Hace tiempo que tenía la evidencia, sin embargo la guardaba en un cajón. No deseaba añadir otra alarma social a la pandemia. Pero ahora creo que hay que decirlo alto y claro y asumir las consecuencias. No hay facinerosos más taimados que los nietos. Son expertos totales en robarte los besos, en sustraerte las caricias, las sonrisas y sobre todo, el tiempo.

Se han especializado en defraudar a Hacienda de manera abierta, sin ocultarse. En el momento que su suave e inocente mano alcanza a contactar con tu piel, sientes derramarse en tu cerebro una calidez infinita y sabes que has firmado un contrato ilegal, no declarado, que te va a poner a su disposición sin negociar condiciones. Te das cuenta que esa dedicación será variable, casi de esclavitud, pero siempre a su antojo. En ocasiones tu servicio se te reclamará por las mañanas, o por las tardes, en fin de semana o por semanas completas, Sus vacaciones serán el final de tus vacaciones y además sus mafiosas carantoñas te harán objeto de una voluntaria extorsión denominada paga.

Estos malandrines desconsiderados, que lo mismo experimentan un vómito sobre tu mejor camisa al tiempo que te contaminan con el cariño más limpio que ha surgido en el universo, o te dedican un lloro angelical reclamándote un urgente cambio de pañal con apestosos aromas a los que religiosamente les concedes una indulgencia plena, saben construir una cárcel donde vas a querer permanecer hasta el fin de tus días, mientras que ellos, con el avance de los años, abrirán un túnel de salida, iniciando una escapada que no podrán evitar ni las invocaciones y plegarias más sinceras a la virgen de la Esperanza.

Aceptando tu victimismo, incomprensiblemente, pedirás ser retribuido con esas ingenuas especias que son los abrazos, las sonrisas o los besos, esos artificieros besos, capaces de desactivar cualquier explosión del conocido carácter mediterráneo.

RODOLFO Y VENTURA
JOYERIA ROYO

Con el paso de sus pequeños años, si tu sumisión es bien valorada y los has paseado satisfactoriamente por Sopeña y otros parques, en esa imaginaria cartilla militar te estamparán el sello de idóneo, para que sepas asumir  las confidencias alarmantes que narrarán las enormes tragedias que van aconteciéndoles cada día: hoy en la guardería con el tontorrón de su amigo que se les ha comido medio bocadillo, mañana con la envidiosa amiga que le ha desatado el lazo o peor, soportar la pesadez de aquel  bruto asocial que solo sabe estar ante ella, en modo sonrisa boba…

Entonces será el momento, sabrás desempolvar tu licenciatura en psicología infantil, convenciéndoles de que cada yo debe aceptar un nosotros, que hay que inventar las segundas oportunidades, para desvanecer esas tragedias lacrimales que quedarán olvidadas con la sonrisa final y limpia equivalente a un gracias abuelo/a por ser y por estar…

He comprobado que a veces recibo una paga extra que no pienso declarar. Como cualquier macho alfa me enorgullecía ¡esto fue antes de la aparición del sombrío virus! cuando, paseándolos en el carrito desde la plaza del Agua Limpia hasta la Glorieta, detectaba que gracias a ellos, me había convertido en un ligón tremendo. Inesperadamente se me acercaban todas las abuelas que encontraba por el circuito, preguntándome abiertamente y sin pudor sobre sus datos, alabándolos sin tasa para dejarme contento en grado sumo y me sugerían abiertamente una próxima cita al despedirse insistiéndome yo a mi nieta la llevo  a Sopeña todas las tardes para que meriende allí. ¡Ay, si me pillara unos años atrás!

Resulta que como abuelo tendría que dejar algo de herencia, pero siempre he sido ampliamente manirroto. Por eso creo que es oportuno agradecer a los aventureros hijos que se atrevieron a ser padres, haberme permitido heredar a estas personitas que hoy ¡casualmente hoy! cumplen su primer año de vida y me lo recuerdan con esos dientes recién estrenados que ahora mismo, mientras tecleo con una mano, deberían estar mordiéndome la otra ¡maldito coronavirus!  disputándome las galletas del desayuno y pintándose la cara con esa mermelada dulce que es la alegría  de saberse delincuentes inmortales durante… ¿los próximos cien años?

Manuel Vicente Martínez – Foto:Raquel Ubach