“Un duro de nispolas”

“Esas bolitas son veneno”

Hubo un tiempo, ya lejano, que ser el poseedor y tener los conocimientos precisos y exactos del lugar exacto donde encontrar un latonero (Celtis australis), repleto de maduras quicavas, o caicavas, era algo así como tener un tesoro.   Y ya, ni les cuento, si sabías el punto exacto de un alborsero, madroño (Arbutus unedo) para los menos entendidos en el argot local.   Por no mencionar y, no les digo na, acerca de los nispoleros (Mespilus germanica) y sus ricas y apetecibles nispolas.     Todo esto, como les cuento, el saber ciertos puntos y ubicaciones de estos preciados árboles, era algo así como un secreto de Estado. Top Secret. Tener tales conocimientos acerca de los bancales o ribazos, y otros puntos donde estaban y hallabas estos y otros arboles de estas características, háblese del mangrano o granado (Punica granatum), no te sacaban estas ni a base de palos y, creánme, sucedía de vez en cuando. Quizá demasiadas veces. Pero, aún en aquellas tiernas edades, éramos duros de pelar y el silencio persistía.   La palabra y el honor era un orgullo.   Éramos bravos guerreros de la calle. Nuestras bocas eran una tumba ya que, por muchos golpes que recibiéramos de aquellos otros chicos, ciertamente mayores, y que nos sometían a un infame interrogatorio acerca de donde se encontraban esos árboles con estos manjares, aquello, se convertía en un verdadero tercer grado de película de polis. Pero todo lo más que podían llegar a hacerte, aparte de la manta de palos que te metían, era quitarte el botín. Y eso, te dolía más que la mano de hostias que te acababan de meter.   Eso de que te quitarán toda la recolección que tanto nos había costado llevar a cabo, eso, eso era ya el colmo de nuestra paciencia y de nuestra boca, aparte de sapos y culebras, salían todo tipo de improperios y menciones a las santas madres de nuestros crueles saqueadores.   Ese quitarte el saquico de tela a cuadros y beta que previamente habías cogido del cajón de la cocina de tu madre donde los guardaba para que cada día, tú padre se llevará el bocata al curro y que, con este repleto de los mencionados frutos, te venías todo pagao para casa, y que luego te lo quitaran, ya casi te dolía más el saquico que las nispolas que lo llenaban. Aunque, como les digo, con prudencia, cogíamos todo tipo de atajos donde evitar aquellas cuadrillas de piratas con patente de corso que se prestaban además de quitarte la recolección, de darte una buena somanta palos y tirarte de la lengua para soltar donde crecía y ubicaba aquel manantial de preciadas quicavas, alborsos, nispolas o mangranas.

RODOLFO Y VENTURA
JOYERIA ROYO
Todo esto viene a cuento por dos motivos bien distintos. Uno de ellos es que el Otoño hace acto de presencia y poco a poco nos vamos metiendo de lleno en él. Y, con él, estos frutos hacen su aparición y maduración con toda su plenitud.   Es decir, ya están casi listos para hincarles el diente y darte un buen atracón, a expensas, claro está dependiendo de que con cuál de ellos te pongas fino para que, o bien te vayas patas abajo con unas caguetas de esas que te cagas, -más claro agua-, acompañadas de un buen retortijón de tripas, o bien, en semana o semana y media no te sentabas en el trono a descargar como todo un señor marques por mucho que te lo propusieras. Lo dicho.   Depende por cual de ellos te decidas.   Y, con lo golosos que estos son, eran, bueno son, un verdadero manjar.

Por otra parte, y esta es la que más me duele, no hace muchos días, andaba con cámara al hombro cerca del acueducto medieval en busca de las murallas para darle caña al obturador en busca de esa imagen ya, repetida hasta la saciedad de las susodichas murallas. Como todos bien saben a la altura de la última arcada del acueducto en sentido dirección a Sopeña, está la bajada a la fuente del Argén.   Por ese estrecho paso en busca de la fuente, existía un verdadero vivero de latoneros, algún que otro mangrano y medio escondidos, medio camuflados por el resto de vegetación, podías encontrar un nispolero o jinjolero, de cuales no les he hablado al principio. Así pues, me olvido por unos momentos de mis queridas murallas y me tiro para abajo en busca de la fuente. No hizo falta buscar mucho. Al momento me encontraba debajo mismo de un hermoso latonero que me ofrecía unas tentadoras y golosas caicavas ya más negras que los cojones de Machín, es decir, maduras y dulces. Una perdición.   A falta de bolsa me apresuré a llenarme los dos bolsillos del chubasquero que llevaba.   Las cogía con la misma pasión y ansia de cuando tenía aquellos lejanos diez o doce años.   Como si las hubiera comido nunca.   Como si no hubiera un mañana.   Así pues, con los bolsillos llenos y llevando en la boca un par de estos frutos que los dientes remordían el hueso dejándolo mondo y lirondo y presto para escupirlo con toda la fuerza de mis pulmones, subí de nuevo por la senda hasta darme de morros con la muralla.

Al llegar arriba, recoger fuelle y escupir de nuevo un par de huesos al aire, me encontré media docena de críos que me habían estado observando todas mis andanzas. Los miré con cierta indiferencia y pretendí continuar con mi camino cuando uno de ellos va y me suelta: “Esas bolas son veneno”. Miren. Yo me descompuse al momento y no por las caicavas, no, sino por lo que acaba de oír. “¿Pues no me ha dicho el medio metro este que estas bolas son veneno?”. Me giré rápido como una peonza y lo mire en plan Clint Eastwood.   Ya saben. “¿Que has dicho?”.   Le pregunte sin dejar de clavarle la mirada mientras este metía la mano en una bolsa de plástico donde llevaba todo tipo de gominolas o como quiera cojones que se llamen a rebosar.   Con la boca llena de esta mierda me vuelve a soltar que yo estaba comiendo bolas de veneno.   Me entraron hasta ganas de llorar. Maldito crío rechoncho y tripudo.   Pues, ¿no me ha dicho que me estoy comiendo veneno?.   Me quedé mirándolos unos segundos pensando como actuar y, volviendo a echarme en la boca un par de caicavas más, lanzándolas con chulería al aire y abriendo la boca como un sapo las cogí a la primera, con la otra mano agarre un puñado de estas del bolsillo y se las planté en todos los morros. “Probarlas”. Le dije.   El rechoncho me miro chulo como un ocho y se echo en la boca llena y a duras penas por falta de espacio otra gominola multicolor. Sin embargo, dos de sus acompañantes y que estaban en un segundo plano alzaron no sin cierta incertidumbre sus brazos en busca de mi mano rebosante de “bolitas negras”.   Me eché de nuevo tres o cuatro a la boca, esta vez en busca de la reacción del tripudo que no dejaba de mascar.   En plan “yo más”.   Mientras observaba a los que ya estaban masticando, una a una, las caicavas que ya les daban vueltas por la boca. Se miraban los unos a los otros y los gestos cómplices y picaros se dejaron ver pronto en sus rostros.   Los otros dos me ofrecieron sus manos para que depositase en ellas un puñado como a los otros dos amigos.

No tardamos muchos minutos en estar los cinco, menos el rechoncho tripudo, en comenzar a escupir los huesos pelados desde la barandilla a ver quien llegaba más lejos. Yo reía. Ellos también. Les pregunte si les habían gustado. Sus sonrisas asentían los sentidos del paladar. Les conté lo de las nispolas. De su forma y de su sabor.   Lo de dejarlas madurar en casa.   Les conté lo de los arbosos, “Arbutus Unedo”, lo que significa que “sólo debes comer uno”, por aquello de lo de las tripas y sus consecuencias, pero que resultaba inevitable hacerlo y sobre todo lo de cogerlos y comerlos cuando están rojos como la sangre.

La incredulidad que de sus ojos resaltaban, contrastaba con el que había seguido mascando las gomas de colores. Estos seguían escupiendo hueso tras hueso. Les conté la de batallas que hacíamos cuando yo tenía la edad de ellos con los huesos. De como nos hacíamos unos canutos con cañas para lanzarlos más lejos e intentar dar, sobre todo al “enemigo”. Y que daba igual que fuera por la calle, que en la propia escuela dando clase.   Era todo un arte y aquello se convertía en verdaderas guerras de huesos que, si bien te daban en un ojo ya ibas apañao por un buen rato o en el peor de los casos días.

Mientras dos de ellos se bajaban por la senda que lleva a la fuente en busca de más caicavas, yo me quedé mirando al de la bolsa de gominolas y le volví a ofrecer unas cuantas. Dudo por unos momentos pero alzó la mano y agarro todas y cada una que mi mano le ofrecía. Con cierta prudencia se metió una en la boca y con un gesto de cierto desagrado la mordió con fuerza y hasta el ruido del hueso roto al mascarlo llegue a oír. Me dije “este se ha roto una muela”. Pero no, saboreó con parsimonia en busca de la dulzura del fruto contrarrestando los niveles de azúcar que ya de por si llevaba en la boca. Se echó un par de frutos más en la boca y de inmediato escupió los huesos simulando a sus amigos. “Están buenas”, me soltó con una mirada llena de complicidad y picará. Pájaro él.

Le pregunté donde había comprado todo ese arsenal de gominolas que llevaba en la bolsa. Me dijo que en casa del Baseliso. Yo sonreí. De pronto me vi volando en el tiempo.   Y me vi con aquellos eternos pantalones cortos, el jersey heredado de algún pariente y con las coderas cosidas con pegotes de escay. Aquellas rodillas eternamente tintadas de mercromina. Seco como un cañote.   El pelo alborotado y la velas de los mocos sorbiéndolas hacía arriba de cuando en cuando frente a la abuela del que acababan de nombrar, la Tía Baselisa. En el mostrador, lo típico, tramuzos, cacaos, manzanas de caramelo y, ahora en estas fechas, siempre, siempre, tenia unas cestillas de mimbre donde habían nispolas, jinjoles, caicavas o nispolas. Con un duro te arreaba un cucurucho de papel de estraza casi colmadico. Casi. “¡Un duro de nispolas!” le comprábamos de cuando en cuando. Pero no sabían igual. Nada, nada era igual que encaramarte por un ribazo, coger y llevarte a la boca unas nispolas en su puntico de madurez. “Bocato di cardinale”, oigan.

Me despedí de aquellos críos dejándoles todas las caicavas que llevaba en los bolsillos. Al rechoncho le alboroté el flequillo repeinado a modo de despedida y afecto mientras este ataba con un nudo la bolsa de las gominolas y masticaba una tras otra las caicavas que se iba echando a la boca para luego, cogiendo aire las lanzaba al aire con un escupitajo. Lo mire una vez más. Miré al cielo. Ni aún escupir saben. Recristo a donde hemos llegado.

RANDURIAS

 Toni Berbís Fenollosa – Foto: T. B. F.