Por la raja de tu falda

De nuevo, tomo prestado este título, para hacerlo mío. Y es que le va como anillo al dedo, para relataros la siguiente anécdota. Y es además, un poco picantona. Pero al grano, María Amparito, que te enrollas más que las persianas.

Allá voy:

Corrían los tumultuosos años ochenta, para situarnos. Hacía la mitad de esa década, también prodigiosa. Mi madre, como muchas madres del Alto Palancia, todavía, nos hacía coser el nuevo vestuario de cada temporada. Pero lo combinábamos con la ropa de ciertos grandes almacenes, que nos anuncian a bombo y platillo, la llegada de cada estación. Cosa rara en mí, decidí que me confeccionaran una falda. Y también lo pensó mi hermana. Pantalones, y además vaqueros teníamos muchos, pero falditas, ni una.

Para no ir iguales, yo me decanté por una falda de pana gruesa azul marino, recta y larga, más o menos por debajo de las rodillas. La faldita de mi hermana era de fieltro negro y cortita, casi minifalda. Lo malo era que si nos las poníamos a la vez, para salir juntas, podría haber habido alguna que otra confusión. Así que tras mucho meditarlo (o sea, que fue pensado y hecho), se me ocurrió que la abertura que nos facilita la zancada, para andar, estuviera delante y no detrás.

JOYERIA ROYO
RODOLFO Y VENTURA

Lo que no sabéis es que mis zancadas, son casi masculinas, por haber vestido toda mi vida, con pantalones. Bueno, excepto los años de la EGB y del BUP, por el uniforme escolar. Al saberlo me dijeron de todo, menos guapa. Hasta mi cuñado me afeó mi decisión, “Pero, Amparo, que tus zancadas son tan largas como las mías. Descoserás la raja. Y ya verás, ya” me profetizó. Mi madre me insinuó el que me pusieran estrafort, en la abertura, para evitar, el descosido nada más ponérmela. Yo me negué en rotundo. Y pasó, lo que pasó.

Ese sábado por la tarde-noche, de finales de año, y con las falditas recién sacaditas del horno, decidimos ponérnoslas, para estrenarlas. “¡Como descosas, la dichosa faldita al andar, de mí te acuerdas para siempre, cabezota!”, me regañó mi hermana, con razón. Yo me hice la sueca, y me la puse. Eso sí, tras dar un par de pasos mal contados, la dichosa raja, casi me llega ahí. “¡No, sí ya lo sabía yo, que te iba a pasar esto! ¡Yo contigo con estas pintas no voy a ningún sitio, cabezota más que cabezota!”, volvió a reñirme mi hermana. La insinué, que podíamos volver a casa, para cambiarme de ropa. Pero se negó, ya que habíamos quedado en un pub del Carmen, con Rafa, su marido y novio por entonces. E íbamos muy justas de tiempo.

Resumo, fuimos a ese pub, y todos los jóvenes, pendientes de mis cruces y descruces de piernas. Invitaciones a cubatas, a mogollón. Y ligar, más que nunca. Mi hermana, cabreadísima, mientras que mi cuñado se reía por lo bajini. “¡Yo no vuelvo a salir más contigo, si no te arreglan la dichosa falda!”, se lamentó con amargura, mi hermana mayor. Me arreglaron la faldita, con el strafort de rigor. Y años más tarde, volvía repetir otra anécdota similar. Y en compañía de mi hermana Marisa. Pero, ya os la contaré ya.

Amparo Gimeno