«San Valentín»

Don Miguel de Cervantes, en el capitulo XX de la segunda parte de su Don Quijote de la Mancha, le dio candela a la pluma a través de unos versos descriptivos en boca del Cupido y decía así:

 
JOYERIA ROYO
ESCUELA DE DANZA
RODOLFO Y VENTURA
Yo soy el dios poderoso

en el aire y en la tierra

y en el ancho mar undoso

y en cuanto el abismo encierra

en su báratro espantoso.

Nunca conocí qué es miedo;

todo cuanto quiero puedo,

aunque quiera lo imposible,

y en todo lo que es posible

mando, quito, pongo y vedo”

Así pues, entre otras cosas del Cupido, a este, -Don Miguel-, le vino al pelo para escribir y dar vida eterna al hidalgo caballero qué, torturado de corazón, alma y mente, le fue de aquellas maneras al bueno de Don Quijote en su amor incondicional por Dulcinea. Un amor donde perdió algo más que la dignidad y la razón por el capricho de las fechas de oro lanzadas desde el arco de ese enano vizco y alado que dispara a diestro y siniestro y que, luego, si eso, cuando las flechas de oro se convierten en plomo, cuando todo se tuerce y cada uno pega por su lado, como que ya os apañáis. Cabroncete que es él dichoso Cupido este de los cojones.

La cuestión es que, con la celebridad de San Valentín, este bicho caprichoso es uno de los símbolos más carismáticos y más asociados al día de San Valentín, junto, al corazón, el color rojo o los bombones de turno, eso sí, el Cupido, tapándose sus partes pudientes mediante un pañal y con alitas en el lomo a la manera cristiana, lejos de ya de la mitología romana, -Cupido-, o de la griega, conocido con el nombre de Eros. Este último suena mejor.

Lo cierto es que no le tengo mucho aprecio a este pájaro.   Eso de disparar flechas con los ojos vendados caiga donde caiga la flechica, como que no me hace mucha gracia. Creo que más que disparar con los ojos vendados, se podía poner una buena mira telescópica para qué, con esas flechas doradas, al alcanzar caprichosamente a la parejita de turno, esas flechas fueran ya, de por vida, o sea, para siempre. Ahí te doy. Ahí se queda.   Pero las cosas, como ustedes saben, no son así.   Lamentablemente.   El que más o el que menos tenemos alguna que otra fechica transformada en plomo.   Clavada en las entrañas.   Un poco más abajo del corazón. Ya saben. En las entrañas.

No por esto, ni por estas minucias, hemos de dejar de celebrar el día de San Valentín con toda su parafernalia, indistintamente de los dardos que llevemos clavados.   Bien sean las de plomo donde sus cicatrices nos hayan enseñado y servido para aprender y entender qué, pueden llegar otras, pero que tarde o temprano, una de las de oro se quedará incrustada en nuestro corazón para siempre. O al menos, eso queremos creer.   Eso queremos pensar.   Eso es lo que nos gustaría a todo bicho viviente.   El tema esta en que, con la llegada de la onomástica de este santo, el Valentín, la maquina consumista se pone en marcha. A pleno rendimiento. Y nos crucifican por todos los medios con el fin de que soltemos la mosca y nos rasquemos el bolsillo bien rascao y nos dejemos los cuartos en la compra de regalos para la parienta o el pariente. O en aquello que estemos enamorados. O en el mejor de los casos, nos vayamos de cena romántica y nos demos un buen atracón a modo de “cena de enamorados” con velitas incluidas.   Y tras la cena, lo que se tercie. Que supongo esa parte será la mejor.   Pienso. Sin ser mal pensado.

Pero bueno, yo no voy a ser quien ponga el dedo en la llaga y cuestione todo esto del consumismo a la raíz simple de que, caga una mosca, y todo cristo a seguir con estas costumbres de compras compulsivas. Ya me cuidare yo. Es más, puede que yo también le siga el rollo a este tema y me gaste los cuartos en algún detalle o regalico para la parienta que, bien lo merece.   Faltaría más. El tema en cuestión, lo que realmente nos atañe es el hecho de tener que esperar a este día para ir corriendo a por el regalo de turno.   Flores, bombones, unos pendientes, o unos calzoncillos nuevos.   Depende de casos.   En algún otro caso, sirve tan sólo una postal, de esas cutres, que ya te lo dice todo y te lo da mascao.   Te saca del paso. En los “chinos” las hay de todos los gustos y, por supuesto de mal gusto.   Mejor librerías locales.   Sólo has de meterla en un sobre y ya.   También hay quien compra más de una. Varias. Sé de casos. Pero eso es otro tema.   A lo que voy es que este San Valentín, se dejo la piel, mejor dicho la cabeza, ya que fue decapitado por orden de Claudio II, cuando el cristianismo era perseguido hasta la saciedad.   Por aquel entonces, el Valentín, a secas, se dedicaba a casar a soldados con sus damas en las bodegas de las cárceles del imperio. A escondidas. Miren. Cada uno nos matamos por una cosa. En el caso del Valentín ya se encargaron otros de dicha función.   De matarlo. Por aquello de la prohibición y persecución de ese cristianismo que resurgía cada día mas.   Dicen de él que cuando lo llevaban a ejecutar le dio un papel a la hija del juez que, ciega esta de nacimiento, al abrir el mismo lo pudo leer:   “Tu Valentín”.   A modo de despedida.   Este milagro que se le atañe no lo libró de que su cabeza diera unas cuantas vueltas separada del cuerpo.   Así pues, a este casamentero desde entonces se le atribuyen los títulos, ganados a pulso, -perdón a cuello-, como el santo de los enamorados.   Algunos historiadores apoyan a que este relato, como el único y verdadero, y aseguran que Valentín se llegó a enamorar de aquella joven, por lo cual su simbolismo como santo del amor fue mayor. Merecido.

La lastima de todo esto. Lo de celebrar el día de los enamorados, me refiero, es que hay un halo de cierta tristeza.   Por aquello de tener la obligatoriedad de demostrar en este día lo que se debería de demostrar todos y cada uno de los días del año:   El amor hacía nuestra pareja.   El amor incondicional hacia él o ella.   El amor entre él y él.   Entre ella y ella.     Entre ellos y sus vástagos.   Entre usted y su amigo o amigos.   Con sus compañeros de trabajo.   Con los vecinos.   Con su fiel perro.   Su periquito.   O tal vez, de un buen libro.   Y, ojalá, entre usted y yo.   La cuestión es que siempre tengamos la necesidad y obligatoriedad de enamoramos de alguien o de algo.   Y por ello, cada amanecer es motivo suficiente para celebrarlo con un simple beso.   Una simple caricia.   Una sonrisa.   Y, aunque dicen que de tantas estrellas que hay en el cielo siempre nos tenemos que enamorar de una fugaz, pues parémosla, así, de sopetón, de golpe, aún en nuestros pensamientos. Agarrémosla.   Por ese amor a distancia.   Por ese amor que ya no está ni volverá pero que está en los cielos.   Por todo lo que él amor conlleva y acarrea. Hagámoslo aunque sea por la cabeza rodante del Valentín. San.

Feliz día de San Valentín a todos y a todas.   Y, si alguno de ustedes no tiene a nadie o algo de lo que estar enamorado, enamorase de usted mismo.   Si no te enamoras de ti mismo, ¿a quien vas a enamorar o te vas a enamorar?.

Texto y Foto: Toni Berbís Fenollosa