«Un miércoles cenizo»

Aquello me sonaba a chamusquina.   A una encerrona como otras tantas en las que nos metían sin preguntar y sin consultar.   ¡Miércoles, con las clases de por medio y nos vamos todos a misa!. Nos dijeron que era Miércoles de Ceniza. Al loro. Gato encerrado. Tostón gordo. Y así fue. Por decreto. Por aquel crucifico flanqueado por ambos lados con la imagen del Franco y del José Antonio, y aquel maestro intentando, sin mucho éxito, explicar aquello de la ceniza y de los cuarenta días antes del domingo de Ramos, día en que comienza la Semana Santa y toda esa la parafernalia. Con el padrenuestro de turno y la señal de la cruz entre frente y pecho, salimos al patio. Formamos, nos alineamos y en fila de a uno fuimos, casi en riguroso silencio, desde las escuelas de El Parque hasta la iglesia de Santa María. De aquello hará ahora, pongamos casi cuarenta años de almanaque.

Como la explicación del maestro no dio los frutos deseados dado el nulo interés que mostramos, ya que lo fundamental es que nos pelamos las clases por toda la patilla y durante toda la mañana, aunque no nos librábamos de aguantar el tirón de aquella misa, pues fuimos dando rienda suelta a la imaginación a raíz de aquello de la ceniza que tanta gracia, al principio, nos hizo. Nos iban a poner ceniza en la cabeza. Que gracia. Y comenzaron a surgir las conjeturas: Que si la ceniza todavía quemaba y llevaba brasas. Que nos la echaban con un pozal por la cabeza.   Que se nos iba a caer todo el pelo.   Que no nos podíamos lavar luego dicha cabeza y, lo mejor, aquel ilustrado, muy fino él, que dijo en voz alta:   “¡Esa ceniza es de los muertos del cementerio!”.   Ahí le dio de lleno.   A más de uno se le revolvió las tripas y aflojo los esfínteres.   Habíamos de todo.   Como en las viñas esas del Señor.   Esto no quiere decir que yo mismo le diera un par de vueltas al coco pensando donde cojones sacaban aquellas cenizas que nos tenían que dejar caer por nuestros revueltos pelos. Vete tú a saber. La cuestión es qué, lo que es gracia, pues como que no nos hacía mucha. Ceniza en la cabeza. Pues que bien.

JOYERIA ROYO
RODOLFO Y VENTURA
ESCUELA DE DANZA

El señor cura, celebrante del evento, con vestimenta de color morado, típica de este tiempo litúrgico, que simboliza la actitud penitencial, comenzó su oratoria a duras penas mientras el maestro iba dando capones a diestro y siniestro intentando poner algo de orden y silencio. Ardua tarea. Al final, los tirones de oreja dieron su efecto y reino la paz y el silencio.   Así pues el cura nos dio todo tipo de detalles, sobre todo del origen de la ceniza que sin duda alguna era lo que mas nos interesaba a todos y, que resultaba ser de la incineración de los ramos bendecidos en el Domingo de Ramos del año litúrgico anterior. Esta explicación no nos convenció del todo. Eso que la ceniza provenía de la ramucha de olivera que, el año pasado, una vez bendecida, la habían quemado a saber donde y cuando y, durante todo un año la habían guardado para hoy, miércoles, a falta de cuarenta días para la Semana Santa nos la tenían que echar en la cabeza, pues como que no. Lo dicho. Vete tú a saber.

Tras una hora de oratoria que pareció una eternidad, en fila de a uno, con algún que otro empujón y risas de por medio nos fuimos acercando hasta el altar donde el cura, asistido por un monaguillo con más mocos que una borrega enferma y un traje más arrugado que las enaguas de una vieja, balanceaba con cierta gracia el incensario, formando una humareda y un tufo en torno al altar que comenzamos a recular poco a poco. Aquello no pintaba nada bien. El cura sonriente nos esperaba con una especie de bandeja mientras, el maestro nos empujaba e intentaba guardar la compostura de la fila. Aquello se le iba de las manos. Al final, cuando le toco al primero de la fila, el de la bata morada, cogió una pizca de ceniza con dos dedos y la dejo caer en la cabeza de turco, -nunca mejor dicho-, del primero. Cerca de la frente. Seguidamente, le dio un arriba, abajo, derecha e izquierda en forma de cruz con la mano y paso el siguiente. En este caso, un servidor.

La cosa no llego a mayores. Pero oigan, estas cosas se avisan antes. Todos nos llevamos nuestra ración de ceniza que, antes de que el cura dijese aquello de “podéis ir en paz”, ya nos habíamos espolsao, bien espolsaos, aquella ceniza de la cabeza, volviendo loco al maestro que iba de fila en fila de asientos tirándonos de las orejas y dando capones. Un cuadro. Tipo Goya.

Ahora, con el paso de los años, muchos, recuerdo con cariño aquel Miércoles de Ceniza. Aquellos inicios acerca de unas tradiciones y costumbres que poco a poco fuimos asimilando en nuestra condición de cristianos, proyectando intereses personales propios de la edad, antes como devotos y practicantes, como el no tener clase, y pensar en aquellas vacaciones de Semana Santa donde, durante toda una semana iríamos día si y día también a correr mil y una aventuras por la Fuente de los Cuenta Caños, el rio Palancia con sus fuentes, como la Teja, sus pozos y nuestros primeros baños, como el Morón y, como clásico, escalar por la parte mas complicada el famoso Pico Nabo, donde con el saquico del almuerzo llevábamos la Mona, una cantimplora llena de agua. Portábamos del cinturón un escueto y esportillado machete. Y del hombro, una vieja cuerda de la porchá, por aquello de saltar a la comba con las chicas, hacernos un columpio en los chopos y por atarnos de la cintura en la escalada. Pero todo esto, ya es otra historia. Otra historia para dentro de cuarenta días. Ahora, es miércoles. Miércoles de Ceniza.

Toni Berbís Fenollosa – Desde mi Atalaya