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A Lestrígones ni a Cíclopes,
ni al fiero Poseidón hallarás nunca,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no es tu alma quien ante ti los pone.
Kavafis

On the road

lo que vemos. El aire que nos explica está compuesto de oxígeno, nitrógeno y de unas cuantas imágenes que nos desgarraron la conciencia cuando desfloramos nuestra edad más luminosa.

Yo tenía quince años recién cumplidos cuando la vi. El napalm de los americanos había arrancado a tiras la mitad de la piel del cuerpo de una niña de nueve años, Kim Phuc, en la carretera de Trang Bang, una aldea situada al norte de Saigón. Desnuda, con las entrañas abrasadas, escoltada por sus hermanos desencajados por el horror, grita: ¡Nong Qua! [“¡ Quema mucho!”], antes de desmayarse en los brazos de Nick Ut, el fotógrafo que precipitó el final de aquella guerra vergonzosa.

Un año más tarde, un general con nombre de payaso sembró de sangre y de infamia las amplias alamedas de Santiago, que estuvieron cerradas muchos años, sin dejar pasar a las mujeres y a los hombres libres. De aquella infausta mañana de septiembre, me sobrecogió una instantánea anónima conseguida por uno de los últimos hombres en abandonar el palacio de La Moneda. Salvador Allende, con casco y un Kaláshnikov, aparece flanqueado por su médico y dos de sus guardaespaldas, mirando cómo los Hawker Hunter de los golpistas sobrevuelan el cielo chileno.

LOPEZ-B-NAPALM-WEn esos meses que separan las dos fotografías que todavía conservo – la de Kim, corriendo desnuda y crucificada por la gasolina gelatinosa; y la de Allende, sabiendo que sus minutos están contados– , nos preguntamos muchas veces dónde estaba Dios, mientras cantábamos canciones solemnes con voz aguardentosa. Una de aquellas canciones estremecedoras me salvó de las iguanas que muerden los corazones de los hombres que no sueñan. La cantaba un muchacho extravagante de Minnesota, que no estaba a gusto con su nombre heredado y quiso llamarse Bob Dylan.

Yo no sabía inglés – sigo sin saber -, pero mis vísceras me decían que aquellos versos hablaban del largo camino de angustia que debe recorrer el hombre para conquistar su dignidad; de los paraísos negados por el poder; de la muerte como infame negocio financiado por los fabricantes de armamento.

El silencio de Dios hizo que de pronto nos diéramos cuenta de que habíamos dejado de ser niños y de que había que hacer algo más que cantar Alguien sufre hoy, Cumbayá, mientras el cura levantaba la hostia.

En mitad de la nada, sin memoria, cargados con los nombres y apellidos de los profetas menores, como rotos o quebrados, por todas las junturas igualmente. Así empezamos a ser jóvenes.

The answer, my friend, is blowin’ in the wind,

Esperando que la respuesta sonara en el viento. Pero el viento es potencia caprichosa y no siempre acaece lo que de él se espera. No hubo respuestas. Aún más, no hay respuestas. La respuesta es el camino.

Seguramente, también mis hijos, nuestros hijos, tendrán sus imágenes fundacionales. Tal vez, la de la mujer de Gaza, rota por la muerte de su marido o la de la desesperación de unos inmigrantes salvados in extremis cerca de Lampedusa. Qué más da. Sólo pido que su camino, como el de Ítaca, sea largo y rico en experiencia y en conocimientos.

On the road

José Manuel López Blay.