Volví al pueblo una mañana  de septiembre bajo un aguacero inclemente, después de treinta años de  ausencia. Tan injustificada como mi regreso de ahora. Así que, cuando Miguel Sebastián me encontró en la calle Mayor, con la maleta mugrienta de quien regresa vencido, su pregunta me resultó familiar. Fastidiosamente familiar. «¿ Qué has venido a hacer?». Ignoré o no quise responder. Seguí mi camino, calle arriba.

Al llegar a casa de mis padres, levanté los ojos al cielo plomizo un instante, escupí  y empujé la puerta con determinación. Encontré a mi madre sentada en la misma silla en la que hacía treinta años le había dicho que me iba de aquel pueblo de mierda, que los hombre como yo necesitábamos respirar el  aire de las ciudades bulliciosas.

«He vuelto, madre». Hubo un silencio que duró lo que un siglo. Sin volver la cabeza, le oí decir: «Anda, cámbiate esa ropa y tómate el café con leche; que frío solo sirve de purga».

Entonces supe que ella estaba llorando.

RELATO-REGRESO-WPor la tarde escampó y los pájaros volvieron a los tejados y al tendido eléctrico. El pueblo olía a enredadera y tierra mojada. Se oyeron los primeros gritos de los niños jugando en la plaza y el trajín de martillazos sobre hierros y maderas que anunciaba la fiesta me echó a la calle.

El anochecer me sorprendió en el parque en el que tantas horas había pasado en mi adolescencia. Afortunadamente, no lo habían cambiado demasiado. Ni siquiera se habían tomado la  molestia de decapitar la ridícula escultura de aquel mamarracho que nunca logró reinar más allá del estricto territorio de la arboleda. En esa hora, septiembre tiene algo mágico bajo los pinos, pero comenzaba a refrescar y aunque a lo lejos el campanario de la parroquial iluminado recordaba que oficialmente vivíamos días de júbilo, yo estaba cansado. Me subí las solapas de la americana y decidí irme a dormir. Lo necesitaba.

Me despertó el estruendo de los petardos. Después las campanas voltearon el aire limpio del mediodía y la calles fueron llenándose de gente que arrastraba migrañas y ardores de estómago con dignidad.

Salí a la calle y me acerqué a las Cuatro Esquinas, donde siempre había visto pasar las reses. Me sentí observado. «Ha vuelto el pequeño de El Esquilador», «Dicen que se echó a perder  por una mujer», « Estuvo en la cárcel por rajar a un hombre». No me habían olvidado del todo. Me halagó. El olvido es la muerte más canalla.

De pronto, un zambombazo seco hizo un breve silencio y, rápidamente, un hervidero de mozos comenzó a dar saltitos nerviosos, intentando adivinar si hoy bajaban todos los animales juntos o los más temerarios había conseguido cuartear el pelotón de las vaquillas. Aquella agitación duró lo que dura la vida. Apenas nada.

Cuando la calle fue vaciándose lentamente, me acerqué a la plaza donde había estado la casa de mis abuelos, convertida hoy en una oficina bancaria. Allí la gente aplacaba la sed y la gazuza con cerveza helada y patatas picantes, bajo los toldos que los mesoneros levantaban para que los parroquianos no se desmadejaran en aquellas horas del mediodía ardiente.

Estuve callejeando sin rumbo por los alrededores de la iglesia. Me fui llenando de melancolía y de amargura. Noté pastosa la boca.

Al torcer la esquina de la calle La Torre me encontré en aquella plazoleta donde salíamos a jugar en el recreo, cuando iba al parvulario. Una mujer bordaba un mantel, sentada en una silla de enea. A su lado había una silla vacía. A pesar de los años, conservaba una belleza serena. Cuando levantó la mirada, seguramente, por la saludable costumbre de desear buenas tardes al paseante, la sangre se me agolpó en los pulsos. Ella también se agitó, presa de una turbación casi olvidada, podrida en sus entrañas hacía treinta años.                 « Siéntate. Te he sacado una silla. Como todos los días » .

Quise decir algo, unas palabras- aunque fuesen mentira- que me evitaran la zozobra; pero María me acarició suavemente los labios con aquellos frágiles dedos que no me cansaba de besar cuando fuimos novios. «No digas nada. No estropees este instante con palabras inútiles».

La tarde se nos escapó de entre las manos. Hablamos poco. Malgastamos el tiempo abrasándonos con la mirada.

Anocheció por encima de los tejados y la mareta comenzó a aliviar el bochorno del día. Las campanas llamaron a la novena.

Supe que mi vida iba a tener una segunda oportunidad.

Retorno

José Manuel López Blay.