Llegué a la ciudad a contar la historia que me confió mi madre, para que se supiera la verdad; pero no me dejaron hacerlo. Cada vez que intentaba hilvanar el relato – «A mi abuelo, José Granell, lo mataron una noche fría como un cuchillo, y dejaron su cadáver a la intemperie, junto a la carbonera que estaba vigilando…» –, me amenazaban, me encerraban en una habitación oscura durante días y, a veces, me torturaban.

  • Debes contar únicamente lo que pasó durante aquel verano. Lo que pasó después, la historia de tu madre, no nos interesa; y la de tu abuelo, menos – me dijo un hombre vestido de gris, cuando me sacaron de la cámara y me arrojaron contra las baldosas de un cuarto muy soleado, donde quedé cegado durante unos minutos.

Y aunque yo no quería contar solo lo que pasó aquel verano, sino la historia tal y como ocurrió desde el principio, porque se lo había jurado a mi madre, no me dejaron hacerlo. O, para ser más preciso, no me dejaron hacerlo de la forma que mi madre me pidió que lo hiciera. Pero bien sabéis que vine a la ciudad solo para contar la historia que me confió mi madre. «Mi madre tuvo que guardar toda su vida en una pequeña maleta, que todavía conserva mi hermana, se subió al carro, muerta de miedo, y giró la vista, hasta que le dolieron los ojos de tanto llorar, para que no se le olvidara su pueblo». Ese era mi único propósito cuando llegué a esta maldita ciudad.

  • No nos hagas perder la paciencia. Queremos oírte contar lo que, según tu madre, ocurrió realmente aquel verano a finales de julio – me amenazó el hombre vestido de gris, mientras me dio una patada en la boca del estómago que me retorció de dolor.

Y tuve que empezar como ellos quisieron que empezara. No por el principio, sino a finales de julio. Y cuando lo hice, apenas podía escuchar mi voz.

  • Más alto. Queremos que tu voz se oiga con claridad. Queremos saber esa historia que has venido a contar – me conminó.

Lo intenté otra vez…

Esta no es la historia tal y como me la confió mi madre. Pero tuve que empezarla así, para que dejaran de pegarme.

«Desde finales de julio, el aire se ha vuelto espeso y sofocante. Se ha envenenado. Lo de la Puebla de Valverde ha hecho que el odio rebalsara y por el Ragudo bajan voces de muerte. Paco Orduña tiene pastosa la lengua y siente una punzada aguda y permanente en mitad del pecho que apenas le deja respirar. Pero él es un revolucionario. Él es un anarquista. De los que leen Tierra y Libertad. Y no tiene más cojones que olvidarse de su lengua y de su pecho. Eso le oigo decir. Y de su madre también ha de olvidarse.

  • Tú piensa lo que se te antoje; pero ni se os ocurra tocar a la Virgen. Os abro en canal. Por éstas – le amenaza, dándose un beso enérgico en el pulgar, atrapado por el resto de dedos, como si fuera un puño de acero que descarga contra el aire espeso y sofocante de la alcoba.
  • Con usted no hay manera de hablar, madre; no entiende que esto es la revolución – sale, dando un portazo.
  • ¡La revolución, la revolución…! Unos botarates, ¡eso es lo que sois!
JOYERIA ROYO
RODOLFO Y VENTURA

Paco Orduña va a la casona que han requisado en la calle Mayor, a reunirse con sus camaradas del Comité Revolucionario. Hay humo y mucho barullo. Huele a coñac.

  • Hay que saquear la parroquial. La única iglesia que ilumina es la que arde – Benito Rodríguez es un republicano anticlerical muy dado a las sentencias.
  • ¡Toma la llave y quémala tú! – Carlos Marín, el presidente, no quiere tensar más la cuerda para que no se rompa. Y cede. Pero sabe que ese no es el camino, que eso les va a pasar cuentas.

Y sacan un confesionario y los cuadros del viacrucis y a san Vicente Mártir con la rueda de su martirio. Y les prenden fuego en la plaza del Ángel Custodio. La humareda negra hace que el aire se vuelva más espeso y sofocante. Y alguno parece encenderse con las llamas.

  • ¡Vamos a quemar la Virgen y hasta el palio bendito, que no quede rastro de Dios en este pueblo! – le oigo decir al Tuerto Pula, un anarquista malcarado, con la cara picada por la viruela. Cuando llama a dos o tres para que le ayuden a bajarla de la peana, Paco Orduña, sin dudarlo, se echa mano al cinto y desenfunda la pistola Astra, con cara de pocos amigos.
  • ¡Me cago en dios, si tocáis a la Virgen, os reviento la cabeza como una mangrana!  solo yo puedo presenciar la escena, que dura apenas nada, lo que dura la eternidad. Estoy asustada, muy asustada, mirando por la rendija de una ventana de la casa de mis abuelos que da al callejón del trasagrario.

Hay un silencio de plomo. Y miradas torvas.

  • ¡Vamos a tener la fiesta en paz, me cago en la hostia; a ver si hacemos el favor de aprender de una puta vez quién es nuestro enemigo! – Carlos Marín interviene. Hace valer su cargo.

El Tuerto Pula blasfema entre dientes. Pedro Orduña le aguanta la mirada y piensa en su madre, rezando el rosario. Hoy no tendrá que aguantarle sus sermones; pero sabe que un día la Virgen arderá».

  • No digas mentiras, cabrón. No pensaba que tuvieras valor de venir a la ciudad a contar esta patraña, a decir que quien descabezó a la Virgen fue el tuerto Pula. Di la verdad ̶ me increpó el hombre vestido de gris, al tiempo que descargaba un puñetazo contra mi mandíbula.

Sangrando, continué la historia que me confió mi madre.

«A mediados de agosto, sobre las once de la mañana, llegan a la plaza de la Libertad tres coches con proclamas pintadas a brochazos sobre la carrocería y una bandera negra con una calavera. Las Hienas Antifascistas, Los Tigres de la República y La Desesperada. Bajan seis pistoleros y tres milicianas que da gloria verlas, de guapas y lozanas. Caminan con paso marcial por la calle Eliseo Reclús. Se oyen puertas y ventanas que se cierran a su paso, pero ellos tienen una misión histórica y no miran las cabezas que se ocultan tras las persianas a su paso. Se han callado los pájaros. Barruntan lo peor.

Irrumpen en la reunión. Se hace el silencio. Quien parece ser el jefe de aquella patrulla pide que se le dé lista de facciosos y, a la media hora, abandonan la sede revolucionaria y empiezan a revolver algunas casas que va marcando Felipe Devesa, un empleado de Correos, que controla la UGT local. Arrojan papeles y estampas religiosas por las ventanas. Una capilla de madera con la imagen de la Purísima que, cada semana, visita un hogar de aquella calle, que ahora llaman de Lina Odena, se estampa contra el suelo y se hace trizas. En la casa del cura Poyatos, no dejan títere con cabeza. El cura ha tenido tiempo de saltar por el tejado hasta un corral de la calle Honda y lo han escondido en la pocilga. Es su ama la que tiene que aguantar las blasfemias e insultos.

  • Dile a tu amo que volveremos, que su cabeza está marcada con una cruz – dice uno de los pistoleros.

En la plaza de la República suben a uno de los coches a don Manuel Sánchez, un carlista muy apasionado, con mucha presencia en los mítines del Círculo Jaimista.

  • Ya puedes empezar a cantar eso de «Por Dios, por la Patria y el Rey», que te vamos a dar por tu comer – se burla una de las milicianas, mientras cierra la puerta enérgicamente.

Y la comitiva sale por el camino de Pante, buscando la carretera de Sagunto. Lo matan en la Cruz de Término, junto a la masía de los Blasco.

Ebrios de aquel furor revolucionario, aquella noche en el pueblo hacen un rimero con las libretas de los usureros y las escrituras del cacique y le prenden fuego frente al ayuntamiento, aprovechando que Carlos Marín ha sido llamado a Gobierno Civil para recibir instrucciones. El tuerto Pula, sabiendo que Marín no está y que Paco Orduña debe de andar festeando a escondidas con Casilda Marqués, la hija de un corredor de fincas, hombre de Navarro Reverter, provoca a cuatro anarquistas que han bebido dos copas de más y fuerzan la puerta de la iglesia. Sacan a la Virgen y la echan a la hoguera. Pero la Virgen no arde.

  • ¡Me cago en dios! ¡Ya verás si arde o no arde!».
  • ¿Quieres que te matemos como mataron a tu abuelo? El tuerto Pula no descabezó a la Virgen. El tuerto Pula solo era un pobre desgraciado al que envenenaron la sangre con ideas túrbidas. Quien la descabezó fue Paco Orduña y por eso lo fusilaron. ¿Te enteras? – grita el hombre de gris, mientras me zarandea, fuera de sí, como un loco.

Pero yo me aferro a la historia que me confió mi madre.

«El tuerto Pula coge una segur y de un golpe descabeza a la Virgen entre aplausos. En el segundo golpe le mutila la mano derecha. Y con el tercero, la cabeza del Niño; pero el hachazo es tan fuerte que la hoja desportillada resbala y golpea en su pierna y le abre un tajo por el que sangra como un cerdo. Apenas pueden contener la hemorragia. Aúlla de dolor, blasfema, se caga encima. Alguien tira pozales de agua hasta que consigue sofocar el fuego. La Virgen no ha ardido. Al tuerto Pula se lo llevan entre cuatro hombres al médico. La talla ha quedado tiznada. Cuando los revolucionarios abandonan la plaza, la hoguera aún humea. Unas mujeres consiguen sacar la imagen de los rescoldos. Algunas frotan pañuelos blancos sobre la frente de la Virgen y se los guardan en el bolsillo del halda. La madre de Paco Orduña es una de ellas.

  • Cuando muera, entiérrame con este pañuelo y este rosario que fue de tu abuela Carmen.
  • Sí, madre, lo que usted quiera.
  • ¡Júramelo!
  • Sí, madre, se lo juro – responde Paco, sin convicción…».

Y entonces, el hombre de gris, poseído de un odio desconocido, empezó a golpearme, a darme patadas, a escupirme. Yo perdí el conocimiento por unos instantes, aunque antes tuve tiempo de oír sus injurias.

  • ¡Hijo puta, cabrón, malnacido, si vuelvo a oírte decir que el tuerto Pula fue quien descabezó a la Virgen, te mato, como a un perro, como mataron a tu abuelo, el anarquista que robó las joyas del camarín de la Virgen!
  • Mi abuelo no…– la patada en el estómago es tan violenta que no puedo acabar de decir que mi abuelo, José Granell, era una buena persona, solo que era ateo y las cosas de iglesia le daban un poco de grima, pero nunca hizo mal a nadie ni robó las joyas de la Virgen.

Llegué a la ciudad porque mi madre quería que se supiera que fusilaron a Paco Orduña sin razón. Como si pudiera fusilarse con razón en alguna circunstancia. Ella no se atrevió nunca a decir lo que vio cuando era niña porque tenía miedo. Desde que mataron a su padre, vivió con miedo durante toda su vida y dejó que aquel recuerdo de infancia fuera abotagándose en su memoria. Y al acabar la guerra, huérfana, tuvo que dejar el pueblo. Al principio, cuando se enteró de que habían fusilado a Paco Orduña, acusado entre otros delitos, de haber descabezado a la Virgen, lloró por no haber contado lo que había visto a finales de julio, en el callejón del trasagrario, pero luego se dijo que, aunque ella hubiera hablado, no hubiera podido evitar aquella muerte, como tampoco pudo evitar la muerte de su padre. Porque las guerras, cuando acaban, necesitan de más muertes para que los vencedores puedan ir acostumbrándose poco a poco a su nueva condición. Y fusilaron a Paco Orduña el mismo día que a Carlos Marín y a seis más. En la tapia del cementerio los fusilaron. Y por la noche, sus verdugos hicieron verbena con orquestina en el jardín del casino para celebrar aquel festival de sangre.

He de reconocer que elegí para llegar a la ciudad el peor momento, cuando sus gentes se afanaban de manera inusual en una campaña electoral bronca, que iba a decidir el futuro ayuntamiento durante los cuatro próximos años. La ciudad estaba sobresaltada. La aparición de una agrupación de extrema derecha, encabezada por Jaime Aranda, preocupaba a muchos ciudadanos. Se decía que su guardia pretoriana andaba amedrentando a cualquiera que intentara escarbar en su pasado. Bien sabían que lo que podían encontrar los curiosos no le iba a gustar a su jefe. Yo no lo sabía cuando llegué a la ciudad. Ahora sí lo sé, aunque es demasiado tarde. Jaime Aranda es biznieto del tuerto Pula, el que descabezó a la Virgen, el cornudo. Más tarde, cuando Evaristo Herrero, un antiguo falangista, fue alcalde con Adolfo Suárez, se encargó de hacer desaparecer del archivo municipal cualquier resto de duda sobre la inocencia de Pula en los acontecimientos del verano de 1936. No encontró mejor manera de pagarle los años que había disfrutado de su mujer, mientras el tuerto cavaba naranjos a destajo.

Me llamo Vicente Sierra Granell, nieto de José Granell Gimeno, un anarquista al que mataron sin juicio, acusado de robar las joyas del camarín de la Virgen. Fueron a buscarlo a la carbonera y allí le pegaron tres tiros en la cabeza. Mi madre y su hermana tuvieron que escapar de noche, escondidas en un carro cargado de fiemo, para que no las raparan o les dieran aceite de ricino antes de pasearlas.

Antes de morir, mi madre me hizo prometerle que algún día volvería a la ciudad y contaría la verdad. Y lo hice. Y vine. Y conté la verdad. Pero no ha servido de nada.

Ahora me tienen encerrado en esta habitación oscura. Han dicho que solo hasta que pasen las elecciones; pero creo que mienten. Que nunca saldré de aquí.

He de irme. Han venido a buscarme en mitad de la noche, inesperadamente. O no tan inesperadamente. Lo cierto es que los estaba esperando desde hacía tiempo. ¡Pero el final es siempre tan prematuro!

Jaime Aranda es el nuevo alcalde. No puede permitirse el lujo de que nadie recuerde que su bisabuelo, el tuerto Pula, fue quien descabezó a la Virgen. Sé lo que me espera.

Les he pedido unos minutos para poder acabar de escribir la historia que me confió mi madre. Aunque hay algo siniestro en sus miradas hoscas, han accedido a mi última voluntad.

He de apresurarme. A lo lejos, se oyen pasar los trenes solitarios de la noche y el bramido que baja por las torrenteras anunciando días de plomo.

Creo que ha llegado la hora. Quien comanda el escuadrón ha hecho un gesto casi imperceptible con la cabeza, invitándome a apresurar la despedida. Seguro que se me quedan muchas cosas por decir, palabras que, antes de venir a esta ciudad, fluían con una elegante cadencia en mi cabeza y ahora andan torpes, apelmazadas, como si no quisieran ser escritas o pronunciadas.

Amanece. A lo lejos se adivina la sierra. Una madre joven arrulla a su hijo recién nacido, mientras la ciudad duerme todavía. Hay paz. Una paz infinita. Escribo de un tirón mis últimas palabras. Esta tierra se merece que haya voces que no entonen siempre los mismos himnos, que no lean siempre los mismos libros sagrados, que no hablen siempre con los mismos timbres. Esta tierra se merece conocer la historia de mi madre. Esta tierra se merece conocer la verdad.

Yo he de irme, pero «recuérdalo tú y recuérdalo a otros».

José Manuel López Blay