JOYERIA ROYO
RODOLFO Y VENTURA
Este texto debía ser la humilde crónica de una función de teatro en un pueblo de provincias. Ya se imaginan ustedes que no va a ser posible. Por segunda vez en menos de un mes, la comedia Juntos, de Fabio Marra, no será representada ante el público segorbino. El primer aplazamiento por la indisposición de la actriz más mediática del elenco, me había dado una segunda oportunidad de conseguir una de las devoluciones en el peor asiento del teatro Serrano para poder asistir a la función y tratar de verter aquí mi crónica. Esta vez el Coronavirus, cómo no, se ha encargado de dejarnos de nuevo sin el espectáculo. Las medidas contra la pandemia son también la causa de la clausura de exposiciones, eventos deportivos, colegios e institutos o de que se baje la persiana a pubs, bares, restaurantes y otros lugares donde habitualmente socializamos.

He observado en estos días tan extraños, en los que las rutinas han sido o van a ser modificadas radicalmente, que el mejor canal de propagación del virus no es la saliva, ni las manos. Todo aquel que maneje un teléfono móvil con las aplicaciones habituales sabe que el Covid-19 ha encontrado una autopista de expansión en las redes sociales. Uno abre aplicaciones tan habituales como Whatsapp y se enfrenta automáticamente a dos conductas: el humor más o menos trabajado del “meme” con sus diferentes versiones (andaluz con video callejero repentizado, político en ridículo o juego de palabras facilón) o la vergonzante histeria colectiva del prójimo (nunca la nuestra) abriéndose paso a machetazos en un Mercadona, el supermercado de los precios más bajos (evidencia de que la crisis también va por barrios), erigido en escenario del apocalipsis más cazurro.

El panorama cuando no harta, produce rechazo y miedo. Y el miedo se contagia más rápido que la enfermedad. Refleja también algo que ya sospechábamos sobre la sociedad del momento, su desigualdad galopante: económica y cultural. Alguien cuyo único canal de información es un programa amarillo de Tele 5 o que da valor a cualquier voz que salga del interior de su móvil, está más cerca de cometer errores perjudiciales para el resto, que alguien que busque fuentes rigurosas de información, que contraste las noticias y que aplique a sus acciones ese sentido común que consigue no hacernos caer en la tentación de arramblar con sacas de papel higiénico suficientes como para construirse un iglú con rollos y encerrarse allí a pasar la crisis.

No es casualidad que en la incorporación de nuevos términos como consecuencia de las nuevas tecnologías, “viral” (del latín virus, veneno) sea el adjetivo escogido para explicar la rapidez de circulación de un mensaje. El miedo, el arma preferida del poder, se mueve sin coto de pantalla en pantalla. A remolque, tras él, le sigue el miedo al miedo de los propios gobernantes que nunca fueron tan poco respetados, tan fácilmente cuestionados. Me pregunto qué hubiera ocurrido si el Covid-19 nos hubiera pillado sin el móvil en la mano. Es posible que su amenaza no hubiera llegado a situarnos ante escenarios no vistos en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. ¿No es acaso el miedo al miedo lo que ha hecho que ayuntamientos como el de Segorbe cerrara colegios e institutos por temporales que habían remitido ya o que nunca llegaron? 

Nos ayudará, en el esfuerzo por no convertirnos en masa envenenada, recordar que toda situación crítica arrastra consigo una oportunidad de mejora, si es que podemos dejar de calcular pérdidas o posibles consecuencias económicas (el Gobierno que se proclamó “social”, deberá demostrarlo en cuanto acabe la pesadilla). Lamentablemente no todo el mundo es capaz de interpretar esta oportunidad ante la crisis correctamente. Las nuevas rutinas que han impuesto los consejos de los expertos nos alejan de costumbres que siempre parecieron más importantes de lo que en realidad son. Mucha gente va a tener que enfrentarse a la vacuidad de sus vidas sin el próximo partido de la liga de fútbol o sin disfrutar la semana fallera. No se vengan abajo. Todo acabará volviendo a la normalidad. Messi seguirá marcando goles y los petardos no caducarán.

Mientras tanto, los que ya descubrieron el poder infinito de la cultura para afrontar las trampas del camino, sabrán aprovechar este tiempo de recogimiento para sumergirse en las páginas del libro apetecido o para ver una buena película en la mejor compañía. Para asistir al teatro (y para los conciertos) habrá que esperar. Hablando un poco de cultura, me atrevo a dar tres recomendaciones para estos días de cuarentena con temática de (iba a escribir “rabiosa”) actualidad: un libro, El Decamerón, de Boccaccio. Lo he recordado esta mañana en casa de unos amigos donde nos hemos reunido a contar historias mientras nos guardábamos de la enfermedad, como hacen los protagonistas de la novela; una película: El séptimo sello, dirigida por Ingmar Bergman y protagonizada por el recientemente fallecido Max von Sydow, en el que sin duda reconoceremos algunas conductas actuales pero durante la crisis de la peste en la Europa medieval; y un disco recién editado: Gran Pantalla, del grupo de punk-rock Biznaga, un enorme trabajo conceptual sobre redes, tecnología y alienación.

Héctor Hugo Navarro – Foto:José Plasencia