Llevo una horita escuchando reguetón para ilustrar este artículo y creo que ya tengo suficiente. No porque sea especialmente insufrible, sino porque las canciones parecen responder a un patrón fijo que luego trataré de analizar. Así que bajo el volumen y toco teclado como quien toca orilla para constatar algo que ya sospechaba: el reguetón es de largo el estilo de música popular más escuchada desde los reproductores españoles. Basándome en datos de la plataforma digital Spotify, dentro de la lista de las 50 canciones más pinchadas en el país, el dominio del reguetón es total. Prácticamente no se oye otra cosa. Algunas de estas canciones en español con millones de reproducciones se han colado en listas globales o de países con tanta competencia como EE.UU. Nunca antes el pop cantado en español había alcanzado esta dimensión de éxito.

El reguetón, que parece cosa de ayer, pero que nació hace unos 25 años, debe su nombre (validado ya por la RAE) al “reggae”, el célebre estilo nacido del fallido intento de los grupos jamaicanos de copiar el rock and roll anglosajón. El “reggae” que cuenta con Bob Marley, su Elvis particular, como icono más potente, dio bastante juego y abrió nuevas posibilidades de renovación al propio rock. El “ska”, estilo del que deriva el “reggae”, hizo fortuna sobre todo en Reino Unido e inspiró a grupos tan importantes e influyentes como The Clash, The Specials o Madness; más cerca tuvimos a Kortatu, Tijuana in Blue, y más aún a Scooters o La Resistencia. Pero los aumentativos nunca son de fiar, no suelen engrandecer, más bien lo contrario. El reguetón no es el “reggae”. De hecho bebe más del “hip hop”, estilo que rompió radicalmente con las ataduras que suponían las cuerdas de la guitarra, símbolo del rock and roll clásico, para los jóvenes negros de los suburbios de las grandes urbes norteamericanas. El reguetón suena como una variante latina de este o del “trap”, la versión más lumpen del “hip hop” nacido también en EE.UU y vertido al español en Centroamérica donde se contagió de los sonidos de la bachata o el vallenato. La estética de los cantantes es deudora del modelo original. Ellos, entre el boxeador y el narco: gorra y gafas de sol, ropa deportiva, oro y cejas afeitadas; ellas, normalmente con papeles subalternos (Rosalía es la gran excepción), amalgama hortera de mercadillo y pinturas de guerra.

En su mayoría los cantantes son hombres jóvenes de origen latinoamericano, los de aquí imitan el deje latino, sesean si hace falta (algo parecido ya hacían Melendi y otros cantantes con un andaluz impostado durante la moda flamenquil). “Mamasita, papi, flow, postear, venirse…” americanismos, anglicismos y desvíos varios pueblan letras repetitivas que se despliegan de ripio en ripio interpretadas con una peculiar manera de cantar, lánguida y ronroneante, de comeorejas o de acabado de despertar. Chavales de barrio y buscavidas televisivos nunca lo tuvieron tan fácil para jugar a ser estrellas del pop, ayudados, eso sí, por el “auto-tune”, un procesador de voz capaz de modular el canto de un gallo que elimina el principal obstáculo para cantar, que es no saber hacerlo; el sampler, que introduce fraseos grabados, “loops”, distorsiones y demás cosmética sonora acaban de vestir a la mona de seda.

Lo peor del reguetón es que se canta en español y a veces se entiende. Decía antes que tampoco tiene muchos secretos la letra de la mayoría de sus canciones. Analizando los versos de las tres más escuchadas en España desde la plataforma referida salta a la vista que el tema principal es el mismo: los celos por la nueva relación de una exnovia. Se repiten además las circunstancias principales del “amor” perdido: a) La relación era algo tormentosa “nos hicimos mal, pero también bien” (yo este verso lo entiendo), “peleábamos y arreglábamos on sex”; b) La falta de sexo no fue el motivo de la ruptura: “lo hacemos en ayunas antes del desayuno” (no puede ser de otra forma si es en ayunas), “la hacía venir cada dos por tres” (no se refiere a que la trataba como a una criada, al menos aquí no); c) el nuevo novio no está a la altura: “el novio que tiene ahora es aburrido”, “no te quiere como yo te quiero” “yo soy así, me quiere a mí”; d) lo mejor de la chica no es su personalidad: “un culito así en Ebay no consigo”; e) La marihuana: “fumábamos en la boca y te pasaba el humo” “me tiró un llamao y yo estaba fumao”. f) El simbolismo: “me ha jodido el corazón”, “avísale a Cupido que mandé a la mierda el ego”. El entrecomillado está extraído de las letras de las tres canciones más apreciadas en estos momentos por la chavalería. Hoy. Pasado mañana pueden ser otras, por eso no me tomo la molestia de transcribir los nombres de sus autores, complicados y pueriles al mismo tiempo.

El éxito viene asegurado por los ritmos pegadizos, bailables y sus letras de alta carga sexual que preservan la dosis de provocación que siempre ha acompañado a la música juvenil. Las historias cotidianas que traen las canciones podrían ser la banda sonora del cine porno, el género cinematográfico más visto por los adolescentes, sobre todo por ellos. El peligro que se advierte en ambos casos es que el joven consumidor tienda a confundir ficción y posibilidad real, y salga a la calle como si todas las mujeres estuvieran a su disposición. En un país que ha creado el Ministerio de Igualdad y en el que sus colegios e institutos públicos invierten dinero, tiempo y energías para que el machismo no siga transmitiéndose de una generación a otra, que la lírica del reguetón, el perreo o el “twerking” (baile explícitamente sexual) triunfe indiscutiblemente entre los adolescentes lleva a la frustración de educadores y colectivos feministas. La Federación de Mujeres Progresistas se rasgaba recientemente las vestiduras por una canción que incluye estos versos: “Al lao mío tengo una rubia / que tiene grandes las tetas / quiere que yo se lo meta”. Puedo entender su indignación, pero creo que su denuncia además de poco efectiva no hará sino que crezca el número de descargas y la fama de un cantante y de una canción propia de parvulario. Me parece absurdo cualquier tipo de censura, sobre todo en la cultura, en la música, aunque su acción nos pudiera librar de un bodrio. Cuando esta se ejerce es corriente que se logre el efecto contrario, sobre todo en un edad de autoafirmación y rebeldía. Además, se refuerza la provocación y la búsqueda de la polémica como estrategia útil de mercado .

JOYERIA ROYO
RODOLFO Y VENTURA

Si los jóvenes consumen tanto reguetón es por varias razones. Una, porque no habrán tenido oportunidad de escuchar otra cosa, los pocos menores de 20 que conozco que lo desprecian suelen tener una buena discoteca en casa (con los libros pasa algo parecido). Otra, más simple, es porque en el momento de identificarse con una música les ha tocado esta. Podemos pensar que han tenido mala suerte, pero miren sus caras y sus cuerpos al escucharla. Nuestros padres debieron de pensar lo mismo de la sustitución de la copla por el rock. La principal razón de su éxito seguramente sea que una canción de reguetón es un producto de consumo redondo: barato de crear, de digestión simple (sobre todo para los que no han probado otra cosa), efímero, cien por cien reemplazable, dirigido a un público sin exigencias, fácilmente promocionable. La industria discográfica dejó hace mucho de buscar el talento en los conciertos de club y en los locales de ensayo, se cansó de los grupos geniales de difícil pastoreo. De su muerte de éxito surgieron estos zombis. En realidad a los productores musicales en busca del pelotazo les importa un higo lo que nos ponen sobre la mesa. A los que cogen el micro parece que también, con tal de dar rienda suelta al postureo. Los iconos del pop actuales son cada vez más actores y actrices de una farsa pirotécnica, exhibicionistas privilegiados en la era del ego. Me da la risa cada vez que veo a la reina del pop del momento subirse a un trapecio o volar por los aires como una

superheroína mientras canta. Por eso ha vuelto el videoclip, para llegar con la imagen donde no llega la música (Youtube, el canal de vídeo, es el canal preferido por muchos para escucharla). A los detractores del reguetón no nos queda sino confiar en que los más cercanos pasen esta pandemia musical como pasarán la adolescencia. Se me hace difícil pensar que este tipo de rimas (teta-meta) les acompañen a los 30, a los 40, a los 50 años. De las modas musicales y culturales por venir, de la tendencia universal al infantilismo no puede decirse lo mismo.

Héctor Hugo Navarro