El pasado viernes me desayuné un café con leche y la noticia de que Donald Trump había recibido un covidazo. Quise encontrar en la cara de la locutora del telediario matinal, la misma sonrisa maliciosa que yo lucía, pero Sirún Demirjián, que es la nueva Ana Blanco, por mesurada, cercana e infalible, mantuvo el tipo. Lo ha mantenido toda la semana mientras daba cuenta de la noticia de un nuevo episodio del latente conflicto entre Azerbayán y Armenia, suceso que debe removerla por dentro porque Sirún, la mejor de su generación dando noticias por la tele, es de padre armenio. El conflicto puede ser la guinda a un 2020 apocalíptico. Tiene además, de no llegarse rápidamente a un alto el fuego, los suficientes ingredientes: nacionalismos, religiones encontradas, yihadistas y paramilitares rusos en busca de acción, paso de oleoductos y gasoductos, como para repercutir en el frágil equilibrio de la política europea. La región de la discordia es Nagorno Karabaj, topónimo que nos suena a telediario del siglo pasado, cuando Ana Blanco empezaba y las dos repúblicas exsoviéticas recién emancipadas se disputaban el territorio mientras Boris Yeltsin pedía un vodka y dos aspirinas. Treinta años después, olvidado Yeltsin, ahí sigue la disputa. De un lado Azerbayán, país islámico apoyado por Turquía, y que abrió las hostilidades el pasado domingo contra la capital de la región, Stepanakert; del otro, Armenia, cristiano y respaldado por Francia y por intereses rusos. En medio, el Alto Karabaj, que los soviéticos integraron en Azerbayán de manera arbitraria, pero cuya población, mayoritariamente armenia, aprovechando el desmantelamiento de la URSS, se autoproclamó república en 1991. Actualmente Artsakh (nombre oficial de la república) sigue sin ser reconocida internacionalmente, aunque es independiente de Azerbayán “de facto” y mantiene una estrecha relación con Armenia, de la que recibe apoyo militar y con la que hace frente común. A mí el conflicto me lo explicó mejor que nadie mi amigo Henrik Manukián, hijo de inmigrantes armenios, alumno destacado en mis clases por aquel entonces, que también nos recordó en una magnífica exposición oral el genocidio que los otomanos cometieron contra la nación armenia a principios del siglo XX.

La voz de Sirún Demirjián, decía, se sobreponía esta semana pasada a las imágenes de explosiones sobre el polvo del Cáucaso y a los gritos de desesperación de la población civil mientras relataba la preocupante última hora en el país de sus ancestros. Los muertos ya se cuentan por centenares, tal vez sean miles a estas alturas. El alto el fuego propuesto por Francia, Rusia y EE.UU, países mediadores, aunque ha rebajado la escalada de enfrentamientos, no parece que haya tenido demasiado éxito por el momento.

En el otro lado del mundo, el cuadragésimo quinto presidente de los EE.UU. de América, D.T., el hombre elegido democráticamente para dirigir un país que de tanto repetirlo se creyó representante inmejorable de la libertad y de las oportunidades, reconocía haber sido contagiado por Covid. Dicen que Trump está malico. La pena es que nos ha pillado a todos con mascarilla o en el ejercicio de nuestras funciones, como a Sirún, y no hemos podido reírnos a gusto, hiperbólica, sonoramente, ante ese caso de justicia poética, para acompañar el tropezón del chulopiscinas en la punta del trampolín, el mordisco al maltratador de perros, la colleja del maestro que recibe el abusón. Qué triste que sólo la justicia poética nos acerque a la justicia. Qué triste también que, como en todo lo que rodea a D.T., cuando cesa la carcajada demos paso a la duda, a la desconfianza, a pensar que todo pueda ser una especie de estrategia para captar más votos en el vertedero de la basura blanca, de los blancos perdedores gracias a quienes ha hecho carrera en política un blanco triunfador.

D.T., que a tenor de diversos indicadores, ve peligrar la renovación de su mandato en las elecciones del próximo 3 del noviembre, ha empezado a embarrar el terreno de juego. El hombre que niega el cambio climático, la pandemia y todo lo que se oponga a sus intereses, lleva varias semanas dejando caer que las elecciones pueden ser amañadas en su contra, predisponiendo a la no aceptación de resultados adversos a sus fieles más extremistas, entre los que se cuentan los neofascistas “Proud Boys”. Todo esto mientras las protestas en las calles del movimiento “Black lives matter” (las vidas de los negros importan) no cesan.

 

¿Cómo puede afectar a su campaña electoral el contagio? Hay precedentes a favor y en contra. A Boris Johnson, su primo inglés, la gestión del Brexit, su actitud indolente ante la pandemia y su propio positivo en Covid le han hecho quedar en evidencia ante los suyos y bajar a cotas insospechadas en popularidad. En cambio, en Brasil, a Bolsonaro, presidente de un país con cifras de contagio tan alarmantes como su referente del norte, le fue mejor en las encuestas después de pillar el bicho. Ni siquiera levantar en sus brazos a un hombre con enanismo creyéndolo un niño (el vídeo está en Youtube) le ha creado excesivos problemas. Estos tres líderes campechanos (este adjetivo ya no volverá a ser el mismo) han llevado a sus países a encabezar las listas de los más afectados por la pandemia. Se dice que Trump, de 74 años, acudió ya contagiado el pasado martes al primer debate televisivo con el líder demócrata Joe Biden. Biden, otro chavalote de 77 tacos, blanco, por supuesto (Si creéis que Obama era negro comparad su piel con la de Julio Iglesias), lo mejor que han encontrado los demócratas para insuflar nuevos bríos e ilusionar al país, se ha librado por los pelos del contagio. Al parecer D.T. llegó con el tiempo justo para no someterse a la prueba protocolaria, sin mascarilla, por supuesto, y con un equipo entre el que se encontraba su asesora de 31 años, también positivo en la prueba, Hope Hick, (nombre que traducido literalmente al castellano y pronunciado con pausa sería algo así como: “Esperanza, Paletos”), y que junto a Melania Trump forman el triángulo contagioso que está dando mucho juego en la prensa estadounidense más mordaz. Reconoce Trump que está malico, pero con ganas de volver pronto a hacer América grande otra vez, y muchos le contestan al televisor que no se dé prisa y que pruebe su propia medicina: ajo, agua y lejía. Sin embargo ante la decadencia galopante de esta nación desmesurada, centro irradiador del sistema desde donde han partido hasta ahora las ingobernables, libérrimas olas de la economía mundial, no es prudente el escarnio, porque todo lo que allí ocurre se acaba exportando y se cuela en nuestro ámbito como un nuevo producto de consumo. De he hecho algunos recién llegados políticos y políticas nacionales con mucha ambición y no especialmente preparados para sus cargos parecen adoptar sin rubor alguno aviesas estrategias para llegar con el juego sucio y la confusión del personal donde no alcanza su visión miope o su capacidad real de liderazgo.

Mientras aquí, en la apacible comarca castellonense del Alto Palancia, termina el septiembre más sereno que los viejos pueden recordar. Sin toros ni discomóviles, ni cabalgatas de disfraces ni otras parrandas puntuales en esta época en Segorbe, Navajas, Altura, Jérica, Gaibiel… tantos gratos lugares y, a pesar de algunos ataques evitables de nostalgia y algunas tracas de más, seguimos mirando adelante, invocando santos o cruzando los dedos para que esas decimitas de fiebre que apunta la pistola sean sólo fruto de un resfriado causado por el cambio de tiempo y que Covid no se fije en nosotros ni en los nuestros.

Héctor Hugo Navarro

RODOLFO Y VENTURA
JOYERIA ROYO