Si yo fuera algo más atrevido y ella un poco más joven igual le proponía que hiciéramos un escandalizador viaje a Benidorm o al balneario de Montanejos. Con ella asida a mi brazo y yo ensayando alguna de mis mejores sonrisas, iría sonsacándole qué sensaciones tenía al dar sus primeros pasos por aquellas callejas de tierra abarrancada que los cierzos usaban para empolvar las ropas, o aquella mezcla de casonas blasonadas con espasmos medievales junto a casuchas desvencijadas que la rodeaban tras nacer en la agrícola ciudad de Segorbe.

Moviéndonos suavemente a orillas de algún paseo marítimo le preguntaría cuánto añoraba aquella ciudad llena de trajes a medida y sombreros de diseño, salpicada de blusones y boinas que poblaban una ciudad que aun no había inventado los Cincuenta Caños ni las arcadas góticas de la Glorieta.

Quizás se atreviese a intimar conmigo confesándome la curiosidad que sintió al ver a su tío don Julio Cervera llegando a la ciudad acompañado de un negrito, raza que no pisaba Segorbe desde generaciones o al regresar ella misma a su casa tras la guerra civil llorando las ruinas encontradas…

La primera ocasión que tuve de hablar con Teresa nos la deparó el destino. Había acudido a ver una galardonada proyección sobre LAS MAESTRAS DE LA REPÚBLICA y antes de empezar, vi como se sentaba a mi lado una ancianita de ciento cinco años a la que de inmediato intenté sonsacarle por su interés en aquella proyección. «Eso mismo me pregunto yo -dijo su acompañante- porque no se va a enterar de nada».

Al instante ella desmintió su anunciada sordera indicándome que aquellas mujeres tenían una constancia y un coraje que eran de admirar. Y yo la admiré a ella.

El siguiente momento en que coincidimos fue por la calle Valencia. Viendo a la misma anciana, con ciento siete años subiendo la pendiente de aquella calle, quisé procurarle un descanso e inicié una conversación con ella. Su forma de hablar conmigo guardaba aquellas formalidades al uso en el siglo pasado, colocando siempre el usted por delante. En alguna pausa entré anunciándome como hijo de Vicenta, la de la cestería de esta calle y ella dejó en su respuesta una nostalgia que me enterneció: yo le he comprado bastantes bolsos  a Vicentina.

No me tengo por un mitómano que vaya coleccionando autógrafos. Admiro la trayectoria de algunos escritores o pintores, de varios deportistas famosos o de ciertos políticos retirados, sabiendo que detrás hay una persona con los bolsillos llenos de hechos luminosos y sombras curvadas.

Pero sí presento un asombro sin límites ante la simetría de colores que la naturaleza nos ofrece en una flor o al descolgarse los brillos del agua en una cascada. Por eso, ante el cóctel de genes que le preparó el universo a Teresa Velazquez, ante su trayectoria vital que supera los ciento diez años y le ha permitido ser espectadora privilegiada de los cambios plasmados en Segorbe, tenía ganas, muchas ganas de mandarle este beso digital con aromas de fascinación, estando seguro que también se lo lanzarán multitud de paisanos mirando hacia esa cumbre que ha subido pasito a pasito.

                                                                                      MANUEL VTE. MARTÍNEZ – Fotos: José Plasencia