Vicente Furió.

El ciudadano español, en líneas generales, lleva más de siete años recibiendo a diario malas noticias: reducción o recortes en los presupuestos dedicados a la enseñanza, sanidad, cultura, dependencia, pensiones y un largo etcétera de ajustes que han tenido por víctimas a las personas. En unos años la denominada clase media española ha venido desapareciendo, la misma que con tanto interés se construyó en los tiempos del franquismo (no me llamen facha porque no lo soy).

Se ha reconocido, públicamente, por unos y por los otros, que el ciudadano español lleva sufriendo, en estos años, una considerable pérdida de poder adquisitivo y de derechos conquistados. La sociedad se ha empobrecido por la falta de trabajo y disminución de los salarios, entre otras cosas.

Cientos de miles de españoles, con edad superior a los 50 años se han quedado sin trabajo y afrontando un dificultoso presente y un temido futuro. A los 50 años, laboralmente, ya eres muy mayor y casi nadie te quiere contratar. Me da la sensación de que el número de jubilados ha ascendido de forma estimable en los últimos años. ¿Qué a haces a los 61 años sin trabajo? Pues jubilarte, si puedes, aunque pierdas una parte de la paga que te correspondería.

Cientos de miles de españoles, entre 25 y 40 años y pertenecientes a la generación “mejor formada” han tenido que hacer las maletas y buscarse la vida más allá de los Pirineos. Unos con mejor suerte que otros. Así también se contribuye a la disminución del número de parados.

Mientras tanto, los que llevan la voz cantante en España, los mismos que controlan el poder legislativo, ejecutivo y judicial dicen que todo va mucho mejor. Una afirmación que casi nadie se cree. Los políticos, la denominada “clase política” han perdido la credibilidad. Ya sé que hay excepciones… Con la pérdida de la credibilidad la función pública es puesta en entredicho. La actividad política está devaluada y con ello se corre riesgo de contribuir al deterioro de la calidad democrática. Un deterioro que se agudiza cuando existen signos palpables de que la separación de los poderes en España no está siendo una norma a seguir.

La foto que traslado a la opinión pública no es demasiado vistosa. Más bien se desliza por el pesimismo. Me gustaría describir un panorama bien distinto. Me gustaría resaltar las buenas conductas; la creación de riqueza; el trabajo bien hecho; la educación al alcance de todos; la sanidad pública en constante mejora y otras circunstancias que nos afectan en nuestro quehacer diario.

Me gustaría hacer hincapié en que la corrupción sólo es una anécdota y no una constante que deteriora nuestra convivencia. Una lacra de la que no sabemos como salir pese a los instrumentos legales que existen.

Plantar cara a la desvergüenza

Pues bien, España se prepara en 2015 para participar en una noria de elecciones: municipales, autonómicas o estatales. Muchos ciudadanos se pregunta a quién votar. Se perdió la confianza en los políticos. Responder a esta pregunta es algo más que complicado.

Sólo sé que no hay que votar porque es la manifestación pública de que seguimos creyendo en la democracia. Después que cada uno vote a quien estime más oportuno pero a sabiendas de que hay que plantar cara a la desvergüenza. España se merece ser un gran país y los españoles merecemos unos gestores honrados, capacitados y laboriosos. Además, a nadie se le obliga entrar en política. Eso sí, arrojemos de la política a los que se benefician de lo público, a quienes meten la mano en el cajón de todos y a los cínicos desvergonzados.