ella había ordenado a la chica del servicio que se olvidara de aquella habitación. Todo estaba tal y como él lo había dejado. Una docena de originales se amontonaba sobre la mesa de roble. Eran los sobrevivientes a la primera criba que realizaba el equipo de colaboradores de Ernesto. Hojeó alguno de ellos. Había talento en lo que leyó. Después, se entretuvo curioseando los objetos decorativos de las estanterías atestadas. Dentro de una preciosa caja metálica encontró una pequeña llave. Dudó unos instantes. Tuvo una corazonada. Iba a hacerlo. Por primera vez, iba a violar el territorio de su esposo. Iba a romper una promesa que ambos se hicieron cuando se casaron. Nunca querer saber más de lo que el otro te desee contar. Nunca. Pero ahora, sí. Ahora Ernesto estaba muerto. Las promesas hechas a los muertos no siempre consiguen perdurar. Además, estaba la posibilidad de que aquella llave guardara la puerta del secreto de su muerte misteriosa e inexplicable. No le costó mucho descubrir que se trataba de la llave de uno de los cajones de la mesa. Entre otros papeles, descubrió el manuscrito de una novela: » Planificación de un asesinato». Comenzó a leer. Antes de acabar el primer capítulo tuvo la certeza de que aquella novela tenía algo que ver con la muerte de su esposo.

A mediodía, llamó Alberto. La invitó a cenar. Hubiera deseado poder decir que no, que le dolía la cabeza o que Javier, su hijo pequeño, llegaba de imprevisto de Irlanda. Pero no lo hizo. Alberto era tenaz. Muy tenaz. Pasaría a recogerla a las ocho.

Aprovechó la tarde para seguir leyendo aquel intrigante relato. ¿ Quién podría haberlo escrito? Curiosamente, no había ninguna referencia de su autor. Contaba la historia de un aprendiz de escritor que enviaba manuscritos sin cesar a una editorial dedicada a promocionar nuevos valores. El responsable de publicaciones rechazaba continuamente sus novelas. El joven escritor no quería acabar siendo un malogrado. Un día decidió vengarse. Planificó el asesinato. Durante un tiempo, estudió sus trayectos, cronometró sus desplazamientos, perfiló un plan. Lo haría cuando regresara a su casa, situada en las afueras de la ciudad.

Una tarde, lo esperó apostado detrás de unas piedras, a la salida de una curva. Efectuó dos disparos. El coche perdió el control y se despeñó por un barranco. Momentos después todo era un amasijo de hierro y plástico que ardía en llamas. Había sido un trabajo magnífico. Sin huellas. Sin testigos. Sin razón aparente. Pero su venganza no acababa allí. Quería seducir a la esposa del editor, pero ¿ con qué propósito? (…)

No necesitaba seguir leyendo. Hacerlo hubiera sido tanto como encontrarse con su propio final. Ahora sabía que su vida corría un peligro real. Un psicópata andaba rondándola. Sabía que lo que seguía era un insoportable aplazamiento de su ejecución. Siempre le habían disgustado los escritores que confunden la vida con la literatura. Pero ahora más que disgusto lo que sentía era pánico. En cualquier caso, avisar a la policía, le pareció una extravagancia. ¿ Qué base podría tener una sospecha puramente literaria? Era cierto que había algunas coincidencias entre el libro y los acontecimientos en los que se había visto envuelta su vida en los últimos meses. Pero estaba segura de que la policía no tenía gran afición por la literatura.

Así que desistió de esa posibilidad y comenzó a preguntarse quién podría ser ese maniaco, por qué quería perpetuar su venganza, dónde estaría en este momento, qué estaría planeando. En esas cavilaciones andaba, cuando sonó el timbre. Eran las ocho. Alberto la recibió con una sonrisa.

Maquina-de-escribir-wEl restaurante era muy acogedor. Estaban solos. Patricia bebió lo justo como para no poder ocultar la turbación que le estaba produciendo la lectura de aquel manuscrito. Se lo contó todo. Atropelladamente, con pasión. Alberto escuchaba con esa displicencia con la que, a veces, se escucha a quienes debemos respeto por alguna oscura razón. Sus caricias intentaban aparentar que estaba medianamente interesado por lo que oía. De tanto en tanto, le decía: «No debes preocuparte, cariño. Yo te protegeré de ese loco asesino». Y sonreía y la besaba en los labios como un adolescente.

Cuando acabaron de cenar, la invitó a tomar la última copa en su casa. Era la primera vez que lo hacía. Al principio, Patricia se resistió. Entrar en su casa le parecía correr demasiado. Pero estaba lo suficientemente borracha como para tener un poco narcotizada su conciencia. Así que subió al coche y se dejó llevar hasta un piso situado en el casco antiguo de la ciudad.

La vivienda era pequeña, pero acogedora. El salón, repleto de cachivaches, libros y papeles organizadamente desordenados, servía como lugar de trabajo. Junto al ordenador, algún botellín vacío de cerveza y ceniceros con colillas. En las paredes, cuadros, máscaras, carteles distribuidos sin criterio. Si ella no lo hubiera conocido y alguien le hubiera preguntado quién podía vivir allí, no hubiese dudado en responder. Un escritor.

  • Perdona el desorden. He tenido mucho trabajo. Además, hoy no ha venido la chica a limpiar.

Ella se dio cuenta de que mentía, pero no le importó demasiado. Se sentía a gusto.

  • Me encanta tu casa. Es muy acogedora.
  • ¿En serio?.
  • A mí también me hubiese gustado tener una casa así, pero Ernesto era muy metódico. Extremadamente ordenado. Le crispaba el desorden. Era algo que no podía soportar.
  • Lo imagino.

Fue apenas perceptible. Pero sus miradas se cruzaron y evitaron con un movimiento rapidísimo.

  • Ponte cómoda. ¿Quieres tomar algo?
  • He bebido demasiado… Pero, bueno, un día es un día, una tónica con un poco de ginebra, por favor.
  • De acuerdo, voy a la cocina a prepararla. Vuelvo enseguida. Ponte cómoda. Estás en tu casa.

De entre los papeles que había sobre una mesa baja, le llamó la atención un volumen encuadernado manualmente. Cuando leyó el título y el autor sintió un escalofrío en los pulsos. » Planificación de un asesinato. Autor: Alberto Cidoncha Fernández «.

–     ¡ Dios mío!

  • ¿ Decías algo? – preguntó Alberto desde la cocina.
  • No, nada. Me gusta mucho tu casa. De verdad, me gusta mucho.

El miedo se apoderó de ella. Temió que, cuando regresara Alberto, no fuera capaz de articular palabra. Pero tenía que sobreponerse. Cualquier cosa, menos un ataque de pánico. Ahora, sí. Sin literaturas. Corría un grave peligro. Y debía mantener la calma. Le iba en ello la vida. Inventaría alguna excusa para regresar pronto a casa e intentaría pensar detenidamente lo que debía hacer.

  • Así que te gusta mi casa…
  • Sí, mucho, me gusta mucho

No podía consentir silencios excesivamente prolongados. Aquella relación había estado llena de palabras. Palabras tiernas, palabras encendidas, palabras, palabras, palabras. No podía dejar que ahora, cuando más las necesitaba, no hubiera palabras. Se dejó llevar por la intuición de que a los escritores siempre les gusta que les pregunten por lo que andan escribiendo. Trató de olvidar que tenía mucho miedo y adoptó un aire de interés.

  • ¿ Qué estás escribiendo ahora?
  • ¿ Te interesa? ¿ Te interesa saber lo que estoy escribiendo?

No le gustó el tono. O era pura obsesión o le pareció adivinar acritud en su voz.

  • Sí, claro, ¿ por qué crees que no iba a interesarme?
  • No es necesario que hablemos de mí. Seguramente, a ti tampoco debe interesarte mucho la literatura.
  • ¡Pero si me interesa mucho la literatura! Ernesto me contagió esa pasión. Una de las pocas pasiones que consiguió contagiarme…

Lo que acababa de decir era grotesco y terrible. Una injuria que tardaría en perdonarse. Pero tenía que encontrar la forma de no dar pistas, de escapar de aquel callejón sin salida, sin que se notara que estaba a punto de ponerse a gritar como una loca.

Alberto pareció relajarse. Sonrió y comenzó a hablar pausadamente.

  • Es la historia de un asesino, frío, calculador, implacable. Empieza a matar por una venganza y poco a poco descubre que ya no puede dejar de matar. Mata por seguir teniendo una razón para vivir.
  • Un poco escabroso, ¿no crees?
  • ¿ No te gustan los temas escabrosos?

Decididamente, tenía que ser rápida de reflejos. Encontrar una buena razón para salir de aquel maldito piso. Intentó no perder los nervios. Quiso creer que Alberto no se atrevería a hacerle daño en su propia casa.

  • No es mi género favorito.
  • ¿ No? ¿ Y cuál es tu género favorito?
  • Prefiero las clásicas novelas de aventuras.
  • El asesinato puede ser también una gran aventura.
  • ¿ Tú crees?
  • Estoy absolutamente seguro de ello.

Miró el reloj. Simuló estar sorprendida por la hora.

  • ¡ Las tres de la madrugada! Lo siento, debo marcharme.
  • ¿ Ya? ¡ Todavía es muy pronto!
  • De veras, lo siento, no puedo quedarme más tiempo. Mi hijo Javier regresa mañana inesperadamente de Irlanda. Me ha telefoneado esta tarde. Necesita resolver urgentemente un problema burocrático que le ha surgido. He de ir a recogerlo al aeropuerto. Y tengo que descansar. No me gustaría aparecer con aspecto de madre casquivana.

Mintió con aplomo. Ni siquiera Alberto adivinó el bombeo descontrolado de sangre. Había sido una buena mentira. Sólo tenía un inconveniente. Mañana podía volverse en contra de ella. No se puede estar haciendo aparecer y desaparecer a un hijo de una forma tan sencilla. Pero eso entonces no le importó. Tenía que salir de allí como fuese. Y esa mentira podía ser un buen pasaporte provisional.

  • De acuerdo. Te llevo.

Hubiese preferido llamar a un taxi. Pero no podía arriesgarse a que se le notara demasiado su ansiedad. Durante el trayecto no cesó de hablar. Sabía que era un momento perfecto para un nuevo asesinato. Debían tomar una carretera secundaria, apenas transitada a esas horas de la madrugada. Sin saber muy bien por qué recordó una frase que leyó en algún libro olvidado.»¿ Qué harás cuando se te acaben las palabras?», ésa era la terrible despedida de los dos protagonistas de un libro de amores y desencuentros. A ella le pareció que si se le acababan las palabras no tendría otra oportunidad. Así que habló, habló sin método ni tregua, como el corredor de fondo recorre los kilómetros más amargos, reventado, pero negándose a abandonar después de tanto esfuerzo.

En el portal se besaron. Ella fingió pasión. Quedaron en verse el sábado.

Cuando consiguió pasar el cerrojo de seguridad de la puerta, respiró violentamente. Y lloró. Durante un buen rato lloró desconsoladamente. Pidiendo perdón, insultándose, drenando el miedo que había estado a punto de ahogarla. Después, encendió un cigarrillo y se acercó a la ventana. Amanecía. Los pájaros empezaban a mover lentamente una nueva mañana. A Patricia Guerrero le pareció la más hermosa de cuantas le había tocado vivir. Se sirvió un vaso de ginebra. Sin hielo. Lo despachó en dos tragos. Descolgó el teléfono.

Planificación de un asesinato

José M.López Blay