No hay nada tan mágico y tan inmensamente emotivo que un brindis.  Es el abrazo entre dos o varias personas que alzando la copa del preciado liquido, a ser posible, vino, entrechoquen los vidrios alzándolos a medio pecho y, tras la frase acorde del momento iniciada por un: “Por…” quien sea o lo que sea, las barrigas de las copas emiten el característico “clin”  y los portadores de las mismas murmuran el clásico:  “Chin chin”.

Últimamente estas celebraciones y estos “chinchines” han quedado relegados en espera de buenos y mejores tiempos. Al igual que los abrazos, los besos, los apretones de manos y otras tantas y tantos momentos que en nuestro día a día soltábamos como la cosa más normal del mundo.   

Sin embargo, un servidor, amante de la buena mesa y de los buenos vinos, todavía y en familia, puedo darme ese placer al menos una vez por semana.   No hay nada como un buen chuletón de vaca que se sale del plato, mojado con un buen caldo, bien sea de la tierra, que los hay bien buenos, bien de tierras riojanas o de las riberas del Duero. Sin olvidarnos de los vinos valencianos o alicantinos.  Faltaría más.

Estando en estos menesteres de remover de vez en cuando mi modesta bodega en busca de una botella para celebrar el simple hecho de ser sábado y darle gusto al paladar y al buche, agarro con la cautela de una partera una de la botellas que guardo como oro en paño.   La cojo como si de un crio de mantillas se tratará.   La miro con la ternura de una madre cuando mira a su retoño nada más nacer.   La alzo y miro a trasluz su oscuro caldo.  Me la acerco y le doy un pequeño soplo que hace que miles de partículas de polvo revoloteen entorno a todo este ritual y momento.  La botella, tiene solera.  Tiene sus años.  Tiene una red que la envuelve con hilo de oro.  Le da mucho caché.   La viste.  La engalana.  La susodicha botella en cuestión, y aquí es donde me voy patas abajo, porta una etiqueta que la identifica que me vuelve loco.  Que me enamora.  Hace que los ojos se me humedezcan como cada vez que la miro de vez en cuando.  En su etiqueta, confeccionada como mucho mimo, gracia y gusto, se lee en letras grandes:   “Castillo de Segorbe”.

Ahí queda eso.  Leo y releo por enésima vez todo el testamento que le sigue a la titulación de la botella en cuestión. Como digo la tipología de toda la etiqueta está hecha con gusto.  Acorde con el título que anuncia la botella. Su contenido tipográfico, bajo un escudo que supongo será de la bodega, dice así:

Torre Oria

Uriel Requena

“Reserva          Denominación de Origen          1989”

Segorbe… una gran ciudad… una gran historia…

Se dice de Segorbe, que fué fundada por los “Sagas”, que vinieron

con “Cubal”, 2.111 años antes de Cristo, q se llamó Segó, y que más

tarde, el Rey Brigo, le añadió Briga, tomando la ciudad el nombre de

Segobriga.  En 1245, Segorbe pasa al dominio del Rey Jaime I el

Conquistador. El Rey Pedro III concebía en 1279 a D. Jaime Pérez,

hijo natural de la ciudad, el feudo, el castillo y ciudad de Segorbe.

Trás el, Dª. Constanza, casada con D. Rodrigo de Luna, sus

descendientes entre las que se encuentra Dª. María de Luna, Señora

de Segorbe y Reina de Aragón………

12% Elaborado y embotellado en la propiedad 75 cl.

Torre Oria S.D. Derramador Requena

Llegados a este punto cabe reflexionar un tanto y un poco, o quizá mucho sobre esta historia plasmada en el corto espacio de una etiqueta de una botella de vino. Hay afirmaciones que no dejan de crear una bonita leyenda y le da cierto encanto al comienzo de la historia. Ya el Rey Jaime I, comienza a poner un poco de orden en el texto y, termina con nuestra querida reina Doña María de Luna.

En la parte inferior, ya detrás del mencionado texto, figura la bella estampa que siempre ha caracterizado al alcázar segorbino. Un precioso grabado. En el margen inferior y con letras diminutas pues el papel ya no da más de si, se lee:

SEGORBE. CASTELLÓN. CASTILLO. ALCAZAR QUE FUÉ RESIDENCIA DE LOS REYES DE ARAGÓN EN LA EDAD MEDIA

    1. TORRE DEL ÁNGEL 2. CISTERNA 3. HABITACIONES 4. GABINETE DE MARMOL BLANCO 5. GALERIAS 6. CAPILLA DEDICADA A NTRA. SRA. DE LA LECHE

Por lo tanto, la botella tiene para entretenerse un buen rato con ella. Disfrutando de la textura al tacto de los finos hilos de oro que la adornan.   De la tonalidad del color que a tras luz el vino emite destellos de un rojo sangrante.   De la sobriedad de la etiqueta en cuanto a composición, color, tipología de la letra.  De esa historia que narra acorde al limitado espacio. Y sobre todo, esa bella estampa a modo de grabado que hace pie, firma y sello.

Sus doce grados de alcohol indican que será de paladar suave y no hará bailotear las neuronas a la segunda o tercera de las copas indistintamente a su condición de “reserva”.   Imagino el caldo con un sabor inusual en las expresiones características que podría llegar a ofrecerme un viticultor o, en su caso un enólogo.  La decantaré con la solemnidad de un cura con su cáliz.   Quiero pensar que en ese primer sorbo, tras percibir por mis fosas nasales el aroma que fluye y embarga los aromas allí guardado durante más de treinta y dos años, todas y cada una de mis glándulas salivares, comiencen a hablarme de historia. De ese Castillo de Segorbe, de aquel Alcazar, de aquella nuestra Reina Doña María de Luna.  Y qué, junto a una agradable compañía, el “chinchín” de nuestras copas al chocar y al brindar, se confunda con el chisporroteo del crujir de la leña que el fuego de la chimenea también saborea.

Vino Castillo de Segorbe. Un buen trago de historia. Brindemos por Segorbe.

Fotos y texto: Toni Berbís Fenollosa – Desde Mi Atalaya