No les miento si les digo que, con un flash de hielo en la boca, de sabor a lo que supuestamente podría ser limón, fresa o coca-cola, nos sentábamos en la acera o en la barandilla pintada de amarillo y franjas negras que protegían a los viandantes del asfalto de lo que fuera la carretera nacional 234 y que fraccionaba en dos la población segorbina mirando con envidia el interior del Bar Herrero como si del mismísimo cielo se tratara.  Aquel Bar Herrero.  Aquella genuina calle Colón.  Aquella carretera nacional 234.  Aquellos años.  Aquellos flashes.  Aquellos críos de pechera llena de tacas de flash.

Allí, en aquella barandilla, como gallina en su palo, relamíamos el dichoso flash que la Tía Basilisa o la Tía Pepa nos había ofrecido a cambio de un par de pesetas o tres.   Frente a nosotros toda una hilera de mesas redondas y sillas a juego, pegadas a la pared ocupaban de punta a punta toda la acera.  Era la terraza de del Bar Herrero.   Una terraza que delimitaba desde la misma esquina donde estaba el famoso kiosco, hasta la esquina de lo que fuera la ferretería de “La Petrolinda”, hoy, ocupada justamente por una heladería.   Aquel, como digo, era un bar con solera.  Con elegancia.  De los de antes.  De espejos colgando en las paredes.  De señoriales lamparas.  De mesas recién limpias con un olfativo ápice a lejía.  Con aromas a tabaco y café recién hecho.  A copa de coñac.  Un bar de escalera de caracol que te llevaba al piso superior donde, desde su mirador contemplabas toda la calle Colón, su trajinar de coches. De camiones y viandantes. Quizá de alguna Entrada de Toros y Caballos.  Un mirador sublime. Todo un encanto.

Aquel era un bar de camareros uniformados imitando y arrastrando tiempos pasados donde predominaba la sobriedad y elegancia de la profesión. Limpios e impolutos a los que llamabas por lo que eran, “¡Camarero!”, y no como ahora con un: “disculpe”, “perdone”, “oiga” o un simple “¡Pisss”!, y te aparece un colega en bermudas y camiseta de tirantes enseñándote toda la pelambrera de piernas y sobacos soltándote un: “¿Que te pongo?”.  Así por las buenas.  En plan amíguetes.  En fin.  Así son las cosas.  Cosas que quizá nos merezcamos.

Así pues y tras aquella barra, o trasegando por la terraza de mesa en mesa, o arreando escaleras de caracol arriba bandeja llena en mano, un camarero de época, atendía a las peticiones de la clientela.  Era el Sr. Gabriel Ferrer.  Luego, cuando ya íbamos creciendo y la confianza ya iba dando asco, pues el Tío Gabriel, el del Herrero.  Cuando ya paseabas con la novia de la mano y la invitabas a un helado, se volvía a convertir en el Sr. Gabriel.  Criterio táctico de buenas maneras en según momentos.  Ya saben.

Curiosamente el nombre del local, Bar Herrero, correspondía al antiguo propietario, apellidado Herrero.  Cuando este Sr. Herrero colgó el delantal y tomó las de “Villadiego”, cogió las riendas del establecimiento el Sr. Gabriel Ferrer, el cual, con habilidad aprovechó el cartel y el tirón del Bar Herrero por la coincidencia de su propio apellido que, en catalán, Ferrer, viene a ser lo mismo, o sea, Herrero.  Así que el bar, se quedó con el mismo cartel.  Habilidad nata.  Práctico.

Aquel bar, poco a poco fue tomando la querencia de heladería. Una heladería artesana con producto autóctono. De casa, para que me entiendan. Aquella heladería, llegó a ser un punto de reunión y de encuentro.  Tenía esa magia que solo los bares y establecimientos con solera, suelen tener.  Ya saben de que les hablo, acuérdense de aquel entrañable “Comidas Colón”, por poner un ejemplo y que algún día les hablaré también de él.   Era pues, como digo, el mítico bar donde  te encantaba dejarte las perras.  Porque mientras las edades se iban adaptando al bolsillo, o el bolsillo a las edades, y la “paga” semanal iba siendo acorde a los años, comenzamos tímidamente a entrar al Bar Herrero y pedirnos una “tarrina” o un vasito de los pequeños.  O un cucurucho, también de los pequeños, rellenos de ese anhelado helado, donde previamente te habías pasado un cuarto de hora mirando la infinidad y variedad de sabores que habían.  Nos habíamos olvidado por completo del maldito flash.   Ahora la cosa iba en serio.  Ahora la boca se nos hacía agua.

Lo de la elección del envase del helado pequeño tan sólo era con el fin de dosificar y alargar la paga todo lo posible.  El fin de semana era largo y el bolsillo, si no te controlabas, comenzaba hacer aguas el mismo sábado.  Así que, apoyando el morro en aquel mostrador y teniendo por delante la sonrisa del Sr. Gabriel, le soltábamos tras la decisión final un sonoro:  “Señor Gabriel, póngame uno  de caramelo pequeño. Pequeño pero “colmadico”, ¿eh?”.  Él nos miraba fijamente a los ojos y su sonrisa lo delataba y peleaba con la sobriedad que lo caracterizaba.  Nos lo ponía todo lo “colmadico” que se podía poner.  Y por cierto, jamás olvidaré aquel sabor del helado de caramelo.  Jamás.

Los años pasaban y las visitas eran continuas.  El Sr. Gabriel seguía fiel tras la majestuosa barra. Entrañable. Amable. En espera de despachar aquellos helados paridos de recetas propias y con denominación de origen.  Aquellos gratos sabores tan refrescantes.  En aquella barra.  En aquella terraza.  En aquel mirador.  Con su delantal blanco nos aguantaba el tipo cuando con más granos que pelos en la barba y sobre todo en la semana de toros, entrábamos en aquel local en cualquier momento del día y dependiendo como nuestros cuerpos fiesteros respondían, le clamábamos a los cuatros vientos y sin miramiento alguno un sonoro: “¡Gabriel, pongamos unos republicanos!”, haciendo referencia al característico e inigualable helado Nacional que consiste en un granizado de café con una bola de helado de mantecado servido en original copa, dándole un toque, con mucho criterio y a petición de aquellos tipos, o sea, nosotros, de un buen chorrico de coñac.  Bocato di Cardinale para el paladar.  Gabriel seguía con su eterna sonrisa viendo cómo cambiábamos con el tiempo.  Paciencia la de aquel hombre.  La de aquel heladero.  La de aquel señor camarero.  La del Sr. Gabriel.   El del Bar Herrero.

Toni Berbís – Foto: Familia Ferrer.

JOYERIA ROYO
RODOLFO Y VENTURA