RELATO DE REYES

ESCUELA DE DANZA
Sabiendo que la noche era mágica, su cabeza mezclaba sensaciones contrarias. Mientras, miraba subyugado el cartel, junto al colmado de Paco Rosca, donde le anunciaban que una violetera iba a acudir al cine Rosalea esa semana, a cantarles algún último cuplé. Salió provocando a sus amigos ¡Qué guapa es! ¡Me la pido para novia! que no le escucharon, porque estaban imitando los gestos del nuevo guardia municipal, con su traje de gala, blanquísimo hasta su casco, dirigiendo desde el cruce  un tráfico siempre tranquilo.

La calle se iba rellenando de abuelas sonrientes, besuconas, mentirosas a ti todavía no te van a dejar nada, que no has sido muy bueno, que me haces poco caso y nietos emocionados, dándoles todo el crédito del mundo a sus yayas, pero esperando que no fuera cierto y su majestad, a sus pequeñas maldades de todo el año, restara los besos repartidos, hasta obtener un saldo favorable y alguna de ellas, parase, les sonriese y dejara un paquete con aquel camión de madera o aquella muñeca de cartón confitado ofrecido con una dudosa sonrisa.

Él niño sentía frío mirando el cartel del cine. Sentía frío en los pies toda la tarde, desde que los había observado y vio unas suelas despegadas, que abrían una boca fea, poco amistosa, diciéndole algo así encoge los dedos, tonto, encoge los dedos, que se escapan. También se le habían escapado dos lágrimas y un brillo húmedo retenía alguna más en sus ojos, pero la noche era mágica y quería esforzarse en compartir la alegría que veía a su alrededor y divertirse, como sus amigos se reían desvengorzados, irreverentes con sus burlas, al ver aquella bufanda que se caía al suelo y su anciano dueño no se atrevía a agacharse a recogerla.

El público que iba llegando, todos atrapados en alguna mano pequeña, iban formando una fila, obedeciendo al borde de las aceras adoquinadas, y juntándose, se abrigaban del airecillo de enero, que no era violento, pero también sabía manchar los ánimos.

Se había fijado bien en los zapatos de su cuadrilla, deseando algo de solidaridad entre ellos, deseando que Jorge o Miguel también enseñaran sus dedos en aquel calzado que siempre se quedaba pequeño, pero no, estaban sucios de tierra, raspados por la veteranía, aunque enteros,  evitando que el calor se escapara.

Cuando apareció aquella humilde cabalgata, con una estrella blanca y semiapagada, la misma del año anterior, volvió a mirar hacia abajo, donde un dedo curioso estaba descubriendo el frío exterior. Lo encogió y quiso alegrarse señalando a dos vecinos mayores convertidos en pajes de sus majestades, pero se le despidieron otras dos lágrimas rebeldes y comenzó a dudar de que los pequeños sacos y paquetes que colgaban en las mulas donde montaban sus majestades -esas que saludaban sin transmitir ilusión, poder o sabiduría- pudieran contener los regalos para todo Segorbe.

En aquel instante dirigió al rey negro, a ese Baltasar que ya se alejaba, una petición avalada por la necesidad cámbiame los juegos reunidos que te había pedido por unos zapatos nuevos sabiendo que era mago y la telepatía estaba entre sus poderes.

Volvió la cabeza, para enamorarse de nuevo de la cara de aquella artista que no podría ver, porque su paga semanal solo llegaba hasta el pirulí y la manzana caramelizada. Pero se alegró cuando Jorge le estiró del jersey deseando retornar a la calle del Romano. Se unió a ellos, sin importarle aquel pulgar del pie que investigaba el frío de la noche, sonriendo para descubrirles, con unos ojos ya secos pero aún brillantes  no me van a traer los juegos reunidos.

MANUEL VTE. MARTÍNEZ