Carmen Oliver llegó al pueblo el mismo día en que John Fitzgerald Kennedy era abatido a balazos por el rifle con alza telescópica de Lee Harvey Oswald. Apostado en la ventana del almacén de material escolar de Dallas, efectuó tres certeros disparos que reventaron la cabeza del presidente de los Estados Unidos. Al menos, eso se nos hizo creer en aquellos días en que se instalaron los primeros televisores en blanco y negro en los bares del pueblo. Yo iba con mis padres los miércoles y sábados por la noche al Alameda, a ver programas de variedades y las series americanas que tanto me gustaban.

Carmen Oliver se había casado con un viajante de comercio y se fueron a vivir a la calle Sagunto, donde acababan de construir un grupo de casitas iguales, pintadas en verde y blanco, con patio en la parte trasera y una naya acristalada por donde el sol se colaba en las últimas horas de la tarde.

Desde el mismo día en que llegó, me enamoré. Me desmayé, me atreví, estuve, a veces, furioso; otras, áspero, tierno, liberal, esquivo… no hallé, fuera del bien, centro y reposo… creí que un cielo en un infierno cabe. Aquello fue amor. Quien lo probó, lo sabe. Yo lo probé. Tenía diez años.

Nunca sabré por qué siento

tu pulso en mis venas;

nunca sabré en qué viento

llegó este querer.

Pasaba las horas muertas, apostado en un terraplén desde el que podía observar sin ser visto, esperando que ella saliera a tender y así poder adivinar sus pechos turgentes, su mirada lasciva después de una noche de placer. Luego comprendí que a esa edad no se puede amar en silencio y fui contándoselo a mis amigos. Y nos fuimos en grupo al terraplén. Y nos enamoramos en grupo. Y nos masturbábamos en grupo, mientras ella aparecía con los brazos desnudos a recoger las flores que crecían primorosas en el patio, convertido en un hermoso jardín.

Pero un día, Carmen Oliver empezó a abultarse sin previo aviso y sentimos una picadura de alacrán en las entrañas. Nos supimos traicionados. Y comprendimos que el amor exige tributos que nosotros entonces no podíamos pagar.

beber veneno por licor suave,

olvidar el provecho, amar el daño

Carmen Oliver parió una hermosa niña y nosotros nos olvidamos del amor y del ábaco. Y salimos al mundo radiantes, desnudos, agentes de la aurora y del trigo.                     ¡Era tanta la vida que nos quedaba por vivir!

Primer amor

José Manuel López Blay.