Dicen que el pasado, pasado está.  Bueno, el lumbreras que se le ocurrió esto, deduzco que no le otorgarían el Nobel de filosofía, ni tampoco tendría un derrame cerebral con su costoso planteamiento, pero bueno, ahí quedo para los restos.

Lo cierto es que, de alguna manera vivimos en el pasado.  Sin él, nuestro presente sería insípido.  Débil y frágil.  Carente de valor.  Y, sobre todo, sería un presente temeroso e incierto de cara a afrontar el futuro.

Hoy por hoy, o sea, ya, y más en esta melancólica y no menos trágica semana, echamos la vista atrás en busca del pasado.  En busca del ayer.  Aunque ese ayer sea de hace varias décadas.  O quizá lustros.  Depende todo de lo extenso de la memoria y sí de ese recuerdo inolvidable palpite como el corazón de un recién nacido.

Registramos cajones en busca de álbumes de fotos. Desempolvamos antiguos libros de fiestas.  Olemos con fuerza el pañuelo de hierbas o el pañuelo rojo bordado con el escudo segorbino y lo volvemos a dejar con delicadeza en su cajón.  Sacamos la bandera de Segorbe, la desplegamos de su pulcro planchado y nos planteamos si la colgamos o no la colgamos del balcón.   Oímos las carcasas apalancados desde el mullido sofá.  Estiramos el cuello y giramos la oreja para percibir mejor y en la distancia los tañidos del volteo.   Corremos como locos hasta la terraza para ver ese ramillete de fuegos artificiales con motivo de la festividad de nuestras patronas.  Y volveremos a subir el domingo por la noche para deleitarnos con el clásico castillo multicolor.   Tal vez, y si se tercia, que seguro se terciará, bajaremos al río garrote en mano para darnos un paseo y bajar el copioso almuerzo de semana de toros.

Ante todo esto, ante esta pasividad inusual en la que estamos viviendo en estas semanas, te pones a devorar archivos fotográficos.   Viejos relatos que has ido colgando estos últimos años en las diferentes redes sociales o publicaciones en viejos periódicos que ya amarillean.  Lees y sonríes.  Sigues sacando trastos. Te aparece una cinta de video en VHS de cuando fuiste de la Comisión de Toros allá por el año 1999 y pegas una panza de reír y, como no, de llorar.  Es inevitable.  Es, casi obligatorio.

Pero aún así, con esos recuerdos que el Facebook te va sacando cada día de lo que publicaste, de esos periódicos, revistas, libros de fiestas, de esa infinidad de archivos fotográficos con mil y una foto de Entradas de Toros y Caballos, de toros embolados, de tardes de toros, de romerías, alguna, vestido como un marques en la procesión de la Virgen de la Cueva Santa, otras de la entrañable Enrramada, no hacemos otra cosa que echar la vista atrás hacia un pasado que, queramos o no, impregnado de esa emoción y de ese cariño hacia estas, nuestras fiestas, nuestras tradiciones, nuestra esencia y nuestra unión como ese gran pueblo que somos y seremos, ese pasado, como les digo, se convierte en un presente que hace nos deleitemos con emotivos recuerdos, con fotos, relatos, videos, publicaciones, viejos periódicos, o incluso, calzarse el pañuelico al cuello mientras le voy dando a la tecla.  Creanme.  Con el pañuelico al cuello.

Entre estas, y para acompañar el presente relato, podría haber colgado cualquier foto de las miles que tengo y que hubieran hecho un buen papel.  Sin embargo, he optado por una foto para que me acompañe y vista las letras con la elegancia y la solemnidad del momento.

RODOLFO Y VENTURA
JOYERIA ROYO
Es una foto familiar. Es una foto querida. Es una foto única. Tal vez, como todos y cada uno tenemos en nuestro cajón o colgada de un marco ahí, siembre a la vista. Fotos únicas y entrañables.

La instantánea, en el clásico blanco y negro de la época, inmortaliza a caballo, caballero y dama.  Sobran las palabras al verla sí hay que deducir que es día de Enrramada, que lo era.

Del caballo no sé el nombre del equino ni de su propietario y en cierta manera no me importa, tan sólo sé, o quiero saber y pensar que a buen seguro correría al día siguiente calle Colón abajo acompañando a los toros en la Entrada.   Aunque en ese momento, en calma y engalanado portaba en sus lomos al caballero y a la dama en cuestión.

El caballero, el jinete, no era un caballero cualquiera, como tampoco lo era la dama.   Él, era un miembro de la Comisión de Toros de ese año y, además, y aquí es donde se me llena la boca, era mi tío Pepe Berbís Reguillo, hermano de mi padre.   O sea, Pepe y Antonio.   Los Reguillo para que me entiendan.

La afortunada dama que se afianza en la grupa del caballo y agarra con fuerza el costado de mi tío, no es otra que Mercedes Marín Berbís.  O sea la prima hermana.   La cosa iba de familia en ese día de la Enrramada.    O sea, que nos va y nos ha ido siempre la fiesta.  La nuestra.  La fiesta de Segorbe.  La que estas semanas no podremos disfrutar cómo estamos acostumbrados.

Por todo esto, y por otras muchas cosas más que me dejo entre las teclas, “siempre es agradable mirar atrás”.

Me sean felices en estas fiestas. En los recuerdos de las pasadas y se me prepararen con la ilusión que a todos nos caracteriza para las próximas. Ya falta menos.

Toni Berbís Fenollosa – Foto: Familia Marín Berbís